CAPÍTULO 46

1520 Words
Leobardo Alarcón corrió cerca de doce minutos de un lado a otro por la avenida, intentando encontrarse con la madre de sus hijas, sin tener en cuenta que, con un embarazo tan avanzado, ella no lograría caminar mucho antes de necesitar sentarse a respirar, quizá por eso tampoco se le ocurrió la idea de que la rubia tomaría un taxi y por eso no la podría alcanzar. Frustrado, preocupado y hasta un poco enojado, el azabache de ojos claros caminó a toda prisa de regreso hasta su auto. Necesitaba respirar también para poder despejar su mente y pensar un poco claro, pues con tanta corredera sus pulmones ya no estaban funcionando correctamente. Llegó a su auto y, justo antes de abrir la puerta, vio a su madre, con auténtica angustia reflejándose en su rostro, esperando por él, supo que eso hacía cuando la vio caminar hasta él cuando el hombre se acercaba a ese bonito carro que guardaba la solución a su situación actual, aunque eso no era algo que ese joven sabía aún. —¿La encontraste? —preguntó la madre del joven, nerviosa y apenada en serio, pues, en toda su vida, jamás había visto semejante preocupación en el rostro de su hijo, como cuando vio a la joven irse de su casa sin mirar atrás. —Es obvio que no, madre —escupió el joven, ahora sí, muy enojado. El solo hecho de ver el rostro de su madre le hacía arder la sangre porque, no solo era la culpable de molestar a Estrella, también era la causa de que ella se hubiera podido ir sin que él hiciera nada por detenerla—. Si la hubiera encontrado, no habría regresado aquí sin ella. —Lo lamento —declaró la mujer, que no sabía dónde meter la cara de tanta pena que sentía—, de haber sabido que tú sí… —Ni siquiera lo intentes, madre —exigió el joven, molesto, pues ahora también le estaba robando tiempo que debería estar usando para seguir corriendo calle por calle hasta llegar a la casa de la joven, donde sabía que tenía que llegar alguna vez—, no tienes excusa, nada justifica ser grosero con alguien que ni siquiera conoces. —Dijiste que eran tus hijas y tú no… —¡Porque lo son! —interrumpió el joven en un grito—, y ni siquiera me diste la oportunidad de explicarte nada. —Por favor, Leobardo, esa joven no se embarazó ayer —declaró algo obvio la mayor—, tuviste suficiente tiempo para explicar antes de traerla, así que no me culpes, porque el error fue tuyo. —Tienes razón, madre —declaró el hombre tras respirar realmente profundo—, mi error fue traerla aquí, pero no va a suceder de nuevo, te lo prometo. Dicho eso, el joven no se quedó a escuchar lo que su madre quería decir, porque no le interesaba nada más que volver a correr hasta encontrarse con el amor de su vida. Solo subió a su auto, cerró la puerta con fuerza y arrancó sin saber a dónde ir, pues, él estaba seguro de que, aunque algún día la chica iría a su casa, sabiendo que él la iría a buscar ahí, seguro no sería el lugar al que acudiría primero. Un par de calles después, escuchando un ligero sonido que su carro no debería estar haciendo, se detuvo y descubrió el teléfono de Estrella vibrando junto al asiento del copiloto, lo tomó y vio un nombre masculino aparecer en la pantalla y, tal vez por mera inercia, respondió la llamada para escuchar la voz de su amada. —¿Por qué rayos no me contestas? —preguntó la rubia, preocupada—. No me digas que saliste corriendo como loco detrás de mí. Me subí a un taxi en cuanto llegué a la avenida, a pie no me ibas a alcanzar cuando ni siquiera sabías a dónde vine. Leobardo, conteniendo el llanto que estaba por ganarle, aclaró la garganta y respiró profundo, pues ahora que la escuchaba a salvo, y tranquila, sentía que podía respirar de nuevo, un poco tranquilo, él también. —¿Dónde estás? —cuestionó el hombre y Estrella Bianco se sintió un poco mal de no haberlo esperado un poco, porque ella estuvo segura de que él la seguiría, pero pensó que cuando le llamara le contestaría, sin saber que su teléfono había caído de su bolso y no lo llevaba consigo. —Te dije que tenía hambre —recordó la rubia, y comió algo más, haciendo un poco de silencio para que el otro pudiera