Abrió la puerta y lo primero que vio fue a ella, al gran amor de su vida, sentada en el sofá pequeño de su sala, mirando a, aparentemente, la nada; o fue así hasta que Estrella respiró tan profundo que su cuerpo se estiró un poco y abrió los ojos enormes antes de ponerlos sobre de él. —Siéntate, por favor —pidió Estrella, indicando con su mano el lugar que debía tomar. Eso fue extraño, demasiado, tanto que a Leobardo incluso se le olvidó lo aliviado que se sintió al no verla tan apagada y triste como se veía cuando él debió irse a ese viaje de negocios. —¿Sucede algo? —preguntó el hombre, atendiendo a su confusión—, ¿cómo te sientes? —Me siento mal —respondió la joven a pesar de que, en realidad, no se veía para nada mal; por el contrario, se veía un poco radiante y bastante firme y

