Celeste se agachó, levantó al niño del suelo y lo consoló con suavidad: —Cariño, sé valiente y no llores. El pequeño no lloró. La miró fijamente, sin pestañear, como si su belleza lo hubiera dejado sin palabras. —Señorita, usted es tan hermosa… —murmuró. Luego, sin previo aviso, le estampó un beso en la mejilla y corrió hacia sus padres, escondiendo el rostro en el regazo de su madre con timidez. Celeste sonrió con dulzura, completamente distinta a la mujer feroz que acababa de pelear. Guiñándole el ojo al niño que la observaba a escondidas, Celeste dijo: —Adiós, querido. Solo cuando Celeste desapareció por completo, la gente despertó de su asombro. Caleb y Nadia se quedaron allí, aturdidos. Aunque ya la habían visto romper las muñecas de aquellos dos guardaespaldas, jamás habría

