El silencio era casi sepulcral, y en la penumbra de una noche comenzando a nacer, se sentía casi incómodo.
Ni bien Leobardo había escuchado la puerta cerrarse, el lugar se transformó en una cueva que resaltaba el latir de dos corazones que se amaban profundamente, aunque, en realidad, no se comprendían del todo.
—No intentaba protegerme de ti —confesó de pronto la ronca voz de un hombre que ella había creído dormido—, confío en que no romperás mi corazón, es solo que, a veces, me porto como un total idiota, y esa parte de mí ya la has visto más de una vez.
Estrella Bianco, sorprendida por tan sincera confesión, no supo qué responder pues, además, si lo pensaba un poco, eso ni siquiera había sido una pregunta, era una simple confesión.
» No pensé en ellas, ni en cómo iban a reaccionar —continuó hablando Leobardo Alarcón, sin siquiera incorporarse pues, luego de tanto vomitar, estaba sin energía alguna—, y, siendo completamente franco, tampoco pensé nada en ti, o en lo que tendrías que enfrentar.
Estrella sonrió sin disimular, pues en la completa oscuridad que los envolvía, no necesitaba cuidar su forma de actuar; de todas formas, él ni siquiera la vería.
—Entonces —interrumpió la joven lo que, en un inicio, pareció un soliloquio—, ¿qué era lo que pensabas mientras me llevabas frente a ellas?
—Pensaba en hacerlas partícipes de mi felicidad —respondió en un tono medio resignado él—, pero las tomé por sorpresa porque, si te soy franco, no había hablado con ellas de mi condición médica jamás. Es decir, ya soy un adulto, entonces, ¿no debería hacerme cargo yo mismo de mí?
—Yo también soy adulto —concordó en ese punto Estrella con él—, y si me siento mal y debo ir al médico, me llevo a mi mamá.
Una fresca risa resonó por toda la habitación, pues no solo había sido la rubia quien rio, lo había hecho también él, pensando en que seguro esa mimada dependería toda su vida de su madre, quien la adoraba al punto de que no la obligaría jamás a hacer algo sola, ni siquiera a ir al médico aun cuando era una adulta, tal como él.
Y es que así eran las familias, tal como las personas, eran tan diferentes unas de otras que seguro no había dos iguales en el mundo. En el mundo debía haber familias preciosas y unidas, como la de su amada, y otras tan despegadas que dolía unirse, con en la suya.
Sin embargo, él no juzgaba mal a su madre o a su hermana, tampoco a su padre que no se interesaba en ninguno de ellos; ese par de mujeres que compartían su sangre tenían sus razones para actuar tal como lo hacían, y eso no las justificaba por haberse portado tan mal con la mujer que él amaba; y, aun así, sentía que debía hablar un poco de ellas y disculparlas un poco con la agraviada.
—Sabes —habló Leobardo, tras suspirar para ganar el valor de decir lo que tal vez a la rubia que él amaba no le interesaba, pero que su corazón quería gritar porque, aun si su familia no era la mejor, él deseaba que ese par de mujeres, medio frías y medio crueles, fueran partícipes de lo que le tocaría vivir—, mi hermana no es mala, está muy herida, y mi madre es tan buena madre que solo hace todo lo posible para apoyarla y que no tenga que recibir ninguna herida más.
Estrella, acariciando su abultado vientre para aminorar el movimiento que le inquietaba un poco, no dijo nada, pues, de nuevo, parecía que ese hombre hablaba consigo mismo, o con nadie, pero le gustaba escucharlo, por eso lo haría, aunque estuviera hablando y, tal vez, justificando, a dos que no le caían nada en gracia ahora que la habían hecho pasar tan mal rato.
» Ella tampoco puede tener familia —dijo el hombre como si a eso se redujera la infertilidad—, lo supo mucho después de mi accidente, y entonces dijo algo tan cruel que le dejé de hablar por años. Ella dijo que ahora me podía entender, que podía entender mi amargura, pero, la verdad es que, nunca me amargó no poder tener hijos, solo me molestaba sobre manera la forma en que a veces se burlaba de mí.
—Eso es cruel —dijo la rubia, más para sí misma que por consolar a su amado, quien con tales palabras sonrió de nuevo, porque se sintió escuchado y apoyado.
—Así es ella, cruel —señaló el hombre, aun sonriendo un poco—, siempre lo fue un poco, y luego de enterarse de su condición todo fue peor, mucho más cuando su esposo decidió que no quería estar con una mujer que no le podría dar hijos, y ahora, segura de que todo el mundo la señala por esa imposibilidad, se refugia en los brazos de una madre que la ama sobre manera y la protege hasta de quienes no la estamos atacando.
