Detuvo el auto, consciente de que había sido una completa estupidez haber conducido tan alterada, es decir, si lo pensaba un poco podía darse cuenta de que ni siquiera recordaba el camino hasta el lugar donde estaba, es más, ni siquiera sabía qué era lo que había ido a buscar ahí, había sido como si una fuerza invisible la hubiera llevado inconscientemente a ese lugar.
—Necesito ir a casa —murmuró y sus ojos se llenaron de lágrimas cuando sus ojos se fijaron en la persona que tocó al cristal de su ventana y se dio cuenta de quién era esa persona.
No debió ir ahí, ni siquiera sabía cómo había terminado en ese lugar, por eso respiró profundo mientras ocultaba su rostro entre sus manos y cerraba los ojos con fuerza para no ver lo que estaba pasando.
Y es que, aunque sonaba demasiado tonto, en su cabeza había una única idea rondando: su corazón la llevó a donde necesitaba estar, los brazos de Leobardo Alarcón, lo confirmó cuando salió del auto y se abrazó al fin a él.
—¿Pasó algo malo? —preguntó el hombre, sorprendido por ver a la imperturbable Estrella Miller sollozando bajito entre sus brazos; y cómo no iba a estar sorprendido, si en su cabeza estaba la idea de que esa rubia preciosa no había llorado ni cuando nació.
—No —dijo Estrella tras sorber la nariz y aclarar la garganta—, no es malo, es lo que debía de ocurrir, pero no estoy lista para ello, creo que nunca lo estaré…
Leobardo no dijo nada, ni siquiera porque en realidad no entendió nada de lo que ella dijo, simplemente la abrazó con más fuerza y respiró realmente profundo, intentando transmitirle un poco de paz, porque parecía estarla necesitando.
Y así, abrazados, recargados él al auto de Estrella y ella al pecho de ese hombre, pasaron el tiempo suficiente como para que la rubia recobrara la calma y pudiera separarse del pecho de ese sujeto y sonreírle solo un poco.
» ¿Estás muy ocupado? —preguntó la joven Miller, a sabiendas de que él era un tipo de negocios que no tenía todo su tiempo a su disposición; o al menos eso pensó hasta que él, con una sonrisa en el rostro, le dijo que para ella nunca estaría ocupado—. Entonces, ¿me invitas un café?
—Claro —aseguró Leobardo, sonriendo mientras acariciaba el rostro de la mujer que amaba desde muchísimos años atrás—, ¿quieres pasar o vamos a algún lado?
Y, pensando que tal vez pudiera llorar un poco más, Estrella decidió pasar a la casa de ese sujeto, al que de verdad amaba aún, de otra manera no lo habría pensado como su lugar seguro cuando instintivamente salió huyendo de con Benjamín.
» ¿Ya me dirás que ocurrió? —preguntó Leobardo luego de dirigir a la chica hasta la cocina, servirle y entregarle una taza de un café que olía en serio bien—. Parecías angustiada.
—Estaba angustiada —declaró la rubia tras inspirar profundo y llenar sus pulmones de un aroma que la hacía sonreír—, pero ya se me pasó, ahora solo estoy triste.
—¿Triste? —cuestionó el hombre que, definitivamente, podía percibir un dejo de eso que ella mencionaba en su mirada—, ¿por qué?
—Benjamín me dijo que a final de mes se irán a Canadá —explicó Estrella y su voz se ahogó al tiempo que sus ojos se volvían a llenar de lágrimas—, eso significa que ya no podré ver a Beca y a Beta tan seguido… o posiblemente no las podré volver a ver jamás.
—¿Por qué no las verías jamás? —cuestionó Leobardo, comenzando a sentir angustia, también—, no es como que estés en malos términos con él, ¿o sí?
—Aún no lo estoy —respondió la cuestionada—. Él me invitó a irme a Canadá con ellos, y me dijo que me ama, pero, aunque las amo a ellas demasiado, no puedo imaginarme una vida sin ti, ya no puedo hacerlo, así que seguro no seremos tan amigos cuando se entere de que te elegí.
Leobardo, que hasta ese momento había pensado que todas sus atenciones a la chica habían pasado desapercibidas, y que estuvo a punto de perder la razón cuando escuchó que el sujeto contra el que peleaba por el amor de la rubia le había pedido que se fuera con él, respiró en serio aliviado cuando la escucho decir que no se imaginaba una vida sin él, por él no se imaginaba una vida sin ella.
—Estrella —habló el hombre, sonriendo con ternura y todo el amor que era capaz de sentir—, te amo, y te juro que, aunque no puedo suplirlas y, seguro, las extrañarás muchísimo, pero te abrazaré con todo mi amor cada que necesites y quieras.
Estrella, conmovida por la dedicación de ese hombre, agradeció al cielo que su corazón tomara el control antes de que su cabeza la pusiera a empacar maletas, pero, aunque era cierto que amaba a esas niñas con todo su corazón, se había prometido a sí misma no sacrificarse por nadie, por eso podría su felicidad primero.
—¿Puedes abrazarme ahora? —cuestionó la chica, sintiendo que necesitaba que ese hombre la llenara con su amor para que el vacío que la ahogaba dejara de doler—, yo quiero y necesito que me abraces.
Leobardo sonrió de nuevo, con el corazón a mil y el estómago hecho un nudo de bellísimas emociones, entonces, con todo su amor y toda la ternura que despertaba en él una joven que necesitaba su protección, el joven Alarcón abrazó, acarició y besó al amor de su vida hasta que ella no pudo pensar en nada más que en él.
Estrella, por su parte, permitió que ese amor que él le daba llenara todos sus espacios y abrazara incluso sus miedos y, aunque fuera cursi y un poco tonto, esos dulces besos y las cálidas caricias le recordaron la primera vez que se entregó a Leobardo, esa única vez que dejó que su corazón disfrutara a plenitud del amor de ese hombre.
En aquel entonces la rubia pensó que sería muy triste no hacerlo por amor, aunque fuera una vez, y le dio todo su amor a un imposible, luego se olvidó de él y se dedicó a disfrutar del placer sin involucrar sentimiento alguno, pero hoy volvía a abrir su corazón a un amor que esperaba le hiciera tanto bien que valiera la pena de dejar ir a sus amadas bebés.
—Estrella —gruñó Leobardo cuando sus agotados cuerpos descansaban pegaditos uno al otro—, cuando estés lista, adoptemos y convirtámonos en una familia más feliz.
Estrella asintió, ahora que se sabía capaz de amar tanto a cualquier niño que su corazón decidiera llamar suyo, no le parecía tan aterradora la idea de ser mamá, por eso sonrió también y pensó que no era tiempo, porque no quería reemplazar a ese par que perdía, porque a ellas las amaría para siempre como sus primeras hijas, aun cuando no pudiera estar a su lado de nuevo en esta vida.