CAPÍTULO 42

1525 Words
—¿No te lo estás tomando con mucha calma? —preguntó Rubén Sandoval a Leobardo, quien, a pesar de tener casi tres semanas sin ver a la rubia que él creía había ido a buscar, continuaba simplemente trabajando como si ella no fuera el más mínimo de sus problemas. —¿El qué? —preguntó Leobardo tras revisar por quinta vez en media hora su teléfono celular, mirando al fin a su amigo, uno genuinamente preocupado por la felicidad y futuro de Leobardo Alarcón. —Pues el reconciliarte con Estrella Miller —respondió medio molesto uno que, con la actitud de su amigo, se sentía un tanto ignorado; al parecer, Leobardo solo tenía tiempo para su celular—. Te paraste una sola vez en su casa y te rendiste. —Yo no me rendí —aseguró el hombre, que tomaba de nuevo el teléfono tras una nueva notificación—… —Entonces, si no te rendiste, ¿qué rayos es esto? —preguntó Rubén, ya molesto por la manera en que ese hombre atendía a su teléfono, por eso se puso en pie y caminó hasta él para quitarle el móvil de la mano y ver qué tenía tan embobado a su amigo—… ¿Ya se reconciliaron? —No —respondió Leobardo tras recuperar su teléfono de las manos de su amigo y comenzar a escribir un mensaje que, por supuesto, no era para Estrella Miller, eso a pesar de que el mensaje que recibió antes era de parte de la rubia que gestaba a sus dos bebés—, no puedo responder a sus mensajes, pero ella no ha dejado de mandarlos, así que solo hago realidad todo lo que pide. —¿Cómo que no puedes contestar sus mensajes? —preguntó el médico, seguro de que, si de verdad no pudiera, Estrella tampoco podría enviarle nada, pues era así como funcionaba el bloqueo. —Me lo prohibió —explicó el empresario—, fue lo primero que dijo en el primer mensaje que me envió luego de que fui a su casa cuando regresé a México, que si yo no respondía nada ella me mantendría informado de todo sobre nuestros hijos que yo sé que son hijas, y por eso he estado comprando un montón de cosas en rosa, a pesar de que ella las pide en colores neutros. —¿Qué tanto te pide? —preguntó ahora Rubén, volviendo a sentirse tranquilo a pesar de saber que si era medio ignorado por su amigo, pero estaba bien si todo era por su felicidad y familia. —Principalmente, cosas que se le antoja comer —informó Leobardo—, pide mucho, pero estoy en contacto con su mamá para que no la deje comerse todo, solo que pruebe un poco de todo; además de eso ha pedido algunos regalos que, también por medio de su mamá, le pedí que no abra hasta el día que quiera saber el género de nuestras hijas. —¿Sabe que lo sabes? —preguntó el médico, impresionado por lo tontamente funcional que se estaba tornando la deficiente comunicación entre su amigo y la mujer que su amigo amaba. —Sí, y se enojó mucho —declaró Leobardo dejando su teléfono al fin—, luego de que le pedí a su mamá que se armara el cuarto de las niñas en secreto, y que le entregara los regalos a Estrella con la condición de que no los abriera hasta que decidiera saber si eran niñas, niño o uno y uno, me mandó un mensaje diciéndome idiota, luego no me escribió por casi seis horas y luego me mandó un audio llorando y diciendo que no era justo que yo lo supiera; fue entonces que le pedí a su mamá que me ayudara para que el cuarto arreglado para la llegada de nuestros bebés fuera la revelación para Estrella. Ambas aceptaron. —Entonces, el día de la revelación, ¿todos vamos a entrar al cuarto de tus hijas? —preguntó Rubén, pensando en lo poco práctico que eso sería. —No —respondió el cuestionado alargando el monosílabo—, no va a ser un gran evento, solo serán Estrella, su madre, que ya sabe, su hermano, su padre y creo que una amiga. Tú no estás invitado, y creo que yo tampoco. Lo último que dijo el empresario oscureció su expresión, saberse parte de todo, pero estando al margen de todo, no le sentaba del todo bien. Aunque estaba consciente de que podría ser mucho peor, por eso no le quedaba quejarse, por eso y porque en realidad se merecía estar tan al margen por haber sido tan idiota antes. » Como sea —declaró el futuro padre de dos niñas