CAPÍTULO 39

1502 Words
—Esto sabe a mier… —¡Estrella! —exclamó Alexander tan alto que la rubia se estremeció y le miró casi aterrada para terminar por llorar—. Ay, perdón, amor, no te quería asustar, pero sabes que me molesta mucho cuando dices cosas desagradables. —Pero a eso sabe —excusó la mencionada intentando descifrar cómo apagar la tristeza que le hacía llorar, esa que se desató simplemente por ser llamada en una forma casi ruda, porque lo de su padre no alcanzó siquiera a ser un grito—. Debí elegir de agua en lugar de un vegano. Sabe horrible. —¿Ves? —cuestionó el hombre que conducía de regreso, con su hija al lado, tras comprar el café que le habían encargado y un helado vegano para su hija, porque se negó a uno de agua—, pudiste decir horrible desde el inicio y no estarías llorando. La rubia no dijo nada, se recargó bien a su asiento, miró por dos segundos por la ventana y luego cerró los ojos mientras respiraba profundo, entonces pidió apresurada a su padre que detuviera el auto, y corrió a un jardín cercano para devolver el estómago. —Creo que voy a caminar de regreso —declaró la rubia luego de que su padre pudiera estacionarse bien y llegara hasta ella, pues definitivamente sabía que no aguantaría otro minuto más en ese auto que ahora no solo tenía ese olor a pino que a duras penas soportaba, también al horrible helado vegano que tiró en el piso de su asiento cuando quiso salir corriendo del auto. —Siéntate un rato —pidió Alexander y la chica hizo lo que su padre dijo, sorbiendo la nariz y frunciendo el ceño, pues el sabor de su boca era horrible—, le hablaré a Chase para que venga por el auto y le lleve el café a tu mamá, así caminamos juntos. La rubia asintió, entonces bebió un poco de agua que le ofreció su padre y miró al cielo pensando que de verdad era demasiado lo mal que se lo podía pasar una mujer por el simple hecho de estar embarazada. ** MESES DESPUÉS Un mensaje sonó en su teléfono, y al ver que era Rubén Sandoval quien lo molestaba, y que solo enviaba una foto, pensó en dejarlo de lado; después de todo, él no tenía energía para atender tonterías, porque, de alguna manera, estaba absolutamente seguro de que era eso lo que le había enviado a su amigo. Sin embargo, como ya era su costumbre, tras ver pasar las dos de la mañana en su reloj de pared sin lograr quedarse dormido, tomó su teléfono y abrió el mensaje primero, descubriendo a su amada Estrella Miller, sonriendo a un par de niñas que él conocía un poco, sosteniendo con su mano su abultado vientre. El corazón de Leobardo se detuvo en seco, provocándole un mareo que lo invitaba a vomitar y a desmayarse, también, entonces, dejando correr sus lágrimas, se obligó a volver a respirar. Sus hijos estaban bien, vivos, entonces, ¿qué rayos estaba haciendo ahí, tan lejos y deprimido por un futuro que pensó había perdido? Necesitaba volver a México cuanto antes, eso pensó y eso hizo, sin siquiera hacer una maleta. Con tan solo su cartera y pasaporte en las manos, Leobardo corrió al aeropuerto para regresar a su país natal. ** —Solo, siéntate, por favor —pidió Benjamín casi aterrado de que esa mujer que le encantaba, y que en alguna vez sintió que la había perdido para siempre, pero, que ahora que la veía sin el padre de sus hijos, y que conocía lo idiota que se había portado el tal Leobardo, volvía a sentir que tenía una oportunidad con ella—. ¿No deberían las embarazadas pasar todo el día en cama? —Las que tienen un embarazo de alto riesgo, sí —respondió Estrella, ignorando la petición del hombre y siguiendo su camino al lado de sus adoradas gemelas—, yo no tengo uno de esos; además, casi acabo de entrar al segundo trimestre, que es el periodo más estable de los tres, así que ni loca me voy a pasar los días en la cama. Benjamín suspiró. No saber nada sobre embarazadas o embarazos le estaba suponiendo graves problemas a su corazón, por eso se daría a la tarea de leer algo al respecto, pues, definitivamente, no le encantaba