CAPÍTULO 53

1528 Words
—¿Te encuentras bien? —preguntó Rebecca, sentándose al lado de la cuñada de su hija quien, desde que llegó al lugar, había estado mirando con demasiada atención a su hija y a sus nietas; y no con muy buena cara. —Yo —comenzó a hablar la mujer—… No sé cómo sentirme, y además tengo muchos sentimientos enredados en mi mente y corazón ahora mismo, así que tampoco sé cómo actuar. —¿Puedo saber lo que te molesta? —cuestionó la esposa de Alessandro Bianco, intrigada por las confusas palabras de esa joven que sugerían justo lo que ella mencionaba, que no sabía ni qué sentir, mucho menos cómo actuar; aunque no sabía al respecto de qué. —De la maternidad —respondió la joven, que ni siquiera sabia porqué hablaba con una desconocida de algo que ni siquiera había hablado con su propia madre—, y de las familias. Yo no puedo tener hijos, pero Estrella dijo que para ser mamá no es necesario parir un hijo, y eso me tiene pensativa. ¿Se puede amar a un hijo que no tuviste en tu seno? —Con toda el alma —aseguró la madre de dos jóvenes que no había gestado y que amaba mucho más que a su propia vida—, y lo sabrás si lo intentas, porque sé tan bien como Estrella que ser madre es criar, no gestar. —¿De verdad puedes amar como a tu hijo a alguien que no lleva tu propia sangre? —preguntó la más joven, que obtuvo ganas de llorar al sentir que la esperanza de ser madre se afianzaba dentro de ella—… Ser mamá es mi sueño, pero no quiero terminar lastimando a alguien en el proceso, mucho menos a un pobre bebé. —Bueno —habló la mayor, sonriendo tan hermosamente que hipnotizó a Ethel, tal como siempre lo hacía con su esposo y sus hijos—, si tienes dudas puede que aun no estés lista, trabaja en ello antes de empezar a actuar, porque ser mamá no te deja tiempo para trabajar en ti misma, a veces, y amar eso es complicado, así que, si quieres el dato de un buen psicólogo, te puedo ayudar, conozco a alguien; además, cuando te sientas lista, pero con miedo, ven conmigo y te contaré una historia si me prometes guardarme el secreto. Ethel, que también sonreía, pero mucho más sutil y menos radiantemente que Rebecca, asintió, pues en serio quería probar ser madre y ser tan feliz como se veía su cuñada. » Por ahora —continuó hablando la mayor—, te recomiendo disfrutar más activamente de lo que ves, porque los bebés crecen rapidísimo, y algún día te podrías arrepentir de no haberlas cargado cuando pesaban muy poquito y dormían mucho. Ethel abrió los ojos enormes, respiró profundo y apretó los labios con fuerza para terminar asintiendo, en serio quería disfrutar de sus pequeñas sobrinas sin el amargo sentimiento que era la envidia porque, después de todo, a quien envidiaba no era a ese par de pequeñas, era a la madre de esas niñas que, si lo intentaba, amaría demasiado, algo en su corazón lo aseguraba. Entonces, decidida a cambiarlo todo para ella, empezando por su amargado carácter, se puso en pie y caminó hasta donde su hermano cargaba a la pequeña Leia mientras sonreía como bobo para pedir que se la prestara, porque se moría por tener un bebé entre sus brazos, y seguro su madre no le prestaría a Alexa. ** —Tremendos días —siseó Leobardo, que embelesado veía a sus dos princesas dormir plácidamente al fin luego de un buen rato de escucharlas llorar porque sí, o porque no, ellos no sabían, incluso Leobardo de pronto bromeaba con que ellas lloraban porque estaban aburridas nada más. —Tremendos —coincidió Estrella, comenzando a cabecear, pues el agotamiento de dos semanas siendo madre le comenzaba a ganar a ratos a su amor maternal, sobre todo cuando se daba cuenta de que el otro padre de sus hijas parecía tener todo bajo control—. Si las vas a ver, yo iré a dormir, necesito dormir, aunque sea un poquito, o voy a enloquecer. Leobardo asintió, besó una de las manos de su amada y la vio con todo el amor y agradecimiento que sentía por ella haciendo que ella frunciera el entrecejo. » Si vuelves a decir gracias a y a llorar te voy a patear —prometió la rubia y el hombre que recibía semejante amenaza ahogó su risa para no despertar