CAPÍTULO 52

1397 Words
—Tienes que contarme esa larga historia —dijo Ethel a su hermano cuando este llegó a ella luego de haberlo visto participar en un ridículo juego donde Estrella, con los ojos vendados, intentaba alimentarlo con una papilla amarilla—, creo que necesito escucharla. —Esa larga historia no es mía —declaró el hombre que se limpiaba el rostro y la camisa con una toalla húmeda—, así que no estoy seguro de poder hacerlo. Ethel no dijo más, solo volvió a mirar como ahora era el padre de la joven el que era ensuciado por Estrella porque, se viera por donde se viera, a eso no se le podía llamar alimentar. Y así, viendo como cortaban trozos de papel higiénico y fallaban en envolver el abultado abdomen de la rubia; y viendo a esa rubia competir contra su hermano para poner dos pañales a dos muñecos en el menor tiempo; y otro puño de actividades que divertían a los participantes y espectadores, Ethel pasó el tiempo sumida en sus pensamientos. —¿Lista para enfrentar a tu madre? —preguntó Leonardo llegando hasta su hija, quien, desde que vio llegar al par de pequeñas rubias no había hecho más que mirar sentada en una banca del jardín—. Estará furiosa de saber que viniste cuando ella no vino para que no vinieras. —Yo —titubeó la mujer—… Creo que quiero hablar con Estrella. —No creo que sea prudente —declaró el hombre mayor—. Ella se ve agotada, por hoy deberíamos irnos a casa. De todas formas, somos familia, así que oportunidades sobrarán para que hablen. Ethel, aun sin estar convencida de irse sin hablar con ella, pero que también vio cómo esa joven se veía cada vez más cansada mientras avanzaba la tarde, decidió que lo mejor era irse y volver después. Leonardo Alarcón y Ethel Alarcón se despidieron de Leobardo, Estrella y su familia, entonces Ethel pudo felicitar de verdad a los que pronto serían papás porque, de alguna manera, en su corazón ahora había una posibilidad. Aunque no sabía cómo podría hacerlo, ahora Ethel sabía que sí podría ser mamá. ** —Cría cuervos —dijo al final Eloise, fulminando con la mirada a una hija que estaba casi odiando justo en ese momento—… Lárgate de mi vista. No quiero verte en mucho tiempo, Ethel. ¡Lárgate ahora! La mencionada, que había pasado casi una hora escuchando los regaños y reclamos de su madre, simplemente se disculpó de nuevo y dejó la sala para subir a su habitación donde, ayudada de su celular, comenzó a investigar en qué consistía exactamente la adopción. Ahora que tenía semejante idea en la cabeza, sentía que necesitaba saberlo todo antes de escuchar a su alocado corazón que, definitivamente, sentía que esa era su respuesta; sin embargo, actuar de corazón no parecía ser lo más inteligente a hacer, mejor sería seguir a su razón antes de comenzar a brincar de emoción. ** Un escalofrío atravesó su espalda de cadera a cabeza, provocando que involuntariamente su cuerpo quedara sentado sobre en colchón en que había estado durmiendo. —¿Qué pasó? —preguntó Leobardo, que despertó al bruco movimiento y al gruñido que su compañera de cama emitió de, aparentemente, la nada; porque, de haber estado despierto, el hombre se habría dado cuenta de que esa joven se había estado quejando bajo mientras dormía. —Creo que es una contracción —respondió la rubia, bajito, algunos segundos después pues, de alguna forma, se había quedado sin aire cuando se incorporó—. Fue… fuerte. —¿Quieres ir al hospital? —preguntó el hombre, comenzando a sentir terror. Es decir, aunque sabía que eso pasaría en algún momento; es idiotamente leyó tanto que pensó que estaría preparado para cuando ocurriera al fin, ahora que parecía estar ocurriendo sentía que no sabía qué debía hacer. —No —dijo Estrella, respirando lenta y controladamente, observando con detenimiento las sensaciones en su cuerpo para entender un poco mejor por lo que pasaba—… Mejor vamos a la fortaleza Bianco, creo que mi mamá sabría bien qué hacer. Leobardo