CAPÍTULO 45

1404 Words
—El concepto de este restaurante es un poco… curioso —declaró Estrella mientras bajaba del auto del padre de sus hijas, ayudada por él, por supuesto. —Es porque no es un restaurante —declaró Leobardo sonriendo, nervioso por la reacción de su amada a lo que tenía por decir—, es la casa de mis padres, iba desayunar con ellos, y te uniste a mi plan. —Sin saberlo —farfulló Estrella Bianco, sintiendo cómo su estómago se comenzaba a revolver con ganas—. ¿No crees que debiste mencionarlo? Te pregunté como tres veces a dónde me llevabas, solo dijiste que a almorzar. —Eso vamos a hacer, almorzar —defendió el hombre en un tono juguetón, intentando que su amada no se enojara—, solo que con compañía. —Yo no sé si eres tonto o te estás haciendo —soltó la rubia mirando con los ojos entrecerrados al amor de su vida—, pero llevar a tu novia a conocer a tus padres no es algo que haces sin avisar… Yo ni siquiera me maquillé hoy. —Tú eres hermosa con y sin maquillaje —aseguró el azabache, atrayendo a la mujer a su cuerpo tanto como sus hijas lo permitían—, de hecho, a mí me gustas mucho más con nada encima. Estrella Bianco rodó los ojos y evitó el beso que el otro le intentó dar, pero Leobardo Alarcón no desistió, terminó pegando sus labios en la mejilla de su amada, terminando por sonreír. Era claro el descontento de la rubia, pero que no se negara abiertamente a ese encuentro le sabía demasiado bien. » Gracias —susurró Leobardo al oído de su amada y esta solo suspiró, entonces, tomados de la mano, ambos caminaron hasta la enorme puerta que oficializaba su regreso como pareja. La casa de la familia Alarcón era preciosa, aunque no tanto como la fortaleza Bianco en que ella vivía pues, sin duda alguna, la diferencia entre fortunas era mucha. La familia de Estrella tenía detrás más de diez generaciones trabajando por el patrimonio familiar, algo que no muchas lograban pues en la mayoría de las familias, tal como en la familia de Leobardo, las fortunas solían dividirse en los hijos y cada uno hacía lo que podía o quería con su patrimonio. —Bienvenido, cariño —dijo una mujer de cabello platinado mientras andaba hasta el hombre que sostenía la mano de Estrella Bianco, tomándolo por el rostro al llegar a él y besando su mejilla cuando el mencionado como cariño se inclinó hacia la mujer—. Te estábamos esperando. Estrella, sintiéndose en extremo incómoda, pues hasta cierto punto eso se sintió como que alguien marcó un límite que ella no debería cruzar, solo presionó ligeramente un labio contra el otro y respiró tan silenciosamente como se podía hacer. La rubia sintió que el amor de esa madre, que se presumía un poco aprensivo, podría darle problemas pues, en la vida, no conocía a nadie que amara tanto a sus hijos como su propia madre, que ni siquiera los había gestado, y ni ella se mostraba así con Chase o con ella, y eso que ella era la favorita. Pero la madre de Leobardo no sería el mayor de sus problemas, lo supo cuando una joven de rostro muy similar al de su amado, pero con facciones mucho más suaves y delicadas, hizo un comentario que, de no ser por el desconcierto que le provocó, la habría enojado muchísimo. —Vaya —dijo una azabache de ojos azules—, semanas sin verte y apareces con tremendo regalito… ¿Quién es ella y por qué la tienes de la mano? El rostro de Leobardo se endureció, mientras que la mano de la rubia tal vez por puro instinto de protección ante la evidente agresividad soltó la mano del joven y se posó sobre su abultado vientre, como si de esa forma pudiera proteger a quienes ahí gestaba. —Es mi novia —respondió casi entre dientes Leobardo, pues él también sintió las malas intenciones en la pregunta de su hermana menor—, el amor de mi vida y la madre de mis hijas, así que guárdate el veneno, porque si vuelves a hablarle así no me voy