tras suspirar—, me he estado haciendo cargo de muchas cosas, incluso ayer pagué por la consulta ginecológica, y, revisa esto, fue lo que recibí de Estrella luego de que dejara el consultorio médico. Rubén aceptó el teléfono de su amigo para poder revisar lo que el otro le pedía, entonces sonrió de nuevo, porque ese par de pequeñas que crecían saludablemente en el vientre de una mujer que no podía llamar su amiga, porque en realidad poco había convivido con ella, era prácticamente sus sobrinas. —Sí —dijo el médico mientras asentía con una sonrisa—, todo bien con ellas. Peso, talla y, definitivamente, son dos niñas. Leobardo sonrió feliz y tranquilo, escuchar de su amigo algo que el amor de su vida le había escrito ya, por alguna razón, le hacía sentir mucho mejor. Suponía él que era porque dos opiniones eran mejor que una, porque odiaría decir que no confiaba en la información que su amada le daba. Y es que, a pesar de que se había establecido entre ellos esa comunicación unidireccional, a ratos, Leobardo pensaba que Estrella Miller Morelli había sido demasiado herida por él, tanto como para que ella decidiera castigarlo con información falsa sobre sus bebés. Y, sí, odiaba pensarlo así, pero Leobardo suponía también que, hasta que no obtuviera de ella un verdadero perdón, cualquier cosa mala podría pasar. Entonces, definitivamente, era mucho mejor para él tener esa confirmación de un amigo que amaba decir era como su hermano. ** —Debieron acondicionar la habitación en otro lado —refunfuñó la rubia frente a una puerta que se moría por abrir, pero que no debía tocar porque no era así como debía conocer el sexo de sus bebés—, de esa manera yo no tendría tres días durmiendo en el piso afuera de la habitación… Me está matando la curiosidad. —Y a nosotros nos está matando que no nos dejes dormir —declaró una mujer que, por tanta cana en la cabeza, podría llamarse rubia natural, ahora sí—. ¿Puedes irte a la cama y dejar de dar tantas vueltas en los pasillos? —¿No oíste lo que dije? —preguntó la embarazada, haciendo un puchero y recargándose a la puerta de la habitación de sus bebés mientras se abrazaba a sí misma para poder contener un poco de todos esos sentimientos que la estaban volviendo loca justo en ese momento. —Cariño —habló la mayor acercándose a su amada hija para abrazarla con fuerza y con amor—, oigo hasta tu respiración y tus pasos… Anda, si no vas a abrir la puerta, vete a tu cama, porque tengo mucho sueño. Estrella suspiró. Ella también tenía sueño, pero en cuanto cerraba los ojos su cabeza comenzaba a susurrar que había mil cosas que no estaba comprando ni viendo porque no abría la puerta de la habitación de sus bebés, así que no podía dormirse. Con la curiosidad carcomiéndole, la rubia decidió que era tiempo de ponerle fin a su ansiedad, pero no justo en ese momento, así que solo volvió a su habitación para tomar el teléfono y enviar un nuevo mensaje al padre de sus bebés para darle prisa a ese paso que se moría por dar. “Haremos la revelación el fin de semana, así que quiero un último regalo con dos objetos que lo revelen. Mi hermano pasará el viernes a primera hora por él a tu oficina y, Leobardo Alarcón, tienen que ser los dos objetos más hermosos que nuestros bebés merezcan.” Y, tras leer ese mensaje que lo despertó en plena madrugada, el hombre miró a la cómoda frente a su cama, esa que tenía sobre de sí un regalo que había comprado para regalarle a sus dos nenas en cuanto nacieran. En una enorme caja, de un metro veinte por ochenta centímetros, el hombre tenía dos especies de cunas de tela, de borde abollonado, ambas en beige con listones rosas que en su interior tenían un osito de crochet, una sonaja, una diadema con un enorme moño y unos pequeños zapatos, a juego con unos guantes, llenos de listones rosas. Era lo primero que él había deseado regalarles en persona, pero, si Estrella pedía lo más hermoso que ellas pudieran recibir, definitivamente les daría eso, porque en ese hermoso regalo él había puesto todo su corazón.
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