CAPÍTULO 28

1150 Words
—¿Puedes enamorarte de dos personas? —preguntó Estrella y a su madre se le fue la taza de café, junto con el corazón y el estómago, al piso; o al menos así fue cómo se sintió—. Creo que me enamoré de los dos. —¡Mamá! —gritó Estrella, preocupada por el café derramándose sobre los pedazos de cristal esparcidos por el suelo, y por los zapatos de su madre—. ¿Estás bien? ¿Fue tan sorprendente decir que me enamoré? También puedo enamorarme, ¿sabes? —Yo sé que puedes enamorarte, Estrella —aseguró Rebecca, moviéndose para poder limpiar lo que había tirado—, lo que no creo es que te hayas enamorado de esos dos, precisamente. —¿Por qué no? —preguntó la rubia, caminando al closet de limpieza a unos cuantos pasos de donde ambas desayunaban—. Ellos dos son superguapos, tienen buena posición económica y me quieren. —Ay, Estrella —exclamó un poco bajo la madre de la mencionada—, esas no son razones para amar, son razones para elegir a una pareja. Amor, creo que estás racionalizando el amor y, aunque creo que es muy inteligente hacerlo, no es así como el amor funciona. No tienes que elegir a ninguno, ¿por qué te esfuerzas en enamorarte de alguno de ellos? —Bueno —dijo Estrella que, luego de pensar en las palabras de su madre, sintió que de verdad no amaba a ninguno—, ambos tienen algo que quiero y que no quiero perder. Benjamín Anguiano tiene a mis hijas y… y Leobardo Alarcón tiene mi sueño de juventud… Sabes, dejando de lado todo, siento que, aunque renunciamos a la felicidad para poder vivir tranquilos, Leobardo y yo podemos hacernos felices, y aun así no quiero renunciar a las gemelas. Rebecca sonrió con algo de pesar, su niña era toda una mujer con los pies bien clavados en la tierra, y ahí estaba dándole razones a ese corazón al que jamás le permitiría desbocarse para no terminar demasiado herida. —¿Estás segura de que si eliges a Leobardo no volverás a ver a las niñas? —preguntó la madre de esa joven y la rubia lo pensó un poco. Y es que, cuando de Rebeca y Roberta se trataba, ella no dejaba un cabo sin atar, por eso lo había pensado todo, hasta cada mínimo detalle con sus posibles consecuencias y, definitivamente, pensaba que haberse involucrado “románticamente” con Benjamín había sido terrible error, porque ahora no podía dejar de pensar que, si no lo elegía, él se iría para siempre con las niñas. La mayor, viendo a su hija perdida en mil pensamientos, y necesitando seguir con su día luego de tan solo medio café, pensó que era momento de una pausa, porque definitivamente tenían que seguir hablando del tema. —Estrella, mi amor —habló Rebeca para su amada hija—, piensa todo con calma y hablemos luego, solo te quiero pedir una cosa, por favor: no decidas nada aún porque, aunque entiendo tu prisa, no tienes que enamorarte de ninguno; y, otra cosa, porfa no hagas nada antes de avisarme para al menos estar un poco preparada para esos lindos acaboses que te gusta preparar. Dicho eso, la mujer besó la frente de su hija y subió a cambiarse los zapatos, pues no podía ir a todos lados oliendo a café. —No me gusta prepararlos —farfulló la rubia casi con molestia—, a ellos les gusta surgir solos. ** —¿Te gustaría irte a vivir con nosotros a Canadá? —preguntó Benjamín mientras cenaba con Estrella y las niñas en esa suite de hotel en que se había estado quedando desde que llegó a ese lugar. La rubia miró al hombre con los ojos demasiado abiertos, semejante pregunta, y lo que implicaba, la habían dejado sin aire, así que no sabía qué responder porque, para empezar, jamás lo había considerado; incluso cuando tuvo la oportunidad de estudiar fuera ella decidió quedarse en su país, en su casa, junto a sus amados padres y hermano. » Necesito volver, y siento que todo sería mucho más fácil para ellas si te vas con nosotros —explicó Benjamín al notar el desconcierto de la chica, como si de esa manera pudiera convencerla de algo a lo que aún no se había negado, pero a lo que se negaría si no estaba malinterpretando su perpleja expresión facial—. Podrías escoger la mejor escuela para ellas y ese tipo de cosas que desconozco. El dolor de cabeza que a la rubia le dio no fue nada comparado con la punzada en su estómago y corazón, porque, si alguien le preguntaba a ella, definitivamente ella sentía con el estómago, pues era ese órgano de su cuerpo el que más sufría o disfrutaba de sus emociones. —Eso —trastabilló la joven rubia—… eso no es algo que pueda decidir, así como así. Necesito pensarlo, y consultarlo con mis padres. Mi trabajo está aquí, igual que mi familia y mis amigos. Benjamín asintió, dejarlo todo atrás no era cosa fácil, de ser así él no se estría muriendo de ganas por volver a su hogar, a su casa, a su empresa y a su rutina, lo entendía aún más si tenía en cuenta que la familia de esa joven sí la quería y atendía. » ¿Cuándo se van? —preguntó la rubia y Benjamín informó que planeaba hacerlo a final del mes, entonces ese incómodo agujero n***o que se había estado abriendo en sus entrañas desde que escuchó la primera pregunta, se hizo mucho más grande aún. Estrella Miller se comenzó a sentir ansiosa, y cómo no podría, si estaban a punto de terminar la primera semana del mes, eso la dejaba con apenas un par de semanas para decidir si se iría con ellos o si se despediría de ese par de rubias que amaba con todo su corazón. —Yo —de nuevo vaciló Estrella, porque en su cabeza solo había confusión, en su corazón angustia y en su estómago dolor y asco—… creo que necesito irme. —Estrella —habló Benjamín, viendo como la contrariada chica se ponía de pie y buscaba su bolso a su alrededor, ese que continuaba atravesado en su torso—, piénsalo, por favor. Sé que es difícil, porque tienes muchas cosas aquí, pero si te vas con nosotros también tendrás mucho allá: tus dos amadas bebés y un hombre que te ama. Estrella asintió, sin ser capaz de sonreír. Escuchar que ese hombre la amaba solo intensificó sus ganas de vomitar, por eso se obligó a tragar saliva y a respirar profundo, entonces se fue, con el cuerpo y corazón temblando por, sabrá el cielo, cuál de todas las emociones que la estaban ahogando.
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