—Ponte cómoda, amor —dijo Alessandro entrando a la habitación de su hija, hablando justamente para ella, siendo seguido por el menor de sus hijos—, a tu madre le tuvieron que poner un sedante, estaba demasiado preocupada y se puso ansiosa, así que entró en crisis. Nos iremos cuando ella despierte.
Estrella agachó la cabeza, sintiéndose un poco culpable por la condición en que se encontraba su madre, aunque, en el fondo, seguía sintiendo que la reacción de Chase había sido un poco exagerada, así que lo culpaba a él de lo ocurrido.
» Y, por el dinero de las reparaciones, no tienes que preocuparte, me haré cargo —aseguró el mayor de los tres Miller en esa habitación y Estrella le sonrió agradecida. Reparar tanto auto, seguro no sería algo barato.
—¡Oye! —exclamó Chase, entre asombrado y molesto—. Debiste decirnos que asumirías los gastos, así yo no habría dicho que Estrella se acostó con…
—¡Chase Miller! —imperó el padre de los dos jóvenes en esa habitación—, no me interesa saber ese tipo de cosas, ni siquiera de ti, mucho menos de tu hermana. Y, tú no lo sabes porque no lo has necesitado, pero siempre que tengan algo grande para arreglar, puedes contar conmigo, ¿verdad princesa?
Lo último que dijo fue para su ya nada pequeña bebé, a quien le acarició el dorso de la mano que sostuvo cuando llegó hasta ella al entrar en la habitación.
—Aunque tiene que ser un secreto de mamá —respondió la joven, cerrando los ojos por la fuerte punzada que le dio en la nariz tras hablar.
Sí, su nariz no estaba rota, pero había sufrido demasiado daño como para poder gesticular sin que nada le doliera.
—Exacto —concordó Alessandro Miller—, para todo el mundo fuera de esta habitación, incluyendo tu madre, a partir de esta semana te estaremos descontando ese aumento que en realidad no te dimos para cubrir el préstamo que no te hicimos para pagar los gastos del accidente.
Estrella asintió agradecida, mientras Chase se lamentaba un poco de no haber sido tan observador; es decir, ahora que lo pensaba un poco, era cierto que su hermana siempre salía bien librada de cualquier problema en que se metía, eso debió ser raro, pero no lo fue hasta que se dio cuenta de que él pagaría sus errores, ahora entendía cómo es que Estrella no sufrió a pesar de todo.
» Si es económico, lo puedo solucionar —informó Alessandro—, del resto les toca a ustedes. Entonces, los dejo, iré a vigilar el sueño de su madre. Descansa mi amor.
Y, tras que su padre dejara de nuevo la habitación, la joven se recostó en la cama en que había estado sentada y cerró los ojos para descansar un poco, sin siquiera responder a la disculpa que le ofreció su hermano antes de también dejar la habitación.
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—¿Por qué estás en mi cama? —preguntó Estrella que, tras abrir los ojos, se encontró con Leobardo sentado a su lado, en la cama en que dormía.
—Tenía ganas de verte —respondió el cuestionado—, así que vine, pero como estabas dormida, y estás malita, decidí dejarte dormir y esperar a que despertaras para preguntarte cómo estás.
—Si estoy dormida te largas —farfulló Estrella antes de bostezar lenta, cuidadosa y dolorosamente—, no te sientas en mi cama a esperar a que despierte y vuelves otro día a ver si estoy despierta.
—Oh, Cariño, parece que no escuchaste que dije que quería verte —declaró Leobardo, acariciando el cabello de la joven que ni siquiera hizo el intento por levantarse aun cuando el otro estaba a su lado—, no necesito que estés despierta para verte.
Estrella rodó los ojos y luego los cerró con un poco de fuerza, pero la fuerza suficiente para que su nariz se frunciera un poco y le doliera mucho.
» ¿Cómo te sientes? —preguntó el otro con un tono de voz medio alarmado, pues escucharla quejarse le asustó demasiado.
—Adolorida —respondió la joven—, pero parece que es normal y que durará un tiempo; y, aun así, lo que me molesta más es cómo me veo más que cómo me siento. Se ve muy mal la nariz, ¿no?
—Un poco —declaró el joven—, pero sigues siendo hermosa, así que no te preocupes por nada. No es tan malo y pronto volverás a ser la misma hermosa joven que me encanta.
La rubia no dijo nada, no tenía muchas ganas de hablar cuando le dolía hasta eso; sin embargo, estar en silencio no fue posible, al menos no cuando sintió un peso a sus lados y abrió los ojos para encontrarse a su amigo con el que a veces coincidía a horcajadas sobre de ella.
—Estoy herida, pervertido —dijo la rubia y se rio de la expresión del otro—, me duele la cara, así que no puedo besar, y tengo un esguince en el cuello, no debería forzarlo a menos que quiera terminar desnucada, así que quítate de encima de mí o voy a gritar.
—Solo te revisaba muy de cerca —aseguró Leobardo, regresando a su lado de la cama, terminando en ahora recostarse en ese lugar—. No soy tan inconsciente, aunque a veces soy un poco idiota.
» Estrella —habló el hombre luego de un poco de silencio—, ¿quieres que te cuente algo muy personal que me ha dolido toda la vida y que me ha obligado a no permitirme una relación seria con nadie?
—No estoy tan aburrida como para interesarme en tu vida —dijo Estrella en un tono medio burlón, haciendo que el otro bufara una risa; sí, así era Estrella Miller: fría y sin corazón, y él sabía bien que era su culpa, así que no tenía derecho a quejarse por nada—; además, yo sé por qué no tienes una relación seria con nadie, pervertido.
—Deja de llamarme pervertido —pidió Leobardo, sonriendo—, porque te ves tan indefensa que me muero por atacarte, y si me convences de que soy un pervertido no me voy a contener.
Estrella Miller se rio tan fuerte que no solo le dolió la cara, también el cuello y hasta un poco el estómago.
» Yo no puedo tener hijos —declaró el hombre de la nada cuando ambos dejaron de reírse y Estrella dejo de quejarse de dolor—, no quiero decírselo a todo el mundo y, si quiero mantenerlo en secreto, debo fingir que lo que no puedo es tener una relación seria con alguien porque no tengo responsabilidad afectiva o algo así, no porque soy estéril a consecuencia de un cáncer testicular que tuve en la adolescencia.
La rubia, con los ojos abiertos tan grandes como sus párpados daban, y con medio cuerpo despegado de la cama tras levantarse por el asombro de lo que escuchaba, solo veía fijamente al hombre que, recostado en su cama, parecía a punto de llorar.
Pero Leobardo no lloró, simplemente respiró profundo y le sonrió a la rubia que le miraba entre confundida y expectante a lo próximo que él iba a decir.
» Sabes —continuó hablando un hombre castaño de ojos verdes—, si hubiera sabido que aceptarías adoptar no te hubiera roto el corazón cuando sugeriste que tuviéramos una relación más formal y, entonces, al lado de la mujer que casi amo, ahora tendría la familia feliz que siempre pensé no podría tener.