CAPÍTULO 47

1596 Words
Abrió los ojos sintiendo como si el aire que llenaba sus pulmones fuera el más fresco que había logrado obtener en su vida, y un sonido no tan desconocido le hizo girar la cabeza hacia su compañera de cama, solo entonces sonrió. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Leobardo, tocando la pierna doblada para atraer su atención, pues la joven parecía inmersa en lo que veía en su teléfono y que él no podía escuchar gracias a que ella usaba audífonos. —Estaba viendo opciones para apoyo parental en cuidados de bebés recién nacidos —dijo Estrella, leyendo por completo la sugerencia que le había hecho su navegador cuando empezó a buscar este tipo de cosas—, como mis padres se enojaron conmigo por romperle la nariz a mi hermano, me voy a enojar con ellos para no tener que disculparme; y en ti familia no me quieren, así que estamos solos en esto y solos no vamos a poder. Leobardo sonrió, él en realidad no creía que debieran prescindir del apoyo de la familia de su amada, porque sabía demasiado bien que ningún m*****o de la familia Bianco se molestaría de verdad alguna vez con la rubia caprichosa, la amaban demasiado para que fuera así; de su familia no podía negarlo, por eso al final simplemente suspiró antes de volver a bostezar. » ¿Sigues con sueño? —preguntó la joven, que, a pesar de que en días pasados no podía controlar su soñolencia, ni siquiera se inmutó con el bostezo de ese hombre, y tampoco sentía demasiado sueño, a decir verdad—… Si empiezas con las náuseas matutinas pensaré que tienes el síndrome de Couvade, y te amaré el doble de lo que te amo ahora. Leobardo volvió a sonreír, eso sonaría en serio divertido si no estuviera sintiendo justo en ese momento, no solo náuseas, un ligero mareo también; y, por dicha razón, decidió cerrar los ojos un poco más, para ignorar esa desagradable sensación en su estómago. —Creo que voy a vomitar —declaró el hombre que, como si la cama le quemara, saltó de ella para correr hacia el baño, pues el asco que sentía era completamente real. Estrella, que en un inicio se sorprendió y se congeló un momento al ver a su amado reaccionar de esa forma, terminó riendo de pura confusión, pero luego rio divertida, pues la expresión de su amado al salir del baño era justo para divertir a cualquiera que lo viera. —Creo que me enfermé —declaró el hombre, que casi se arrastraba hacia la cama porque veía oscuro, escuchaba hueco y había perdido la fuerza en sus piernas—, me siento supermal. —Se llama estrés —declaró la rubia, poniéndose en pie para poder darle un poco de agua al padre de sus hijas—, y que son las siete de la tarde y no has comido nada. Yo ya llevo tres comidas, y tu estómago no ha recibido nada. —Sí, creo que podría ser eso —aceptó Leobardo, y se dejó caer en la cama, sin energía, para dormir un poco más. ** —Oh, puede ser el síndrome de Couvade —declaró Rubén Sandoval, viendo cómo su amigo contenía una nueva náusea—, porque no hay causa aparente de tu malestar. —Yo había pensado en una gastritis —declaró la rubia, que había terminado por llamar a ese hombre cuando, al día siguiente de una reconciliación en la que solo pudo dormir al lado de su amado, a ratos, porque su barriga no la dejaba dormir del todo, el padre de sus hijas continuaba sintiéndose bastante mal. —También dijiste síndrome de Couvade —farfulló Leobardo, con la voz gruesa y baja debido a la soñolencia que sentía. —Sí, pero fue una broma —respondió Estrella Bianco, mirando a su amado con un aspecto casi moribundo—; si te soy completamente franca, no pensé que el síndrome existiera en realidad, estaba segura de que alguna escritora de romance se lo había inventado para alguna novela y luego alguien hipocondriaco lo comenzó a “experimentar”. Y, cuando dio “experimentar”, la joven hizo comillas con sus dedos, porque aún algo en su corazón le decía que eso no podía ser de verdad. Estrella Bianco creía de corazón que no había forma de que los malestares físicos tuvieran una raíz mental. —Pues, en realidad, existe —aseguró Rubén—, incluso tenemos nuestra explicación médica no oficial. Estrella miró con curiosidad al hombre, escuchando como el padre de sus hijas comenzaba a resoplar, pues se había quedado