—...una piedra especial que se encuentra en el centro de la laguna de Texcoco —concluyó doña Elena, mirándolos a los ojos con una expresión seria—. Se llama la Piedra del Sol n***o, y según las leyendas, fue colocada allí por los antiguos habitantes de la región para sellar el agujero n***o terrestre. Decía que la piedra absorbía la energía cósmica y la convertía en fuerza vital para la tierra.
—¿Y cómo podemos encontrarla? —preguntó Rodrigo, mientras doblaba la partitura y la guardaba en su mochila.
—La laguna está muy contaminada y seca en gran parte —explicó la bibliotecaria—. Pero Carlos dejó un mapa en el cofre, marcando el punto exacto donde la piedra debería estar. También dijo que solo alguien con una conexión verdadera con la tierra podría sentir su presencia.
Ana sintió cómo su corazón latía con fuerza. Había estudiado geología precisamente porque siempre había sentido una conexión especial con la tierra, con las rocas y los minerales. Tal vez ella era la que podía encontrar la Piedra del Sol n***o.
—Y la Llave del Ser Humano? —preguntó Rodrigo, notando cómo Ana se tensaba ligeramente.
Doña Elena suspiró, pasándose una mano por el cabello blanco:
—Carlos nunca supo muy bien qué era exactamente. Solo dijo que se trataba de un amor tan fuerte que podía trascender los límites del tiempo y el espacio. Un amor que no buscara nada a cambio, que solo quisiera proteger y cuidar. Decía que sin esa llave, quien intentara atravesar el portal se perdería en la oscuridad para siempre.
Los tres se quedaron en silencio por un momento. Rodrigo pensó en Valeria, en la forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de astronomía, en la risa contagiosa que tenía. Ana recordaba las tardes que habían pasado juntas en la universidad, estudiando hasta altas horas de la noche, compartiendo café y sueños de descubrir algo importante para la humanidad. Ambos sabían que sentían algo profundamente por ella, pero ¿era ese el amor del que hablaba el diario?
—Tengo que irme —dijo doña Elena, levantándose—. Carlos me dijo que cuando llegara el momento, tendría que confiar en las personas que buscaran esta información. Les deseo suerte, jóvenes. Que Dios los ayude, porque lo que hay del otro lado del portal no es algo que esta tierra esté preparada para enfrentar.
Después de que la bibliotecaria se fue, Ana y Rodrigo revisaron el mapa que había dentro del cofre. Era un dibujo a mano, con coordenadas precisas y símbolos que indicaban lugares peligrosos en la laguna: zonas de pantano, pozos ocultos y restos de estructuras antiguas.
—Tenemos que ir hoy mismo —dijo Ana, guardando el mapa—. La próxima oportunidad para abrir el portal según los cálculos de Valeria es dentro de tres días, durante una conjunción de planetas que aumentará la energía cósmica en la región. Si no la encontramos antes, puede que sea demasiado tarde.
Rodrigo asintió, aunque sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabían que estaban metiéndose en algo que no comprendían del todo, que los riesgos eran enormes, pero no tenían otra opción. Valeria estaba en peligro, y ellos eran los únicos que podían ayudarla.
Capítulo 4: La Piedra del Sol Negro
26 de octubre de 2025 – 18:15 horas
El sol comenzaba a ponerse sobre la laguna de Texcoco, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rojos intensos. El paisaje era desolador: extensas áreas de tierra seca y salobre, con restos de antiguas construcciones y árboles secos que parecían esqueletos negros contra el horizonte. Ana y Rodrigo caminaban con cuidado por el terreno irregular, siguiendo las marcas del mapa.
—Cuidado con ese hoyo —advirtió Rodrigo, señalando un agujero cubierto de maleza—. Según el mapa, aquí hay una red de túneles que se conectan con la hacienda de San Jerónimo.