a sus hijas, pues, definitivamente, quería que su amada descansara al fin. —No iba a decir gracias —mintió el hombre, sonriendo agotado—, pero si iba a llorar, porque estaba pensando en proponerte matrimonio, pero no estoy seguro de que sea la forma adecuada, o el momento. Estrella, que no sabía si alucinaba por el cansancio, o porque en algún momento se había quedado dormida y ya estaba soñando, simplemente abrió los ojos enormes y no supo qué decir. —Lo dije solo para que estés preparada —informó el padre de Alexa y Leia—, porque es lo que sigue para nosotros, aunque no sea pronto, porque, por lo pronto, solo aspiro a dormir una noche completa, ese es mi objetivo a corto plazo, a mediano plazo la boda y a largo una vida feliz a tu lado y al de mis hijas. Los labios de Estrella temblaron, pero como no había sido una propuesta real, y como estaba en serio agotada, simplemente sonrió un poco mientras asentía y decidió también besar la mano de ese hombre que sostenía la suya; después de todo, con ese hombre no solo compartía un profundo amor y dos hijas, también las metas a corto, mediano y largo plazo. —Entonces me iré a dormir —declaró la rubia que, en realidad, justo en ese momento tenía todo menos sueño, pero no podía comenzar a brincar, gritar y vomitar, como tenía ganas, porque si de algo no tenía ganas eso era de escuchar llorar a sus amadas bebés—, trabaja en la propuesta real, porque si no es fantástica no voy a decir que sí. Leobardo volvió a sonreír pleno. Él sabía que ella diría que sí, aunque él se lo propusiera de la misma forma la noche siguiente, pero no le haría algo así, después de todo, también, él era muy capaz de hacer todos los sueños de esa rubia realidad. ** —No puedo creer que en once meses recuperaras la perfecta figura que perdiste en tu embarazo —declaró Kenya Alvarado, la mejor amiga de Estrella y alguien que la admiraba profundamente como persona—, a mí me toma medio año perder cuatro kilos. Eres de lo que ya no hay, amiga. —Bueno —dijo la rubia, posando frente al espejo y amando lo que veía: a ella vestida de novia y a punto de casarse con el amor de su vida—, tenía que verme increíble sí o si este día, así que me esforcé demasiado para no solo ser una buena madre, sino una bonita novia. —Pues te envidio un montón —aseguró la trabajadora social, sonriendo tan emocionada que nadie creería que envidiaba a esa hermosa rubia. —¿Y sabes qué es lo mejor? —preguntó Estrella Bianco, respirando en serio profundo para tranquilizar su corazón—. Que ellas comenzaron a caminar la semana pasada, así que hoy no las tendré que cargar demasiado, no van a pisar mi vestido. Kenya sonrió. Sin duda alguna, esa mujer era la mujer que conocía y admiraba, una que, aunque aún parecía no soportar demasiado a los niños y lo que ellos implicaban, aunque amara con toda su vida a cuatro rubias que adoraba demasiado, todos los que la veían siendo mamá lo sabían bien. —¿Lista? —preguntó Alexandro Bianco, abriendo la puerta de la habitación de su hija—. ¡Vaya! Tan hermosa como siempre, pero más deslumbrante. Estás preciosa, mi amor. Estrella sonrió enorme al escuchar a su padre halagándola, entonces se dejó abrazar y confirmó lo que siempre supo, que ese hombre sería para siempre su lugar seguro, aunque ahora tenía más. —Estoy lista —aseguró la rubia—. Ahora vamos, tengo que amarrar un poco más a ese maravilloso hombre que es el padre de mis hijas. Alexandro sonrió también. Esa forma de ser de su hija, tan astuta y valiente, era algo que amaba y admiraba de su hija, algo que le aseguraba la felicidad, algo que siempre deseó para ella. Y eso era lo que obtendría por siempre y para siempre, lo supo cuando su amado casi lloró al verla caminando hacia él que la esperaba en el altar; y que lloró cuando ese juez los declaró marido y mujer al fin. —Gracias por todo —dijo Leobardo entre lágrimas, provocando que Estrella lo pateara discretamente, haciéndolos sonreír a los dos llenos de felicidad, logrando que por primera vez ambos dijeran a unísono—; Te amo.
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