CAPÍTULO 40

1310 Words
Leobardo llegó a México al amanecer. Sintiendo el peso de su falta atorado en el pecho y la incertidumbre dibujada en el rostro abrió la puerta de su departamento, un espacio que siempre había considerado un refugio, pero que ahora no le reconfortaba para nada, pues, sin ella, le parecía vacío y frío, por eso se había ido de ahí, en primer lugar. El joven hombre dejó caer su maleta junto a la cama y se dejó caer sobre esta, mirando al techo, mientras su mente se llenaba con una sola imagen: Estrella. Agotado, Leobardo cerró los ojos y dejó que todo sobre Estrella se apoderaran de él, así, en cuestión de minutos, su cabeza y corazón estaban llenos de imágenes de la sonrisa luminosa de la rubia más bella que había visto jamás, de su brillante cabello ondeando bajo la luz del sol y de la manera en que sus ojos parecían hablar sin decir nada. Leobardo sabía que jamás podría escapar de lo que sentía por Estrella Miller Morelli, siempre lo supo. Él siempre supo que su corazón sería de esa joven mientras su corazón latiera. Aun así, una pregunta persistía en su mente como una melodía repetitiva: ¿podría alguna vez recuperar lo que habían perdido? Pensando en una mala respuesta, las manos del joven hombre se volvieron puños, como si aquello pudiera darle la fuerza que necesitaba para enfrentar la realidad. Su amor por Estrella era innegable, pero ¿cómo podría aparecerse frente a ella así, sin más, después de lo que la había hecho pasar por ser un total idiota? La sola idea de enfrentarla lo paralizaba, pero no podía acallar el latido impaciente de su corazón, que le gritaba con desesperación que debía ir a verla. Leobardo tomó aire profundamente y susurró para sí mismo: “Mis hijos”. La idea de que sus amados bebés seguían existiendo entre ellos le reconfortaba y le aterraba a partes iguales. ¿Sería que ella le podría perdonar? Y, si no, ¿Podría ser que Estrella Miller podría compadecerse de él y le permitiría al menos ser parte de la vida del mayor milagro en su vida? Se preguntó y cerró los ojos, intentando calmar el torbellino de emociones que lo consumía, que le asfixiaban y le provocaban náuseas. El futuro padre, si es que Estrella lo admitía, estaba completamente ansioso; por eso, a pesar de que estaba agotado por no haber dormido en semanas, y por haber viajado tanta distancia para volver a donde estaba su amada y sus bebés, el hombre se puso en pie, se dio un baño y se dirigió al lugar más probable en donde la podría encontrar. Pero en la oficina de Estrella Miller solo se encontró con el furioso hermano de su amada, quien le dio tremendo puñetazo mientras lo insultaba, o al menos eso parecía que estaba haciendo con semejante expresión reflejada en el rostro, pues el mayor de los dos no logró escuchar lo que el otro decía, el golpazo en su rostro lo dejó tan aturdido que solo escuchaba un zumbido en sus oídos. —Como si no supieras que ella no es una blanca paloma —fue lo primero que Leobardo logró entender de todo lo que el par de hombres en esa oficina parecían discutir a gritos luego de que el padre de Estrella Miller le ayudara a levantar del piso y le ayudara a sentar en un sofá de esa oficina—, es culpa de los dos, y ninguno se merecía un puñetazo. Espero no le hayas pegado a tu hermana así. —Si yo le hubiera pegado a esa bruta ya no estaríamos platicando aquí, estarías reclamándome en la tumba —declaró el rubio más joven y el mayor negó con la cabeza mientras entornaba los ojos—. Y, sí, él sí se merecía que le pegaran, solo que tal vez le tocaba a Estrella, no a mí, pero ya le gané. A ver, pon cara de más menso. Eso último lo dijo para uno que no sabía si podía seguir considerando su cuñado, mientras le ponía el teléfono frente a la cara para tomar una fotografía que inmediatamente después envió a la rubia que más amaba, pues la mujer que él más amaba era su madre y él, como todos en su familia, sabía bien que lo rubio de la cabeza de su madre no era natural. Por su parte, a escasos seis kilómetros de donde estaba Chase Miller, una rubia sintió que la fuerza de sus rodillas desapareció en cuanto vio la foto de un hombre que, medio atontado, veía con confusión a la nada, tal vez. —¿Estará drogado? —se preguntó la rubia, confundida por la expresión de ese hombre—. ¿Tú qué dices? —Creo que conmocionado está —respondió Rebecca, entrecerrando los ojos para ver con más claridad la imagen en el teléfono que sostenía una rubia temblorosa—. ¿Dónde está? —Es mi oficina —informó Estrella luego de volver a mirar la imagen y reconocer el sofá y el cuadro detrás del sofá donde ese hombre estaba sentado—. ¿Qué le habrá pasado? —Pues, teniendo en cuenta que Chase te mandó la foto, debe estarte presumiendo que le rompió la cara, ¿no crees? —preguntó la mayor y la otra asintió, eso sonaba lógico, aunque sonara horrible. —Yo le iba a pegar —soltó Estrella desganada, dejándose caer en la cama de su madre, lugar donde ambas tenían cerca de dos horas tiradas sin hacer más que ver sus teléfonos en casi completo silencio. » Me está buscando, ¿verdad? —preguntó Estrella y su madre le regaló un sonido afirmativo que provocó a la otra suspirar—, ¿qué crees que querrá? —Verte —respondió la mayor y luego rio al recibir una mirada de desapruebo de parte de su hija mayor—, hablar contigo, pedirte disculpas y hacer una familia a tu lado. —No lo creo —dijo Estrella dejándose caer de nuevo en la cama pues, cuando miró a su madre con cansancio, se había incorporado de nuevo para que le viera mucho mejor—, pero si me pide una prueba de paternidad le voy a pegar yo también y le diré que, en realidad, sí lo engañé con Benjamín y que mis hijos son de él. —Estrella —musitó Rebecca, lento y bajo, demostrando que semejante ocurrencia no había sido de su agrado. —Mamá, él fue el que empezó —declaró la rubia, como si eso defendiera su tontería. —¿Y lo tienes que seguir tú? Solo habla con él y termina con esto sin estupideces ni mentiras —ordenó la mayor y Estrella se obligó a respirar profundo mientras continuaba pensando en una mejor opción porque, sí, tampoco a ella le pareció buena idea decir semejante tontería. Aunque, a su favor, la rubia tenía que seguro Benjamín no la desmentiría, él seguro le seguiría en la mentira, se casaría con ella y juntos harían una familia de seis con sus cuatro hermosos hijos a su cuidado. Pensar en eso le hizo sonreír, preguntándose por qué no podían ser las cosas así y terminando por responderse en voz alta—: ah, sí, porque amo al idiota. Rebecca, que, luego de un profundo silencio, escuchó de su hija algo que no entendió del todo, solo sonrió, se incorporó, se inclinó hacia su amada niña grande, tan grande que ahora sería mamá, y se despidió de ella diciéndole loquita antes de dejar su habitación y bajar a la cocina a preparar algo para la hinchazón, porque lo seguro era que, en cualquier momento, ese hombre que su hija amaba, y que era el padre de sus nietos, llegaría a ese lugar.
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