CAPÍTULO 36

1138 Words
Abrió la puerta y lo primero que vio fue a ella, al gran amor de su vida, sentada en el sofá pequeño de su sala, mirando a, aparentemente, la nada; o fue así hasta que Estrella respiró tan profundo que su cuerpo se estiró un poco y abrió los ojos enormes antes de ponerlos sobre de él. —Siéntate, por favor —pidió Estrella, indicando con su mano el lugar que debía tomar. Eso fue extraño, demasiado, tanto que a Leobardo incluso se le olvidó lo aliviado que se sintió al no verla tan apagada y triste como se veía cuando él debió irse a ese viaje de negocios. —¿Sucede algo? —preguntó el hombre, atendiendo a su confusión—, ¿cómo te sientes? —Me siento mal —respondió la joven a pesar de que, en realidad, no se veía para nada mal; por el contrario, se veía un poco radiante y bastante firme y fuerte, como si estuviera muy bien. —Pues te ves muy bien —aseguró el hombre y la rubia inspiró hondo de nuevo, era como si buscara que el aire fresco que respiraba apagara algo en su interior, no sabía bien qué, si la ira que le producía la tranquilidad de ese hombre o las náuseas que tampoco sabía si eran por la situación o por el embarazo—. ¿Qué sucede? —Sucede que estoy embarazada —informó Estrella Miller con tanta tranquilidad que incluso su voz era suave—… Ocho semanas. Las palabras de la rubia se convirtieron en un enorme puño que golpeó al que las escuchaba con tanta fuerza que lo dejó sin respirar y con un agudo dolor en el pecho, estómago y cabeza. —¿De qué estás hablando? —preguntó trastabillando Leobardo, sin poder deshacerse de un horrible escalofrío provocado por un horrible pensamiento que no quería aceptar—. Tú no puedes estar embarazada, yo no puedo… ¿Me engañaste? La fuerte risa de la rubia confundió mucho más a un ya muy confundido hombre, pero, a diferencia de la confusión, que había llegado para no irse, la risa no duró mucho, en una fracción de segundo se convirtió en coraje puro. —Tú me engañaste a mí —declaró Estrella, con la voz firme y profunda—. Dijiste que no podías tener hijos y ahora estoy embarazada, ¿cómo explicas eso, Leobardo Alarcón? —¿De verdad estás embarazada? —preguntó Leobardo y, cuando Estrella, que resoplaba por la nariz mientras su mandíbula se notaba fuertemente apretada, el hombre cambió de una expresión preocupada a una casi resignada—. Entonces, ¿por qué me pides explicaciones en lugar de dármelas? ¿Con quién me engañaste? ¿Con el tío de tus hijas? ¿Es de él tu bebé? El rostro fruncido de la rubia terminó con los ojos y la boca tan abiertos que no había arruga alguna en él y, a pesar de que su boca estaba muy abierta, ella no pudo decir ninguna palabra, simple y sencillamente emitió un sonido de incredulidad. —¿Estás hablando en serio? —preguntó la joven Miller, volviendo a molestarse. En ese momento, las emociones entre ellos y dentro de ellos eran una locura, por eso sus expresiones y tonos de voz cambiaban constantemente; pero, no era para menos, ambos tenían su propia verdad, y no coincidía para nada con la del otro. —Estrella, estás embarazada, y yo no puedo tener hijos, ¿cómo explicas eso además de una traición? —cuestionó el hombre sin siquiera enojarse porque, es decir, siempre lo imaginó así, siempre imaginó que sería dejado cuando el instinto materno de su pareja aflorara, por eso había decidido no enamorarse, y luego de eso pensó que con Estrella estaría bien, pero ahora estaba ahí, perdiendo al amor de su vida y sin poder enojarse porque él le había roto el corazón primero, tal vez eso era su venganza. La rubia volvió a reír, era todo tan confuso que se sentía demasiado loca, y luego contuvo sus ganas de llorar, porque no quería terminar de nuevo deprimida y con dolor de cabeza, ya no quería más de eso nunca más. —Bueno —habló la rubia tras volver a respirar profundo—, piensa lo que quieras, igual esto se terminó. Solo déjame decirte tres cosas, cariño. Uno: yo no te engañé con nadie. Dos: te amo, pero no soy buena perdonando las mentiras, mucho menos la desconfianza. Y, tres: tienes razón en que no puedes ser papá, porque a partir de este momento mis hijos son solo míos, no puedes ser su papá, no te lo permitiré jamás, así que no vuelvas a aparecer frente a mí nunca más. Y, dicho eso, la rubia se levantó y se fue, agradecida por haber anticipado como terminaría todo, razón por la cual no debió quedarse un minuto más a hacer maletas en esa casa o subir por ellas a la habitación, pues todas sus pertenecías estaban ya en su auto. Estrella Miller Morelli no dejó nada atrás, nada, excepto un hombre confundido, demasiado confundido. Leobardo Alarcón se recargó por completo en el sofá en donde estuvo sentado todo el tiempo que compartió con la rubia antes de esa amarga despedida. —¿Qué mierda sucedió? —se preguntó en un murmullo y luego cerró los ojos con fuerza, porque de verdad que no sabía qué pensar. Leobardo no entendía por qué, si ella era quien lo había hecho mal, era él quien se sentía tan culpable. ¿Será que era porque había salido lastimado por permitirse lo que se prometió no permitirse jamás? No lo entendía, no entendía eso ni entendía nada más, simple y sencillamente todo era confusión en su cabeza, por eso respiró profundo y decidió cerrar también ese capítulo en su vida, tal y como lo había hecho Estrella. Y es que Estrella se había ido sin llorar, eso podía significar mil cosas, pero la más probable era la única que ese hombre no quería aceptar: que ella no lo amaba, por eso lo engañó y por eso se fue tan fácil sin dejar ni huella de ella atrás. Pero estaba bien, si ella sería feliz y recuperaría la calma que él le robó cuando eran más jóvenes, por él estaba bien, de todas formas, el amor que tenía por esa rubia preciosa no se terminaría jamás, para él, desde el pasado que se enamoró de ella, ella era el único amor de su vida, y lo sería para siempre sin importar que le había roto el corazón más allá de la imaginación. A Leobardo le dolía el corazón, demasiado, por eso decidió ahogar sus penas en alcohol; después de todo, una ruptura amorosa tan enorme merecía la pena una botella o dos.
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