ver a esa mujer, con su pancita de casi cinco meses, recorriendo un parque de atracciones como si no estuviera embarazada. » El embarazo no es una enfermedad —aseguró la rubia, haciendo caso omiso a ese pensamiento que siempre se le venía a la mente cuando mencionaba justo eso, y ese pensamiento era: aunque se sienta como si sí—, y yo estoy muy bien, igual que ellos, así que relájate un montón que me estoy empezando a enojar. —Simplemente, estoy preocupado —aseguró el castaño, alzando en brazos a una de sus sobrinas, tal como pedía, y sonriéndole cuando le colocó esa ridícula diadema con orejas de un famoso ratón para terminar por volverla a poner en el piso, junto a su hermana gemela—, ¿en serio no te va a pasar nada malo si te sobre esfuerzas? —¿Desde cuándo es un esfuerzo caminar? —preguntó la rubia divertida—, en todo el día es lo único que he hecho… No me has dejado ni cargar mi bolsa. —Pero caminas por tres —alegó Benjamín y Estrella se tuvo que sentar luego de reír demasiado. Era muy raro cómo se había imaginado a ella caminando con seis pies, aunque definitivamente eso no era a lo que se refería ese hombre. —Ni siquiera he subido tanto de peso —aseguró Estrella Miller, sentándose ahora sí, porque la sacudida de la risa le dio tremendas ganas de hacer pipí, y quería tranquilizar su cuerpo antes de esforzarse en ir al baño—, como dos tres kilos, apenas. —Pues te ves hermosa —aseguró el tío de Beca y Beta, mirando con ternura el apenas abultado abdomen de la rubia que no podía dejar de amar ni porque esperaba los hijos de alguien más—, me encantas mucho. A Estella, dicha declaración, lejos de halagarla, le dio dolor de estómago. Y es que era cierto que ella no tenía una pareja sentimental, pero creía que en su estado de doblemente embarazada sería obvio que no podía tener una, y tal parecía que, al menos para Benjamín Anguiano, eso era todo menos obvio. Además, aunque sonara demasiado estúpido, ella no quería estar con alguien que no fuera Leobardo, por eso se había resignado a ser madre soltera de dos y, cuando Benjamín lo permitiera, de cuatro. » No me veas así —pidió el tío de un par de gemelas que, al menos en el corazón de la rubia, siempre serían de Estrella Miller—, no tienes que decir nada, ni elegir nada, pero al menos promete que no me descartarás del todo… Yo aún quiero ser una familia contigo. Así como soy el padre de tus hijas, quiero ser el padre de tus hijos también. —¿No lo sientes injusto? —preguntó la rubia, cuya cabeza trataba imperiosamente de encontrar las palabras correctas para negarse a lo que él quería sin causarle muchos daños—… Todos míos y ninguno tuyo. —De todos solo la mitad son tuyos —señaló Benjamín y los dientes de Estrella se apretaron al punto de ser visible para el que terminó por sonreír ante el enojo de esa rubia preciosa—… ¿Ves? Pueden ser míos si lo quieres, porque yo lo quiero, solo debes decir que sí. —¿Y mi corazón? —preguntó la rubia, rindiéndose en eso de no hacerle daño—. ¿Puedes vivir conmigo sin que él te pertenezca? —¿Por qué lo amas? —cuestionó Benjamín tras suspirar, sentándose al fin junto a la rubia, viendo de lejos a sus sobrinas, tirando piedras a un estanque cercano—, él es un imbécil que no te merece. —Lo sé —resopló Estrella sintiendo que su corazón se apachurraba al admitir semejante realidad—, pero, aunque puedo controlar casi todo conmigo, con mi corazón nunca he podido, y él lo ama desde hace tanto, que parece que ha sido toda la vida… Un silencio sepulcral se estableció entre ambos, y fue roto por el sonido de las personas cayendo en un juego mecánico que gritaban con tal fuerza que pudieron ser escuchados por ellos a pesar de la lejanía. » Lo lamento, Benjamín —se disculpó Estrella—, pero te quiero demasiado como para darte esperanzas en algo que, en el fondo de mí, sé que no va a suceder. Mi corazón es de Leobardo, y a él lo amaré y odiaré para siempre… Lo siento de verdad.
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