—Tal vez no sea demasiado tarde —sugirió Rubén tras escuchar el sonoro suspiro de su mejor amigo, pero Leobardo no lo podía ver de esa manera, pues, tras todo lo que había pasado, y con lo bien que conocía a Estrella Miller, él podía hacerse una buena idea de lo que había ocurrido con sus hijos.
—Ella dijo que no quería ser mamá —soltó Leobardo, mirando los resultados de su seminograma, ese que se había realizado un par de días atrás, luego de haber pasado días sin beber alcohol, en algún tipo de rehabilitación y donde confirmaba lo que no se atrevió a imaginar jamás: podía ser padre—, nunca quiso serlo y, luego de que yo la mandara al carajo pensando que me engañó, no debió haber nadie que la detuviera de interrumpir el embarazo.
—Eres un idiota, amigo —declaró el médico y el que lo escuchaba asintió, pues idiota era justamente como se estaba sintiendo—. Entonces, ¿qué planeas hacer?
—Nada —respondió Leobardo, sintiendo desde lo más profundo de su corazón que eso era lo único que podía hacer en tremenda situación—: No hay nada que pueda hacer a estas alturas, así que no planeo hacer nada.
Y, como si esas palabras sellaran su destino, incluso se abstuvo de enviar un mensaje para disculparse con Estrella, pues, definitivamente, no tenía cara de explicar lo idiota que era.
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—Definitivamente, ustedes no traen torta bajo el brazo —declaró la rubia en voz alta, dejándose caer de espaldas en su cama.
—¿Ocurre algo malo? —preguntó Alexander, que había escuchado el soliloquio de su hija y la veía mirar al techo de su habitación como si no le quedara nada en la vida.
—¿Preguntas por hoy o por los últimos meses de mi vida? —cuestionó Estrella, girando el rostro hacia la puerta de su habitación, lugar desde donde su padre la miraba—. Sabes qué, no importa, la respuesta es sí, porque desde hace unos meses hasta justo este momento todo es malo.
—¿Quieres hablar? —preguntó Alexander Miller, sin moverse de donde estaba—. Voy a ir al club por el café de tu mamá, ¿quieres un helado?
—No quiero hablar —dijo la rubia, poniéndose en pie—, pero sí quiero un helado, así que te acompaño al club. De todas formas, aún no sabes cuál es el café que le gusta a mi mamá, ¿o sí?
—Ella cambia de gusto con la temporada, ¿cómo quiere que me aprenda marca, tostado, aroma y no sé qué más? —cuestionó Alexander, agradecido de que su hija los conociera bien a los dos pues, de hecho, no había llegado a la habitación de Estrella por casualidad, había ido ahí por ella para que le ayudara con lo del café.
—No eres el mejor esposo —declaró Estrella de la nada, provocando que su padre hiciera una expresión que mezclaba la incredulidad con la indignación—, pero eres el mejor papá del mundo, ojalá el de mis bebés fuera un poco como tú.
—Leobardo es un buen muchacho —declaró Alexander, que lo conocía demasiado bien en el plano de negocios—, es inteligente, creativo y muy exitoso.
—Yo no dije que fuera malo del todo—declaró la rubia, subiendo al auto luego de que su padre le abriera la puerta del copiloto—, pero como pareja me decepcionó mucho, y como padre no tendrá oportunidad.
Alexander abrió los ojos enormes mientras alzaba las cejas, luego cerró la puerta de su hija y rodeó el auto para ir a su propio lugar.
—¿En serio? —cuestionó el mayor tras subir a su auto—, ¿no le permitirás ser parte de la vida de sus hijos?
—Lo haría si le interesara —aseguró la rubia, comenzando a mover su teléfono para poner algo de música en el auto—, pero está tan seguro de que no es el padre que se fue de México ayer.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó el hombre, que en realidad no le encantaba involucrarse en problemas ajenos, pero supuso que si los problemas eran de su hija le correspondían un poco, también—. ¿Hablaste con él?
—Lo intenté hoy —explicó Estrella—. Le llamé, pero no conecta la llamada, y en su oficina me dijeron eso, que volvió a Inglaterra, al parecer, por mucho tiempo, pues en la última semana cerró cosas con prisa y hasta delegó y canceló contratos.
—Ah, por eso me dijo que no —dijo de pronto el hombre—, pensé que había sido por ti. Supongo que tenía prisa por irse. ¿Qué le hiciste al pobre?
—Pues, al parecer, le rompí el corazón con una infidelidad —respondió Estrella, obligándose a respirar profundo, porque el movimiento del carro le había mareado un poco—, pero eso solo pasó en su cabeza, porque yo no lo engañé.
—Ojalá en Londres encuentre la cura —dijo Alexander sin pensar, enojando a su hija, que le miró tan mal que Alexander Miller pudo ver a su amada esposa, cuando se enojaba, reflejada en el rostro de su amada primogénita—... ¿Qué? ¿Por qué me miras como cuando tu madre quiere matarme?
—No le puedes desear felicidad al imbécil que me embarazó y se largó tras acusarme de infidelidad —reprochó la rubia, sin dejar de fruncir el entrecejo—. Su corazón no se va a curar jamás, nadie se lo va a curar, ni siquiera Inglaterra. Es lo menos que se merece, tener el corazón roto para siempre... y pesadillas sobre mí de vez en cuando.
Al mencionar lo último, la rubia volvió a sonreír, provocando unos extraños escalofríos en la espalda de su padre.
—De acuerdo —dijo el padre de la rubia—, no lo desearé para él, pero para ti deseo que dejes el internet. Y te prometo que no te compraré ninguna hierva o veladora, y que si te veo en medio de un ritual raro te voy a tirar agua bendita encima.
Estrella, que en un inicio se quedó con la boca abierta, terminó riendo a carcajadas, al punto que le preocupó demasiado, por eso terminó llamando a su médico particular, ese que tenía un trabajo veinticuatro siete de instructor de maternidad de la futura nueva mamá: Estrella Miller Morelli.
—Es normal, Estrella —le dijo el joven médico, amigo de la rubia desde el bachillerato—. Tu interior está cambiando, así que algunas cosas molestarán, y ese tirón que se fue tan rápido como llegó se puede producir por movimiento, por el crecimiento o por gases, así que evita movimientos bruscos y alimentos que te puedan inflamar. Por ahora, puedes cubrir tu vientre para que el calor te dé tranquilidad, y bebe mucha agua también.
—Adiós a mi helado —declaró la rubia, consciente de que, por su intolerancia a la lactosa, los helados solían producir inflamación en ella—. Entonces, ¿no necesito ir a una ecografía o algo así?
—Por ahora no —aseguró el médico tras sonreír por la declaración de su amiga sobre el helado—, si el dolor es prolongado, o si tienes algún sangrado, entonces sí revisemos. Por ahora, solo helado de agua para ti.
La rubia suspiró, un helado de agua no era lo que se había imaginado cuando su padre le invitó uno. Estrella agradeció a su amigo, se despidió de él y, tal como su médico le recomendó, cubrió su vientre con ambas manos por un rato, sintiendo ese calor que el otro le había mencionado, y tranquilizándose al sentir que no le dolía nada más.