asintió y dejó la cama, apresurado porque, aunque Estrella parecía extrañamente tranquila, su corazón no encontraba sosiego, así que latía como un loco, enloqueciéndolo un poco a él también. Estrella, que además de una extraña sensación de angustia le dejaba de pronto sin respiración, se sentía emocionada, decidió vestirse cómoda, por si las dudas, porque ella también había leído demasiado y sabía que podía ser nada, o podían sí ser contracciones, pero Braxton Hicks, y no necesitaba gastar su energía preocupándose por algo que no ocurriría aún. Sin embargo, justo cuando cruzaba la puerta de su departamento para ir a la casa de sus padres, la rubia volvió a sentir esa punzada en la espalda que parecía querer partirla a la mitad, así que, conteniendo la respiración, como si eso contuviera el dolor, la rubia sintió que su corazón brincaba en su pecho tan fuerte que incluso el pecho le dolió. » Si son contracciones —informó la rubia cuando comprobó en su reloj que habían pasado poco más de veinte minutos de la contracción que la despertó—. Pero igual esto tardará un poco, vamos con mamá. Leobardo asintió, tomó la mano de su amada, que besó con ternura mientras el miedo se hacía más profundo en su interior, y dirigió a la mujer que le hacía el hombre más feliz del mundo hasta el auto para llevarla con el resto de la familia porque, definitivamente, en esos momentos lo mejor era estar rodeados de quienes más amaban y más les amaban. ** —Nacieron a las cuatro y media —informó Leobardo, que aun sentía el corazón desbocado por la felicidad de haber visto a sus hijas nacer, por haberlas visto por primera vez y por al fin haberlas tenido en sus brazos lo tenía al borde del infarto, por eso decidió compartir su felicidad con alguien más. —¿Y por qué no me hablaste antes? —cuestionó Eloise, viendo en su reloj de pulsera que pasaba ya de las siete de la mañana. —Estaba ocupado y preocupado —respondió el joven padre—, así que no pensaba en muchas cosas. Ahora que las tres están dormidas recordé que no te había avisado, así que lo estoy haciendo ahora. Eloise no dijo nada más. Ella no se enojaría con su hijo cuando lo entendía completamente, es decir, qué tan importante podría ser ella cuando al fin conocía a ese par de pequeñas que todos amarían por el resto de su vida. —Al menos compárteme los horarios de visita —pidió la madre del hombre, viendo sobre la encimera de su cuarto otro par de regalos que ahora sí entregaría directamente a sus dueñas; y, tras escuchar de su hijo que lo iba a investigar y se lo comunicaría después, felicitó a uno de sus más grandes amores y se dedicó a buscar florerías porque, definitivamente, la madre de sus nietas se merecía, además de un collar a juego con las pulseras de sus nietas, un hermoso ramo de flores. Leobardo, tras colgar la llamada con su madre, salió al encuentro con su suegro y cuñado, para ver si ellos conocían los horarios de visita y poder informarle a su madre, y de ellos también recibió las correspondientes felicitaciones antes de ser invitado por un café que, definitivamente, a todos les estaba haciendo falta. “El parto más rápido de la historia” habían dicho algunas enfermeras al saber que las primeras contracciones de la joven fueron cerca de siete horas atrás, y que la rubia no pasó ni dos horas en la sala de parto. Sin embargo, Leobardo Alarcón no entendía bien de qué iba el alboroto, pues para él habían sido eternas esas horas que todos mencionaban como pocas. Aún así, aunque fuera mucho o poco tiempo, en el fondo él creía que había sido el tiempo perfecto, pues ahora dos rubias preciosas ocultaban sus verdes ojos tras sus párpados al dormir en un cunerito junto a la cama de la rubia de ojos azules que más amaba en la vida, esa que era cuidada por una madre que la amaba con todo su corazón desde el primer momento en que las vio.
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