FLASHBACK
Estrella Miller creció para convertirse en una mujer fuerte e independiente, con una determinación que podría mover montañas; sin embargo, había una persona que lograba tambalear esa fortaleza, y ese era Leobardo Alarcón. Desde que comenzaron sus esporádicos encuentros, Estrella había intentado mantener una fachada de indiferencia, aunque en lo más profundo de su ser, una semilla de esperanza crecía imparable cada que ese sujeto le sonreía tan hermosamente.
Leobardo, un joven de porte elegante y modales refinados, había mostrado amables atenciones hacia Estrella desde el principio. La invitaba a cenas en restaurantes exclusivos, le obsequiaba flores sin motivo aparente y siempre tenía una palabra de aliento para ella. Estrella no podía evitar sentirse atraída por él. Cada gesto, cada sonrisa y cada mirada la hacían soñar con una relación más profunda. La tonta joven se ilusionaba con la idea de que esos momentos compartidos eran el preludio de algo mayor, de una relación formal en la que ambos se comprometieran de verdad.
Una fría noche de invierno, mientras caminaban por el parque después de una cena particularmente romántica, Estrella decidió abrir su corazón.
—Leobardo, he estado pensando mucho en nosotros —comenzó a decir la rubia, con la voz temblorosa un poco por el frío y otro poco por ese nerviosismo del que no lograba deshacerse—. Me gustaría saber si consideras la posibilidad de que lo nuestro sea algo más que encuentros esporádicos.
Leobardo la miró fijamente y, por un breve momento, Estrella pensó que su sueño se haría realidad. Pero la respuesta de él fue un balde de agua fría que la congeló, porque después de eso ni siquiera el frío la hizo temblar.
—Estrella, eres una mujer maravillosa y disfruto mucho de tu compañía, pero no estoy buscando una relación seria. Lo que tenemos es perfecto como es —soltó Leobardo con una frialdad que destrozó el corazón de Estrella.
Estrella sintió cómo su mundo se desmoronaba, pero no dejó que Leobardo lo notara. Sonrió con amargura y asintió.
—Claro, lo entiendo —respondió ella, forzando una sonrisa—. Supongo que, si es perfecto ya, no hay problema.
—Bueno —habló el hombre tomando la mano de una joven que, por primera vez, le mostraba seriedad absoluta—, tal vez la podríamos mejorar un poco, pero sin compromiso... ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Supongo que hablas de sexo —declaró la cuestionada, sonriendo con ironía, y cuando el otro posó sus labios en el dorso de su mano la chica debió morderse la lengua para no terminar en llorar.
Ese sujeto idiota que la había estado halagando para conseguir su cuerpo había sido su primer amor, y ahora resultaba que ese bello matrimonio sin hijos que soñó al lado de un idiota no se haría realidad; sin embargo, una parte de ella, una menos racional y muy instintiva le susurró al oído que, tal vez, solo sexo con el que le gustaba no era del todo perder.
Estrella, con el corazón roto, aceptó continuar con los encuentros esporádicos, añadiendo ese factor acordado en una fría noche de invierno, ocultando sus verdaderos sentimientos a los ojos de un hombre sin suficiente corazón como para amarla de verdad.
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—¿Podemos hablar? —preguntó Estrella, mostrando una botella de vino a su hermano que recién le había abierto la puerta de su habitación—. No sé con quién más acudir, y a veces pareces un genio de las emociones, así que me encantaría que me escucharas y orientaras un poco, porque te juro que ya no sé dónde estoy parada.
Chase la miró a su hermana con comprensión y tristeza, sus ojos vidriosos le susurraban cuan perdida se sentía Tella, por eso no pudo decir que no, por eso y porque ese vino en la mano de su hermana mayor era su favorito y tan exclusivo que era difícil de conseguir.
» Ya no sé cómo seguir adelante —confesó la rubia tomando asiento en una del par de sillas que acompañaban a una mesa en la terraza de esa habitación—. No debí decirle que sí a Leobardo cuando sugirió algo carnal, y cuando yo... yo quería más.
El rubio abrió los ojos enormes, ni siquiera sabía que Estrella se encontraba con ese tipo de esa manera; es decir, sí, en algunos eventos de negocios pudo notar la química entre ellos, pero dedujo que no ocurriría nada; es decir, su hermana siempre le pareció muy prudente como para caer en brazos de uno que abrazaba a todas las que se dejaban.
» ¿No me vas a decir nada? —preguntó la rubia y sacó a su hermano de su estupor, lo supo cuando lo vio suspirar y parpadear al fin, deshaciéndose de la expresión de asombro que le congeló el cuerpo.
—Tella... No sé qué decirte. Me tomaste por sorpresa —explicó el más joven de la familia Miller Morelli—; pero, si te está lastimando, te juro que es algo que no te mereces. Eres demasiado valiosa para conformarte con migajas.
—Sabes —habló la rubia luego de segundos donde su cuerpo temblaba de pies a cabeza, se abrazaba a sí misma, conteniendo todo lo que sentía y lloraba en silencio—, creo que, cuando dije que sí, pensé que la intimidad nos haría más cercanos, y me equivoqué, y ahora no sé qué hacer.
—Déjalo —sugirió el rubio y la rubia negó con la cabeza—. ¿Por qué no?
—Por orgullosa —respondió Estrella—, porque dejarlo sería mostrarle mi corazón destrozado y no quiero que piense que me ganó... No quiero perder frente a él... No quiero que me vea como la tonta que intentó conquistarlo usando incluso su cuerpo y que no lo logró.
Chase respiró profundo, luego dio unos pasos y abrazó a su hermana mayor, esa que, en realidad, parecía ser menor que él, porque era menuda, pequeña y tenía un rostro traga años.
—Sé que es difícil —dijo el más joven tomando la mano de su hermana con ternura—, pero debes pensar en ti misma y en lo que realmente quieres. No te destruyas por alguien que no ve tu verdadero valor.
FIN DE FLASHBACK
En ese entonces Chase pensó que la rubia había vuelto a ponerse, sobre todo, incluso sobre su orgullo, porque nunca más la vio volver a llorar por ese sujeto, ni la vio perdida de nuevo; lo que él nunca se enteró es que Estella, luego de tomarse media botella de vino y de llorar todo su dolor, se quedó con una rabia que le susurró que ella también podía tener más, que no tenía que ser solo él, que podía convertirse en la que tuviera a todos los que se dejaran tener, pero con discreción.
Esa noche, no, una mañana después, Estrella entendió que su dolor de cabeza y estómago no era por el alcohol, era por tener un corazón blando y enamoradizo, y lo encerró en lo más profundo de su pecho, jurando que una tontería como amar a un hombre no la definiría, ni la lastimaría de nuevo, ya no.