dormido otra vez. » Son las hormonas —explicó el médico—, algo en el cerebro de este idiota fue estimulado por su empatía hacia ti, por lo que su cuerpo está sintiéndose verdaderamente así. Por eso no pienses que él está fingiendo, solo te ama demasiado como para dejarte sola en tus malestares presentes. —¿Cuáles malestares? —preguntó la joven futura madre—, si desde que lo veo dormir tanto ya ni sueño tengo, y ni te digo de mis náuseas, esas desaparecieron justo ayer que él empezó con las suyas. —¡Vaya! —exclamó el médico—. Ustedes sí que son tal para cual, una pareja hecha en el cielo diría mi mamá… Y, hablando de mamás, cómo te fue ayer, la madre de este tonto es medio especial. —Y que lo digas —soltó la rubia abriendo los ojos y dejándose caer al fin en el sillón, pues todo el tiempo que el médico revisó a su amado ella la pasó de pie junto a ellos, asegurándose de que nada malo estuviera ocurriendo con él—, de solo recordar lo horrible que fue ir a esa casa me dan ganas de pellizcarlo por haberme llevado ahí. Ni siquiera pasé de la puerta, en la puerta me fulminaron con la mirada y me acusaron de engañarlo para que cargara mi paquetito. —Bueno, no es que no me esperara semejante reacción —dijo Rubén, terminando de guardar el aparaterio que usó para revisar a su amigo—, pero sí lamento que lo tuviera que pasar. Ellas son especiales con ganas cuando de su niño se trata. —Pues, sí, pero no estaba esperando que me trataran así de mal —señaló la rubia—. No, la verdad, es que sí estaba esperando que se pusieran un poco felices con la noticia de que sí podrían tener nietos de parte de él. —¿Y sí se los dijo? —preguntó Rubén, imaginando un poco la escena que debió enfrentar su amigo y la madre de las hijas de su amigo, provocando que el rostro de Estrella se contrajera, pues la pregunta de ese hombre le clavó una duda en su cabeza. —¿Cómo que si se los dijo? —preguntó la rubia, que ni siquiera se imaginaba que algo así podía haber pasado; es decir, cómo es que él se atrevería a aparecer en su casa, con tremenda bomba entre las manos, sin prevenirlas antes. Pero, a diferencia de Estrella Bianco, que solo conocía bien las mejores partes de ese hombre, Rubén conocía todo de él, así que podía ver claramente lo ocurrido entre ellos esa mañana. » ¿Crees que no les comentó nada de mi embarazo? —cuestionó la joven, casi indignada por la posibilidad—. Tiene meses trabajando en mi perdón, y ahora resulta que no le habló a su familia de mí, ni de ellas. ¿Acaso eso tiene lógica? —Puede que no tenga lógica —dijo el joven médico—, al menos no para ti, ni para mí. Pero algo así funciona la cabeza de ese hombre, y deberías empezar a aprender cómo es, si quieres que la vida entre ustedes sea un poco pacífica. Estrella suspiró. No es que le molestara del todo lo ocurrido, simplemente no podía entender esa forma de pensar; sin embargo, algo había de cierto en las palabras de su amigo, y eso es que, no porque no podamos entenderlo, el pensamiento de los otros carece por completo de lógica. » De verdad no te enojes —solicitó de nuevo Rubén—, te prometo que, aun si fue lo que ocurrió, seguramente Leobardo no lo hizo con mala intensión. Si te puedo decir algo sobre la forma en que él toma decisiones, eso sería que su principal objetivo es siempre protegerse. —¿Protegerse? —exclamó la rubia su pregunta con un dejo de indignación, casi molestia—. ¿Se supone que él tiene que protegerse de mí? —No exclusivamente de ti —respondió Rubén, con calma—, más bien de toda situación que le pudiera volver a romper el corazón. —¡Oh, vamos! —exclamó la joven futura madre—. Como si su corazón fuera de cristal. Hasta donde recuerdo, y como médico tú deberías saber bien, los corazones humanos son de tejido muscular, no de cristal, así que debería dejar de protegerlo de una vez por todas; porque, además, nada malo va a volver a pasar. —Si así lo crees, deberías decírselo a él —pidió el médico, dirigiendo sus pasos hacia la puerta—, porque necesita escucharlo más de una vez. Y es que así, querida amiga, es como funciona el trauma, una vez que algo se rompió, sobre todo si dolió, lo más lógico es querer evitar que vuelva a suceder.
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