—Lo lamento —dijo una falsa rubia, madre de los dos hijos de Alessandro Morelli—, pero creo que lo mejor es que esperes hasta que ella esté lista para enfrentarse a ti y te contacte por su cuenta.
Minutos antes, al saber que Leobardo Alarcón estaba en su casa, la joven Estrella Miller terminó presa del pánico y envuelta en una crisis de ansiedad que visiblemente se tornaba peligrosa para ella y para sus dos bebés, así que Rebecca se interpuso entre el padre de sus futuros nietos, o nietas, en lo que Alessandro y Chase llevaban a su auto a una joven casi desmayada.
Leobardo lo entendió, entendió que lo mejor para todos, en ese momento, era que él le diera tiempo y espacio a esa joven de la que ni loco se alejaría demasiado. A esa rubia la seguiría de cerca sin que ella se diera cuenta, porque necesitaba saberla bien, y solo les creería a sus ojos que no había nada malo con su mujer y sus bebés.
En el hospital, Estrella ni siquiera debió recibir medicación, cada metro lejos del padre de sus bebés le devolvía un poco más la calma, así que, en cuanto se sintió completamente a salvo, su corazón dejó de dar golpes en su cabeza mientras revolvía su estómago, así que se pudo tranquilizar lo suficiente como para atender las indicaciones del médico.
—¿Crees que esté esperándonos en casa? —preguntó Estrella de rato, sintiendo que su corazón se volvía a estremecer—, de ser así quiero pasar la noche en el hospital.
—No nos está esperando en ningún lado —mintió Rebecca, que sabía perfectamente que el hombre se encontraba afuera de la habitación en la que descansaba su hija, y que prometió irse en cuanto viera que Estrella era dada de alta—, va a esperar a que tú estés lista para hablar con él. Le dije que lo contactarías primero.
—Uy, pues que se espere sentado —declaró la joven, sintiendo que la carga de sus hombros se aligeraba demasiado—, porque no puedo ni imaginarme el verlo, menos creo poder hablar con él antes de dar a luz.
Rebecca no dijo nada, entornó los ojos y negó con la cabeza, provocando a su hija sonreír. Eso había sido una broma, una nada divertida, según la reacción de su amada madre.
» Bien —exclamó la rubia—, entonces vámonos de aquí. Quiero dormir, pero en mi cama, en mi cuarto que no huele a desinfectante ni antibacterial. ¿Puedes pedir mi alta?
Rebecca asintió, acercó sus labios a la frente de su hija, donde depositó un beso y luego dejó la habitación para hacer lo que su amada hija pedía para ir a hacer a casa lo que todos necesitaban: descansar; porque, definitivamente, había sido agotador pasar por semejante preocupación.
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“No quiero verte” decía el mensaje que la rubia le escribió a media noche a un hombre que, con la sorpresa de recibir al fin un mensaje de la mujer que amaba, y que le había desbloqueado al fin, no sabía ni qué pensar, pues lo que seguía a ese mensaje eran imágenes raras y vídeos incomprensibles de lo que su corazón le susurró eran sus hijos.
“Si quieres ser parte de esto, no me presiones. Ni siquiera contestes estos mensajes.” Fue la frase que cerró la conversación que se abrió cuando la otra le informó por mensaje escrito que no quería verlo, conversación en la que él no había alcanzado a participar porque se había embobado en las imágenes de eso que tanto le emocionaba, aunque no las entendía.
Leobardo suspiró, estaba aterrado, pero ahora que había visto de cerca a la mujer que amaba, y que veía indicios de que sus hijos estaban bien, decidió confiar un poco en que el tiempo arreglaría todo lo que él, por idiota, había roto.
De todas formas, aunque su corazón le decía que todo estaba bien con esos bebés que eran suyos y del amor de su vida, decidió molestar a su mejor amigo, pues necesitaba que le confirmara lo que necesitaba saber.
“Ellas están bien” le respondió Rubén Sandoval luego de que Leobardo le compartiera todo lo que Estrella le había enviado minutos atrás, y luego también de que lo despertara mediante una llamada telefónica para que leyera ese mensaje que, de no llamarlo, sería atendido hasta el día siguiente que el otro despertara.
“¿Ellas? —preguntó el hombre, con el corazón en la garganta—. Estrella no dijo que fueran niñas.”
“Tal vez no lo sepa —respondió el médico que, lejos de estar molesto por haber sido despertado a mitad de la madrugada, estaba emocionado porque su amigo hubiera logrado acercarse tanto al amor de su vida—. Puede que se prepare para una revelación de sexo o algo así. Están de moda.”
Leobardo sonrió mucho más, no entendía por qué, pero ahora que sabía que eran niñas, y que las imaginaba tan iguales a su mamá, le cosquilleaba el corazón.
“Gracias” escribió Leobardo, comenzando a llorar, pero no de pena, sino de genuina emoción, entonces volvió a ver ese vídeo donde el latido de los corazones de sus hijas se escuchaba al fondo de los sollozos de alegría de una rubia que sonreía tan plena como el estaba sonriendo en ese momento.
Leobardo sonreía de felicidad, de agradecimiento y, también, un poco de la ironía. Es decir, él siempre estuvo seguro de que no sería padre jamás, y la rubia que amaba siempre dijo que no sería madre jamás, y ahora estaban ambos ahí, amando la idea de convertirse en padres porque, definitivamente, la sonrisa que mostraba en esos vídeos y fotos Estrella Miller Morelli eran de auténtica felicidad.
Y, así, seguro de que las cosas estaban bien y solo podían mejorar, el hombre logró dormirse al fin, tan en paz y tan tranquilo que hasta soñó con une felicidad venidera por la que se esforzaría por alcanzar.
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—¿Qué tiene el celular? —preguntó Rebecca, que veía a su hija atender más un aparato apagado que su propio desayuno, ese que cada mañana, desde que la supo embarazada, había sido el protagonista en la vida de su amada bebé—. Le estás picando al posavasos en lugar de al plato, mira por favor tu desayuno.
—Anoche le mandé mensajes a Leobardo —confesó la rubia y tanto el padre como el hermano de la chica se atragantaron con lo que comían y bebían—, pero no me respondió.
—¿En serio? —cuestionó Rebecca, contrariada. Si algo le había quedado bien en claro a ella, eso era que ese joven estaba interesado no solo en los bebés, sino también en su hija—. ¿Si lo desbloqueaste?
—Sí —respondió la cuestionada—. Pero yo le dije que no me respondiera, por eso no me responde.
—¿Y entonces, por qué te quejas, loca? —preguntó Chase y su madre le dio un pisotón por debajo de la mesa.
Chase y Alessandro estaban por irse a trabajar, si la joven se quedaba llorando sería ella la que la tendría que consolar, y aguantar, y no tenía ganas de pasar la mañana inventándose cosas para que a la otra se le pasara el mal humor.
—No sé —respondió la joven como si no hubiera escuchado que su hermano menor la llamaba loca—, pensé que sería más proactivo en esto de recuperar a su familia. ¿O será que no nos quiere recuperar?
—Yo creo que lo que quiere es no alterarte con su presencia, por eso se va a portar bien y hará todo lo que pidas —declaró Rebecca, agradecida por el buen humor de su hija, sellando, sin querer, el destino del pobre hombre a quien la rubia comenzó a ver como su esclavo.