Estrella Bianco no supo qué decir, porque, si bien tenía una opinión al respecto, no es como que le fuera a servir de algo a ese hombre escucharla; después de todo, ella no era psicóloga, psiquiatra o consejera; es más, a veces ni siquiera llegaba a ser buena persona, así que mejor callaría lo que estaba rondando en su cabeza.
» Y, como ya te dije, yo soy simplemente idiota —dijo Leobardo y se rio—, se me olvidó… no, no se me olvidó, es solo que eso es algo que no tengo en cuenta, por eso ni siquiera se me ocurrió pensar cómo podría reaccionar ante semejante noticia. Yo solo quería gritar a todo pulmón mi felicidad, y terminaste siendo quien pagara el pato. Lo lamento.
—No tienes que disculparte —aseguró Estrella, mirando la silueta del hombre en su cama, pues, aun cuando la luz del día se había ido por completo, ellos seguían sin encender la luz de la habitación—, ahora que escucho la razón, siento que fue normal su actuar… Eso no hace que me moleste menos, pero sé que, en su lugar, y en sus condiciones, posiblemente hubiera actuado de la misma forma.
Leobardo suspiró, escuchar, que la razón que dio no aminoraba la molestia de la madre de sus hijas, no le sabía del todo bien, pero saber que las entendía un poco le daba la certeza de que, al menos, de parte de la rubia, no habría forma de que las cosas empeoraran.
» Y, aunque dije eso —continuó hablando la futura madre de dos—, la verdad es que siento que les debes una disculpa a ellas. Debiste prevenirlas, para que no me trataran tan mal.
—Si debí —concordó el hombre, moviéndose al fin, dejando esa cama, pues, aun cuando seguía sintiéndose débil por lo mal que la había pasado cuando devolvió su estómago hasta dejarlo sin nada, ahora que no le preocupaba que Estrella odiara a su familia sentía un poco de hambre—. ¿Quieres comer algo?
—Quiero comer todo —respondió la rubia, sonriendo, y entrecerrando un poco los ojos para que la recién encendida luz no le hiciera demasiado daño—, de hecho, si no despertabas en tres minutos, me iba a ir sin ti a cenar con mis papás.
—¿Ya no están enojados contigo? —preguntó el hombre, asombrado de que ella los mencionara con tanta naturalidad, a diferencia de como lo había hecho a medio día, que decidió también enojarse con ellos para no tener que disculparse por lo que había hecho mal.
—Nop —respondió la rubia, sonriéndole a su teléfono que recibía un nuevo mensaje que, ahora, sí iba a responder—. Como no les respondí en todo el día, están preocupados por mí, así que seguro ya no están enojados conmigo y por eso me están invitando a cenar desde hace una hora, pero sigo sin responderles, solo leí sus mensajes.
Leobardo, con una divertida sonrisa clavándose en su rostro, se limitó a negar con la cabeza, pues esa actitud mimada de su esposa era algo que adoraba.
En realidad, no lo entendía del todo bien, pero sentía que Estrella Bianco podía portarse así de mal debido a lo amada que era; y no, no es que los Bianco le hubieran permitido ser mala persona, porque la rubia no lo era, simplemente era tan mimada que de pronto podía caer mal; pero no a él, él la adoraba tanto como la amaba su familia, quizá por eso le parecía adorable lo infantil que ella podía llegar a ser.
—Sabes —habló Leobardo, tomando la mano de su amada para escoltarla hasta el auto y llevarla a cenar con una familia que los quería a los dos—, ahora que me perdonaste, y que puedo ser parte de esta familia que siempre soñé tener contigo, solo tengo un sueño más.
—Ah, ¿sí? —preguntó la rubia andando con calma—. ¿Y qué sueño es ese?
—Que mis hijas se sientan tan amadas, protegidas y respaldadas como te sientes tú por tus padres, tu abuelo, tus tíos y tu hermano —declaró el futuro padre de dos bebés que ya eran amadas como él lo deseaba, incluso por él—, para que sean tan seguras de sí mismas, tan mimadas y berrinchudas como eres tú, porque eso es totalmente adorable de ver.
—Sí —canturreó la joven—, para los que las aman, pero al resto del mundo las que son como yo no les caen tan bien. Te lo digo por experiencia propia. Yo conozco un mimado como yo y a ratos lo detesto mucho, incluso, hoy en la mañana le rompí la nariz.
Y, dicho eso, los dos rieron de nuevo, aún más fuerte, esta vez.