Lo mantuve en reposo solo veinticuatro horas y luego volvimos al rancho en Texas. —¿Y esto? —pregunta Richard al entrar a la casa y encontrar un regalo con un moño gigante en medio de su sala. —Un regalo mío —digo contenta, pues me había olvidado por completo de la encomienda. Se acerca y observa la gran escultura del galgo y luego me mira. —¿Te gusta? —pregunto tratando de validar que tan buena idea fue esa compra. —Me encanta, pero lo que más me gusta, es que oficialmente es lo primero que compras para nuestra casa, ya estás pensando en los dos, aunque sigo sin querer un perro en el cuarto. Río por el tonto comentario. —Su lugar es en el recibidor, ahí se debe ver fabuloso. —Es hora de mi regalo. Vamos a nuestro cuarto y nos arreglamos con ropa mucho más casual. Ingresamos a