Ana llevaba un detector de minerales en la mano, que emitía pitidos débiles cada vez que se acercaban a un punto específico. Habían caminado durante casi dos horas, y el sol ya estaba casi completamente oculto, dejando un resplandor púrpura en el cielo.
—El detector está indicando que estamos cerca —dijo Ana, con la voz cargada de emoción—. La señal es cada vez más fuerte.
Finalmente, llegaron a una pequeña depresión en el terreno, donde el agua de la laguna se había acumulado formando un charco oscuro y quieto. En el centro del charco, parcialmente sumergida, había una piedra de forma ovalada de unos sesenta centímetros de diámetro, de color n***o profundo con vetas de plata que parecían estrellas en el firmamento nocturno.
—Esa debe ser ella —susurró Rodrigo, acercándose con cautela.
Ana se arrodilló junto al charco y extendió la mano hacia la piedra. Cuando sus dedos tocaron su superficie fría, sintió cómo una corriente de energía cálida la recorría el cuerpo. Cerró los ojos y tuvo una visión: vio a los antiguos habitantes de la región, vestidos con túnicas blancas, colocando la piedra en ese lugar mientras cantaban cánticos sagrados. Vio cómo la piedra absorbía la energía de las estrellas y la liberaba en la tierra, haciendo crecer plantas y alimentar a los animales. También vio una sombra oscura que intentaba salir de debajo de la tierra, pero que era contenida por la piedra.
—Tenemos que llevarla con nosotros —dijo Ana, abriendo los ojos—. Pero no es tan fácil como parece. La piedra está muy pesada y está conectada con el terreno.
Rodrigo examinó la zona alrededor del charco y descubrió unas marcas en la tierra que parecían ser antiguas ranuras para poleas:
—Parece que los antiguos tenían una manera de moverla —dijo—. Si podemos encontrar alguna manera de levantarla sin romper su conexión con la energía de la tierra, tal vez podamos llevarla a la hacienda.
Mientras trabajaban en construir un sistema simple de poleas con ramas y cuerdas que habían traído consigo, comenzaron a escuchar sonidos extraños provenientes de la oscuridad: crujidos de madera, susurros guturales y el sonido de pasos pesados que se acercaban a ellos.
—Alguien nos está siguiendo —susurró Rodrigo, agarrando la linterna que llevaba en la cintura.
Ana se mantuvo cerca de la piedra, sintiendo cómo su energía aumentaba a medida que se acercaba la amenaza. Los sonidos se hicieron más fuertes, y de la oscuridad emergieron figuras humanoides de gran tamaño, con piel negra como la piedra y ojos brillantes como brasas. Eran los guardianes de la Piedra del Sol n***o, criaturas que habían sido creadas por los antiguos para protegerla de quienes quisieran usarla con malas intenciones.
—No nos atacarán si no intentamos dañar la piedra —dijo Ana con calma, aunque su voz temblaba un poco—. Siento que solo quieren asegurarse de que tenemos buenas intenciones.
Rodrigo se colocó delante de ella, listo para defenderse si fuera necesario, pero las criaturas se detuvieron a unos metros de distancia y comenzaron a hacer sonidos guturales que parecían un lenguaje antiguo. Ana cerró los ojos de nuevo y se concentró en la energía de la piedra, intentando entender lo que las criaturas estaban tratando de decir.
—Ellos saben por qué estamos aquí —dijo después de un momento—. Saben que Valeria está en peligro y que necesitamos la piedra para salvarla. Pero también nos están advirtiendo de que el agujero n***o terrestre no solo es una puerta, sino también una trampa. Que algo está esperando del otro lado, esperando la oportunidad de escapar y conquistar nuestro mundo.
Una de las criaturas se acercó lentamente y extendió una mano grande y oscura hacia Ana. En su palma había un pequeño objeto de metal, con símbolos grabados que coincidían con los del telescopio y la partitura.
