CAPÍTULO 50

1553 Words
—Ni siquiera quiso hablar conmigo —respondió el hombre cuando su bella mujer le preguntó por qué a su hermana no le había comentado nada, algo que sabía porque él mismo lo mencionó luego de decir que su madre estaba apenada con ella por la forma en que se comportó. —¿Y eso? —preguntó la chica, recostada sobre las piernas de su amado mientras él le acariciaba el cabello. —No sé —respondió el joven—, o, mejor dicho, en ese momento no lo supe; porque hace un rato me habló mi madre y me dijo que Ethel había estado escuchando la conversación a escondidas y por eso sabía que yo sí puedo tener hijos y ahora está molesta conmigo. —¿Se enojó porque puedes tener hijos? —cuestionó la rubia y el otro asintió mientras suspiraba—. ¿Cómo crees? —Ella no puede —soltó Leobardo sonriendo con un poco de pena—, así que supongo que debe sentir injusto que yo sí cuando se suponía que no. —Pues entonces supongo que no habrá arreglo —señaló Estrella y el que se deleitaba con verla mientras la escuchaba negó con la cabeza antes de sonreírle al amor de su vida. —Pero no te preocupes —pidió el futuro padre—, porque no necesitas ser familia de mi familia, con que seas mi familia y yo pueda ser parte de tu familia yo estoy bien. Mi padre es horrible y mi hermana mucho más, no los necesitas. Estrella sonrió, eso sonaba a que él estaba completamente de su lado, pero aun así no le encantaba del todo la idea de no poder relacionarse con la familia de su amado; sin embargo, si nada se podía hacer, nada intentaría; después de todo, las personas celosas casi siempre terminan por ser peligrosas, y su grosera cuñada tenía pinta de poder serlo. ** —¿Hiciste qué? —preguntó Estrella tras escuchar de su madre una declaración completamente inesperada y un tanto irónica—. Mamá, ¿qué hiciste? —Oh, vamos —pidió la mujer mayor, terminando de amarrar listones rosas en bolsitas de tul, también rosa pero más tenue, que estaban llenos de dulces color rosa estridente—. No es como que ellas coman gente, y son familia del padre de tus hijas, ¿qué tiene de malo que las invite al baby shower? —Mamá, Ethel no solo me odia a mí, también a su propio hermano, ¿en serio piensas que no tiene nada de malo? —preguntó la rubia volviendo a hacer lo que dejó de hacer cuando escuchó los nombres de sus suegros y cuñada en la lista de invitados que le acaba de revelar su madre—; además, Leo dice que su padre es tan horrible como su hermana. No los quiero en mi baby shower, ni en mi casa tampoco. —El baby shower es de las niñas —aclaró Rebecca, corrigiendo a su hija—, por eso los regalos son para las nenas; además, la fiesta será en mi casa… Además, si se llevan tan mal, ¿qué vendrían a hacer aquí? —A arruinar la fiesta —obvió la joven, deteniendo de nuevo las manos, pues su preocupación tenía fundamentos y en serio le preocupaba que Ethel asistiera, porque ella tampoco creía que el abuelo paterno de sus hijas se parara en semejante evento, su mismo padre, y su hermano, dijeron que no asistirían, eso era cosa de mujeres, según el menor de los Bianco. —¿Estará así de aburrida? —preguntó la futura abuela—. Yo no lo creo, así que no te preocupes demasiado, relaja el cuerpo y mueve las manos, que esto parece no tener fin. Estrella asintió, también sentía que eso no tenía fin; tanto así que estaba empezando a odiar esos bolsitos con nueve dulces porque, aunque su madre puso diez en cada uno, cada que tomaba uno para cerrarlo ella le robaba un dulce, pero luego de siete ya no le parecían tan deliciosos y comenzaba a sentir asco por ellos también. ** —¿Tú mamá hizo qué? —preguntó Leobardo Alarcón luego de que su amada de informara de la acción de su madre en cuanto a los invitados al baby shower de sus hijas—. ¿Por qué hizo eso? —Bueno —habló la rubia tras suspirar—. Yo tenía muchas cosas qué arreglar con mamá luego de que le rompí la nariz a Chase, así que puede que se me pasara contarle cómo estaban las cosas entre tu familia y yo y, sin si quiera sospechar que me odian, pues lo lógico es invitar a la familia paterna a la