tranquilizarse un poco más—. El restaurante de un amigo tiene los mejores desayunos, puedes venir, si quieres, pero solo, no tengo intención de encontrarme con nadie más hoy. —¿Qué restaurante es? —preguntó el hombre y, al escuchar el nombre del lugar, supo quién era el dueño del teléfono que marcaba, igual que el dueño del restaurante, amigo de su esposa y amigo suyo también—. Llego en diez minutos. —De acuerdo —aceptó la rubia—, y espero que vengas desayunado, porque yo en cuanto me llene el estómago no voy a soportar olor alguno de comida, así que no podré tolerar esperar a que comas tú. —No te preocupes —pidió el azabache—, yo ya no tengo hambre. Y eso era cierto, desde que las cosas se pusieron tensas en su hogar, él dejó de pensar en comida, y luego de tantas emociones y sentimiento apilándose en su estómago, era seguro que ya no le cabía comida en él. —Con cuidado —pidió la rubia, sintiendo que debió pensar un poco más en él, porque seguro el pobre seguía con el alma en un hilo luego de que ella se fue como lo hizo tras decir lo que dijo—, no me moveré de aquí, así que ven tranquilo, porfa. —Te amo —soltó el hombre, que, aunque lo intentaba, no terminaría de tranquilizarse hasta que la viera con bien, andando hasta él con una sonrisa que le asegurara que todo estaba bien entre ellos. —También te amo —declaró Estrella y separó el celular de su oreja para mirarlo con confusión, pues la llamada simplemente se cortó; sin embargo, no le prestó demasiada atención, pues ella estaba en medio de un delicioso desayuno que no deseaba interrumpir más. Por su parte, el azabache ya no pudo contener más el llanto, toda la angustia y toda su intranquilidad estaban abandonando su cuerpo en esas cálidas lágrimas que, de alguna manera extraña, no se sentían demasiado mal. ** —Dijiste diez minutos —se quejó la rubia, viendo al padre de sus hijas llegar hasta ella, que aguardaba cerca de una jardinera afuera del restaurante en que había desayunado. —Perdón por llegar un minuto tarde —soltó burlonamente Leobardo que, desde que la joven dijo diez minutos había revisado el reloj en su muñeca para corroborar la hora—, el tráfico no lo decido yo. Estrella sonrió y estiró la mano para alcanzar la mano del hombre que la tendió para ella, y Leobardo sintió que recuperó parte de su corazón al volver a sentir el calor de su amada. » ¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó el hombre, atrayendo suavemente a la chica a su cuerpo, abrazándola y llenando sus pulmones de un aroma que amaba sobremanera: el de su amada. —Dormir —respondió la chica, aferrándose a la espalda del hombre que amaba y al que le agradecía lo mejor de su vida—. ¡Vamos a mi departamento, porfa! El hombre asintió, pues, siendo completamente franco, estaba demasiado agotado por todo lo ocurrido, así que se moría también por acostarse a dormir un rato, a pesar de que, en toda su vida que podía recordar, jamás había tomado una siesta a mitad del día. Tras un beso lindo, que los hizo sonreír a ambos, se tomaron de la mano y caminaron lentamente hasta el auto del hombre y, una vez que ambos estuvieran dentro, Estrella, viendo el evidente agotamiento en su amado, le ofreció conducir a casa; pero Leobardo, aunque lo pensó un poco, decidió que no era buena idea que una mujer tan embarazada se pusiera detrás del volante, así que decidió esforzarse un poco más. Sin embargo, conforme el camino avanzaba, y entre más seguro estaba de que ellas estaban bien y estaban a su lado, el cansancio se volvió casi insoportable; por esto, tras llegar al departamento de la rubia, entrar a duras penas y casi arrastrarse por las escaleras hasta la habitación, se tiró en la cama y se durmió casi de inmediato. Estrella, que sonreía desde que lo escuchó arrastrar sus palabras en el auto debido a tanto bostezo, soltó una casi silenciosa carcajada cuando lo escuchó comenzar a roncar, y, sin demasiado sueño, a decir verdad, devolvió sus pasos a la cocina, porque quería un poco de agua antes de tirarse en la cama a ver su celular.
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