Vio en su teléfono marcar las nueve, entonces el agujero en su estómago se abrió un poco más, tanto que debió sacar el aire por su boca para no sentir que esa imaginaria abertura se llevaba todo de su interior.
Guardó el celular y movió la cabeza de un lado a otro, lentamente, sintiendo cómo se jalaban los músculos del cuello, entonces respiró profundo de nuevo y se obligó a pensar que a primera hora no debía ser obligatoriamente la primera hora de trabajo, probablemente era solo una expresión y por eso Chase podría llegar en cualquier momento del día.
Leobardo se talló la cara con algo similar a la frustración y, tras girar su cuello sobre sí mismo, dio media vuelta para ir a su escritorio, entonces escuchó la puerta de su oficina abrirse y giró para encontrarse con lo que menos estaba esperando ver.
Ahí, frente a él, empujando la puerta y con un abdomen preciosamente abultado, estaba una rubia capaz de robar todo de sí con su sola presencia, prueba de ello era que el ejecutivo que trabajaba en esa oficina se había quedado sin respiración en cuanto la vio.
—Hola, futuro papá de mis bebés —soltó la rubia de manera medio juguetona y, al ver cómo el hombre mencionado se iba al piso cuando sus rodillas fallaron, dejó de sonreír y se adentró con prisas a la oficina para poder sostenerlo un poco.
Demasiado poco, a decir verdad, porque la futura madre no se arriesgaría a un mal movimiento o a un sobreesfuerzo cuando en su preciado cuerpo cargaba la vida de lo mejor de su vida; sin embargo, Estrella evitaría al menos que el otro se golpeara el bello rostro contra algún mueble, así no se arruinaría lo mejor que Leobardo tenía luego de sus bebés: su precioso rostro.
—¿Estás bien? —preguntó Chase, que corrió detrás de su hermana al verla apresurarse a salvar a su socio comercial—. Te dije que le avisaras, ¿esto es un infarto?
—Solo es el shock —dijo Rubén, que entraba detrás de Chase, y detrás de él los padres de la joven rubia que, hincada en el suelo, seguía sosteniendo el rostro de un hombre tan confundido que parecía estar al borde del desmayo—, creo… pero lo revisaré por si acaso. ¿Puedes ponerte en pie, Leo?
Al escuchar su nombre, el mencionado parpadeó con calma, entonces volvió a respirar y comenzó a llorar quedito, mientras respiraba aún con dificultad.
—Vamos, te ayudaremos —declaró Chase, tomando al hombre de un brazo, Rubén hizo lo mismo con el otro brazo y ambos jalaron a un hombre grande hasta un sofá, porque de verdad parecía que no se podría poner de pie por sí mimo.
—Ahora ayúdenme a mí —pidió Estrella y su padre la levantó sin dificultad alguna.
Sería porque Alessandro Bianco veía a su estrellita como una bebé, pero siempre que se trataba de ayudarla él podía hacer cualquier cosa, así era su amor de padre por su hija; y, aunque no podía negar que también haría todo por Chase, algo se sentía ligeramente diferente, era como si en la balanza de su corazón Estrella fuera un kilo de algodón mientras Chase un kilo de hierro. Lo mismo, pero diferente.
—¿Qué está pasando? —preguntó Leobardo, confundido y medio asustado, sin terminar de decidirse a creer que todo era un sueño raro, impulsado por sus más grandes deseos y necesidades—, ¿qué es esto?
—Bueno, esto es la revelación de sexo de tus bebés —respondió Leobardo, que medio se concentraba en la revisión que le hacía al hombre—. Chase me invitó hace un rato, y vine para ser parte formalmente de esto, porque parte siempre he sido.
—O sea que tú también lo sabes —declaró la rubia, acercándose al padre de sus bebés, quien seguía con cara de querer vomitar antes de desmayarse—… No, más bien tú le dijiste a él, ¿o me equivoco?
—No te equivocas —respondió el médico, sonriendo a la rubia mientras le daba unas palmadas al hombro de su amigo antes de dirigirse a él—, no vas a morir, aunque así se sienta, así que sigue forzando la respiración, porque si vuelves a dejar de respirar puede que sí te mueras.
Tanto Leobardo como Estrella fulminaron con la mirada al médico, o lo hubieran hecho de tener algo así como visión rayos láser, pero no tenían nada de eso, por eso solo lo vieron mal y procedieron a ignorar su mal chiste.
—Quiero dejar de sentirme ignorada por ti, eso de que no me respondas, aunque hagas todo lo que pido, está como raro, ¿no crees? —cuestionó la rubia, volviendo a tomar el rostro del hombre entre sus manos para observarlo detenidamente.
—Bueno —habló Chase, a pesar de que a él no se habían dirigido las palabras de Estrella y a pesar también de que lo próximo a decir lo iba a meter en problemas con la rubia—, rara es como tú siempre has sido.
—Lárgate —soltó la rubia sin apartar sus manos del rostro de Leobardo, pero mirando a Chase con furia—, ahora mismo, vete.
—Pero yo quiero ver —comenzó a hablar el rubio, entre confundido y asustado, pero el carácter de su hermana mayor siempre fue fuerte, ahora que lo secundaban las hormonas del embarazo era prácticamente invencible.
—Dije que te vayas —resopló entre dientes una furiosa rubia, provocando que sus dos padres suspiraran; entonces, como si de eso se trataran las relaciones entre hermanos, Chase asemejó su expresión con la de su hermana y tras respirar profundo sonrió con malicia, logrando que sus padres negaran con la cabeza mientras volvían la vista a cualquier otro lado que no fuera la bomba que estaba a punto de estallar.
Y es que, como padres, a veces les tocaba no ser parciales, simplemente ver cómo los otros dos se daban con todo antes de ellos darles con la chancla a los dos.
—Pues como quieras —declaró el rubio, entre molesto y emocionado por lo que estaba por hacer—, de todas formas, yo como todos ya sé que las dos son niñas.
—¡Chase! —gritó la rubia y, tras ve a su hermano sacarle la lengua y darse la vuelta para, como ella pidió, irse del lugar, la rubia tomó el jarrón de la mesa de centro de esa pequeña sala en la oficina y lo aventó justo a la cabezota de su hermano menor.