primera fiesta de las nuevas integrantes de la familia. Leobardo no dijo más. El argumento de su amada era bueno y, además, podría encargarse él mismo de que su familia no asistiera a ese bendito evento que no se quería perder, a pesar de saber que posiblemente sería el único hombre en el lugar, porque a Chase no lo pudo sobornar aún para que asistiera con él. ** —Están desinvitadas al baby shower de mis hijas —dijo Leobardo ni bien alcanzó el valor de hacer lo que había ido a hacer a la casa de sus padres y se encontró con su madre y con su hermana. —¿Desinvitadas? —cuestionó la madre del joven—. Ni siquiera creo que esa sea una palabra, entonces, ¿cómo puedo tomarla como una acción seria? —Vamos, madre —pidió el joven casi suplicante—. Entiendes bien lo que digo, así que por favor tómalo en serio. Ni siquiera consideren aceptar la invitación, por favor. Será la primera fiesta para mis hijas y no quiero que un día tan feliz para nosotros se vea empañado con su presencia. —¿Cómo nuestra presencia podría empañar un día feliz? —cuestionó Eloise, comenzando a molestarse por la actitud grosera de su hijo—. Ellas son mis nietas, ¿recuerdas? Y si Estrella nos invitó es porque no le desagradaría nuestra presencia en su hogar. —Estrella no las invitó —informó Leobardo mientras tallaba su frente con frustración—. Fue mi suegra quien hizo las invitaciones, y como Estrella no le comentó lo mal que la trataron el día que vino conmigo, pues la señora Rebecca no supo que no debía invitarlas. Ethel, que hasta ese momento no había dicho ni media palabra, se puso y, furiosa, empujó un jarrón que estaba sobre una mesa al lado de la puerta y luego tiró la puerta con tal fuerza que se estampó en la pared y rebotó hasta cerrarse estridentemente. » ¿Ves? —cuestionó el hombre, apuntando con su mano extendida hacia la puerta recién cerrada con violencia—. Eso es el tipo de cosas que hacen que su sola presencia arruine los eventos. Por eso no están invitadas, aunque hayan recibido invitación. Eloise no supo qué decir; es decir, claro que entendía a su hijo, y ahora a su nuera, pero aun así le había hecho tanta ilusión recibir esa invitación, que creyó era de parte de la madre de sus futuras nietas, que incluso había comprado regalos ya. Sin embargo, enserio entendía la postura de Leobardo cuando también conocía bien la postura y actitud de Ethel. Eloise suspiró desganada, luego tragó el grueso de saliva de su garganta y decidió que lo mejor para todos era aceptar la desinvitación que le hacía su hijo, pues tal vez era en serio bueno que la pobre rubia a la que le habían hecho pasar tan mal rato no tuviera nada que ver con ellas, aun si eso significaba que sus nietas tampoco formaran parte de su vida. —Al menos llévate los regalos que compré —pidió la madre de ese hombre que, con semejante declaración, sintió un hueco abrírsele en el estómago—. Le puedes decir a Estrella que tú los compraste, porque los elegí con cariño y en serio quisiera que los tuvieran tus hijas. Leobardo Alarcón asintió, entonces vio a su madre salir de la sala, donde lo había recibido, y espero a verla volver con un par de cajas pequeñas, rosas aterciopeladas y con un bello listón, rosa también, abrazando las cajitas. » Son pulseras —informó la mayor, abriendo una para que su hijo las viera—. Esas piedras rosas combinan tan bien con el oro rosado que no pude evitar pensar en las bebés en cuanto las vi… son preciosas, como seguro lo serán ellas, aunque no me vaya tocar verlo. El hombre sintió como si el hueco en su estómago se ampliara y comenzara a succionarle las entrañas, por eso le costó trabajo volver a hablar. —¿No hay forma de que vayas sin ella? —cuestionó el hombre y, al ver la lastimera expresión de su madre se rio de sí mismo. Algo que él no debería olvidar jamás, pero que a veces idiotamente perdía de vista, era que el hijo favorito de su madre no era él, sino ella, esa joven amargada a quien su madre protegería con su vida hasta de él, incluso si él no la atacaba.
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