—Es un amuleto —explicó Ana, tomándolo con cuidado—. Nos protegerá de la radiación del portal y nos permitirá mantener nuestra mente clara mientras estemos del otro lado.
Las criaturas asintieron en conjunto y luego se retiraron lentamente hacia la oscuridad, desapareciendo como si se desvanecieran en la noche. Ana y Rodrigo miraron el amuleto en silencio, luego volvieron a trabajar en levantar la piedra. Esta vez, el trabajo fue más fácil, como si la piedra misma quisiera ser movida.
—Tenemos que ir a la hacienda ahora —dijo Rodrigo, ayudándola a colocar la piedra en una camilla improvisada que habían preparado—. Mañana tendremos que encontrar un piano funcional y practicar la partitura de Mozart. Si queremos abrir el portal en tres días, no tenemos tiempo que perder.
Capítulo 5: El Piano de los Muertos
27 de octubre de 2025 – 11:23 horas
La hacienda de San Jerónimo parecía más ominosa que nunca bajo el sol brillante del mediodía. Ana y Rodrigo habían llegado temprano, llevando la Piedra del Sol n***o y el resto de su equipo. Habían encontrado un piano de cola en una de las salas principales de la hacienda, cubierto de polvo y telarañas, pero aún en condiciones de tocar.
—Tiene que estar afinado perfectamente —dijo Rodrigo, quien había estudiado música en su juventud—. Las frecuencias tienen que ser exactas, de lo contrario el portal no se abrirá o podría abrirse de manera incontrolada.
Mientras Rodrigo trabajaba en afinar el piano, Ana colocaba la Piedra del Sol n***o en el centro del patio, justo donde había aparecido el portal durante el eclipse. Rodeó la piedra con pequeños dispositivos que había construido para amplificar su energía y conectarla con el piano. El telescopio de bronce la había colocado en un rincón de la sala, apuntando hacia el cielo, y el amuleto que les había dado la criatura reposaba sobre el piano, brillando con una luz débil.
—Ya está listo —anunció Rodrigo después de casi dos horas de trabajo—. Ahora solo falta practicar. Pero debo advertirte: esta partitura es muy difícil. Mozart la compuso para un piano con características especiales, y algunas de las notas están fuera del rango normal de un instrumento convencional.
—Pero la Piedra del Sol n***o amplificará las frecuencias —dijo Ana, acercándose a él—. Y el amuleto nos ayudará a sentir las notas correctas, incluso si no podemos escucharlas completamente.
Rodrigo se sentó frente al piano y colocó la partitura delante de él. Cerró los ojos por un momento, concentrándose en la música, y luego comenzó a tocar. Las primeras notas fueron débiles y un poco torpes, pero a medida que avanzaba en la partitura, la música comenzó a llenar la sala con un sonido hermoso y poderoso. Ana sintió cómo la energía de la piedra comenzaba a aumentar, cómo el suelo temblaba ligeramente y cómo los símbolos en el amuleto se iluminaban con una luz azulada.
Mientras tocaba, Rodrigo tuvo una visión: vio a don Manuel de la Cruz tocando ese mismo piano hace más de doscientos años, con los ojos llenos de tristeza y determinación. Vio a Carlos Mendoza y sus amigos tocando la misma partitura treinta años antes, justo antes de desaparecer. Y vio a Valeria, del otro lado del portal, atada a una plataforma de metal con cadenas de luz negra, mientras una figura oscura con rostro de serpiente le hablaba en un idioma desconocido.
—Ella está siendo torturada —dijo Rodrigo, deteniéndose súbitamente—. Esa cosa está intentando obtener información de ella, información sobre cómo abrir el portal de manera permanente y dejar que su mundo invada el nuestro.
Ana sintió cómo la rabia y el miedo la recorrían el cuerpo, pero se obligó a mantenerse calmada:
—Tenemos que seguir practicando. Cuanto más fuerte sea la música, más control tendremos sobre el portal y más fácil será rescatarla.