a quedar de brazos cruzados. —¿Hijas? —preguntó la mejor de los dos hermanos Alarcón, destilando ironía en esa perfecta y malévola sonrisa—, adoptivas, me supongo. ¿Cómo te convenció de cargar el paquetito? Estrella, que no entendía nada de lo que pasaba, bufó una risa de confusión, pero su rostro no estaba sonriendo para nada, y Leobardo lo notó, por eso se molestó tanto que decidió ponerse a la defensiva, colocándose frente al cuerpo de la joven y preparándose para pelear contra su pequeña hermana. —Basta —dijo Leonora, madre de ambos jóvenes azabaches—. No pelearán así en mi casa por una tontería. Además, no te molestes demasiado, cariño, es simple curiosidad. También quiero saber cómo es que serás padre de los hijos de esta… señorita. La pausa de la mayor había sido cubierta por la despectiva manera en que escaneó con la mirada a la rubia que, tras escuchar el mote que se le otorgó, soltó una elegante carcajada que terminó en los labios levemente fruncidos y una ceja alzada. Ese había sido el insulto más elegante que había recibido en toda su vida. —Esta señorita no tiene ninguna necesidad de pasar por semejante grosería —declaró la rubia, presionando con fuerza el aza de su bolso—, no necesitas ser el padre de mis hijas, cariño, y es una pena, porque trabajaste tanto por ello que hasta siento lástima de retirarte el título que te di hace una hora. Y, sin decir más, la rubia volvió sus pasos para irse de ese lugar. —Estrella, espera —pidió el hombre, sintiendo tremendo nudo en el estómago, pero no pudo seguir a la joven que no se detuvo, aunque se lo pidió, pues tanto su madre como su hermana menor se aferraron a él para detener sus pasos. La joven futura madre, al sentir que no era seguida, pero continuaba escuchando cómo alegaban dentro de la casa, respiró profunda y tranquilamente. Ella seguía sin entender qué había pasado, pero estaba segura de una cosa: Leobardo no la había llevado ahí con la intensión de que pasara un mal rato, posiblemente su intensión había sido todo lo contrario: compartir su felicidad con su familia, era una pena que la familia de ese hombre decidiera no ser felices con ellos. Además, había otra cosa segura, ella no le revocaría los derechos de padre a ese joven que amaba en serio, lo que dijo fue simplemente su intención de que él se molestara y desesperara lo suficiente como para no volver a dudar de defenderla de su madre y hermana, como sucedió un poco en ese mini encuentro, aunque posiblemente fue porque a Leobardo también lo había n tomado por sorpresa con semejante reacción. Y aun cuando no tenía la intensión de revocar esos derechos ella no tenía ganas de seguir cerca de esa casa, y tenía suficiente hambre como para esperar a que el padre de sus hijas terminar de pelear con su familia, así que solo caminó con prisa hasta la avenida para tomar un taxi que la llevara a donde su corazón quería ir: el restaurante de un gran amigo. Pero los pensamientos de la rubia no era algo que Leobardo conociera y, tras verla irse luego de soltar tremenda bomba, sintió que su corazón se desbarataba cuando al fin dejó atrás a su familia y no encontró a Estrella esperando por él. A su familia, tras minutos de discutir, los dejó anonadados cuando él les aseguró con pruebas en la mano que esas niñas eran de él, y que, a diferencia de lo que todos pensaron, él sí podía tener hijos, y los tendría pronto. O no, porque la sentencia de la rubia se sintió en serio real cuando, tras recorrer corriendo varias calles no la encontró por ningún lado; además, ella no tomó ninguna de las treinta llamadas que le hizo mientras la buscaba por todos lados; y cómo podría, si el teléfono de la rubia seguía iluminándose en el piso del auto de ese hombre que corría desesperado sin saber a dónde debía ir.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD