—¡Estrella Bianco Morelli! Le rompiste la cabeza —exclamó con furia la madre de la rubia, que abrazaba a una chica al borde del llanto, un poco por el coraje que sentía porque su hermano menor le había arruinado la sorpresa, y un mucho por la preocupación que sentía luego de haberle roto la cabeza a su hermano menor.
—No era el plan —aseguró la futura madre, sintiéndose en serio mal por lo que pasaba, pero no solo moralmente, también se comenzaba a sentir mal físicamente—, pero me enojó lo idiota que puede llegar a ser.
Rebecca no dijo nada más, su hija también podía llegar a ser muy idiota algunas veces, pero decirlo en ese momento solo empeoraría las cosas, por eso se lo guardó para el futuro, uno que definitivamente iba a llegar.
—Ni siquiera parecen adultos —farfulló Alessandro Bianco casi enojado—, yo solo les advierto que si siguen comportándose como adolescentes malcriados así los voy a tratar, par de inconscientes.
Los dos regañados miraron a su padre en silencio, luego de eso tragaron saliva y decidieron no decir más. Ver a Alessandro Bianco enojado de verdad era algo que nadie en ese lugar quería ver, así que mejor guardaron silencio.
—Llevaré a Chase a la clínica —informó Rebecca, tomando su bolsa y caminando a su hijo que había recibido primeros auxilios de parte de Rubén, pero que necesitaba un poco más de atención debido a que el golpe había sido en la cabeza—, te aviso cualquier cosa, pero mejor no te muevas de aquí. Te la encargo.
Lo último dicho por la madre de la rubia había sido mirando al hombre que, sentado al lado de Estrella, solo miraba todo lo que ocurría en silencio, y que asintió a la petición de la madre de su amada.
Estrella respiró profundo, apoyando por completo su peso en el respaldo del sillón, entonces sopló el aire lenta y sonoramente mientras ponía los ojos en el padre de sus bebés, que ahora sabía eran niñas, sin ser capaz de sonreírle.
No ser capaz de sonreír era algo que realmente le pesaba porque, desde que le había enviado el mensaje a Leobardo la noche anterior, ella había decidido que esa mañana iba a ser de reconciliación y unión familia, y no solo casi le causa un infarto al padre de sus bebés, sino que casi se queda sin hermano por haber actuado impulsivamente; y sus padres seguramente estaban muy molestos con ella; afortunadamente la amaban demasiado como para hacer cualquier cosa que despertara su enojo, no como lo hizo Chase.
—¿Puedo ver el regalo? —preguntó Estrella y Leobardo asintió mientras sonreía, entonces se puso en pie y caminó hasta el regalo para llevarlo al sofá de donde Estrella no parecía tener intensiones de levantarse pronto.
—Es mi primer regalo para ellas —declaró Leobardo, volviendo a sentarse en el sofá en que estaba su amada, pero ahora con el regalo intermedio a ellos—, lo compré con esa intención, pero anoche que pediste lo más hermoso del mundo pensé que no iba a encontrar nada mejor que esto.
Estrella Bianco, aliviada por la manera en que ese hombre se notaba visiblemente emocionado al hablar del regalo de sus hijas, sintió un vuelco en su estómago, por eso sonrió al fin, emocionada también.
—Sí, es lo más hermoso del mundo —murmuró entre un calmado llanto la joven futura madre, acariciando con las yemas de sus dedos esas suaves y esponjosas telas que se acomodaban tan perfectamente que visiblemente esas canastas llenas de cosas eran en serio hermosas—. Muchas gracias.
—Gracias a ti —respondió el hombre, tomando la mano de una joven que parecía ya no le rehuiría más—, gracias por decidir traerlas al mundo a pesar de que querías ser mamá, y gracias por permitirme ser parte de esto a pesar de lo idiota que me comporté contigo. Lamento haberme comportado como un idiota cuando me lo dijiste.
—Ya no importa —aseguró la rubia, acariciando con su pulgar el dorso de la mano que sostenía su mano—, aunque, si te soy completamente franca, tengo mucha curiosidad por la razón de ello. ¿Tanta era tu aversión para tener hijos que mentiste con eso de no poder?
—No —respondió el hombre, recargando por completo su espalda en el sofá también—, de verdad creía que no podía, pero parece que lo malinterpreté, no es que sería imposible, sino casi imposible, pero lo hiciste posible.
—Vaya —dijo Estrella llevando su mano libre del agarre de Leobardo hasta su abultado abdomen—, parece que sí son un milagro. Porque son lo que se suponía no podía pasar contigo y lo que yo no quería que pasara.
—Cierto —dijo de pronto Leobardo Alarcón—, no es que me queje. De hecho, repito que estoy en serio agradecido por ello, pero ¿por qué decidiste tenerlas? Estoy seguro de que aseguraste que jamás tendrías un bebé.
—Bueno, mi decisión tenía una excepción, que no recuerdo si te mencioné alguna vez —explicó la rubia acariciando su pancita—, mi decisión fue no buscar un embarazo jamás, pero, si es que de pronto ocurría un accidente, me haría cargo de ello dando lo mejor de mí.
—Es una linda decisión —declaró Leobardo, llevando su mano al abdomen de su amada, sintiendo, por primera vez, esa increíble sensación de atestiguar la vida de algo hermoso que lo uniría a su amada para siempre—, y lo agradezco en serio. De verdad, muchas gracias, Tella.
Estrella sonrió, poniendo su mano sobre la de Leobardo y respirando en serio profundo.
Sí, lo que ocurrió no era ni la mitad de hermoso que había imaginado sería su reconciliación con él, porque ella había planeado algo brillante y animado, y ahora estaban ahí, solos y en un silencio solo roto por sollozos de alivio y felicidad, porque incluso Rubén había ido al hospital junto a su hermano Chase.
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—¿Nos invitas a almorzar? —preguntó Estrella luego de que el padre de sus hijas se tranquilizara—, se supone que mi papá nos llevaría, pero no creo que quieran comer conmigo por un buen rato… Se enojaron mucho.
Ante la declaración de la rubia, el hombre no hizo más que asentir, pues definitivamente había visto a la señora Rebecca y el señor Alessandro intentar inútilmente fulminar a la rubia con la mirada.
—¿Cómo estará Chase? —se preguntó en voz alta el futuro papá, ayudando a la futura mamá a ponerse en pie con sumo cuidado.
—Seguro está bien —respondió Estrella—, ya sabes, hierva mala nunca muere.
Y, frente a la fuerte risa del hombre que amaba y que había perdonado por completo ahora que sabía su razón de haber negado ser el padre de sus hijas, Estrella Bianco Morelli se rio también.
» Anda, vamos, que mis hijas tienen mucha más hambre que su mamá —soltó la rubia tomando también su bolso, es que ni siquiera se enteró de que tiró al piso cuando entró corriendo a detener la caída de Leobardo.
—¿TUYAS? —preguntó el hombre, alcanzando al amor de su vida para abrazarla por la espalda, sosteniendo el abultado vientre donde sus hijas crecían—. ¡NUESTRAS!
Estrella sonrió de nuevo, esta vez lindamente, y sin poder controlar su feliz expresión dijo: —Tienes razón, son nuestras hijas.