CONTINUACIÓN CAPITULO III

722 Words
Mientras continuaban con la práctica, comenzaron a escuchar sonidos provenientes del sótano de la hacienda: golpes rítmicos, como si alguien estuviera tratando de romper la puerta de madera que lo cerraba. Rodrigo se levantó rápidamente, tomando una barra de metal que había encontrado en un rincón, mientras Ana cogía el detector de campo, que ahora emitía pitidos agudos. —El sótano —dijo Ana—. Según los registros policiales, fue allí donde desaparecieron los tres jóvenes en 1995. Tal vez haya una conexión con el portal. Juntos se acercaron a la puerta de madera que daba al sótano. Los golpes se habían vuelto más fuertes, y podían escuchar voces que gritaban palabras en un idioma extraño. Rodrigo dio un golpe fuerte a la cerradura con la barra de metal, y la puerta se abrió con un crujido, revelando una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad. Encendieron sus linternas y bajaron con cuidado. El sótano era amplio y húmedo, con paredes de piedra y techos altos. En el centro había una plataforma de metal circular, con símbolos grabados que coincidían con los del portal, la piedra y el amuleto. Y en las paredes había cuerpos momificados de los tres jóvenes desaparecidos en 1995, colocados en posiciones que parecían formar un círculo mágico. —No los toques —advirtió Ana, agarrando a Rodrigo del brazo antes de que pudiera acercarse—. Están conectados con el portal. Si los movemos, podría desestabilizar todo. Mientras lo decían, los cuerpos comenzaron a moverse, sacudiendo la tierra que cubría sus rostros. Se levantaron lentamente, con los ojos vacíos y brillantes como cristales negros, y se dirigieron hacia Ana y Rodrigo con pasos torpes pero determinados. —Son controlados por la cosa del otro lado —dijo Rodrigo, retrocediendo lentamente—. Están tratando de impedir que abramos el portal. Ana sacó el amuleto de su bolsa y lo sostuvo en alto. La luz que emitía hizo que los cuerpos se detuvieran, gimoteando de dolor o de ira. —No son ellos mismos —dijo Ana con voz firme—. Están atrapados, igual que Valeria. Tenemos que liberarlos también. Mientras los cuerpos se mantenían a raya gracias a la luz del amuleto, Rodrigo notó una tabla de madera en una esquina del sótano, con inscripciones escritas a mano: —Es el diario de Carlos Mendoza —dijo, cogiendo la tabla con cuidado—. Está escrito en código, pero creo que puedo descifrarlo. Mientras Ana mantenía a raya a los cuerpos momificados, Rodrigo leyó rápidamente las inscripciones. Decían que Carlos y sus amigos habían logrado abrir el portal, pero que habían sido atrapados por la criatura del otro lado, que se llamaba Xothlu, el Señor del Vacío. La criatura les había prometido poder y conocimiento a cambio de ayudarla a abrir el portal de manera permanente, pero ellos se habían negado, por lo que la criatura los había convertido en sus esclavos, obligándolos a guardar el sótano y evitar que otros intentaran interferir con sus planes. —También dice que Valeria es la única que puede derrotar a Xothlu —continuó Rodrigo—. Porque ella es descendiente de don Manuel de la Cruz, quien fue el único que logró cerrar el portal hace más de doscientos años. Don Manuel tuvo un hijo con una mujer de la tribu que protegía la Piedra del Sol n***o, y su linaje ha heredado el poder de controlar la energía del agujero n***o terrestre. Ana sintió cómo la luz del amuleto se intensificaba, y los cuerpos momificados comenzaron a temblar más fuerte. De repente, Carlos Mendoza habló, con una voz ronca y lastimada: —Ayúdanos —dijo—. Ayúdanos a liberarnos de esta maldición. Cuando abras el portal, la criatura se distraerá. Ese será nuestro momento para escapar. Y Valeria... ella necesita saber que no está sola. Que alguien la ama lo suficiente como para dar su vida por ella. Con esas palabras, los cuerpos colapsaron de nuevo en el suelo, volviendo a estar inmóviles. Ana y Rodrigo se miraron, entendiendo la gravedad de la situación. No solo tenían que rescatar a Valeria, sino también liberar a los espíritus de los desaparecidos y evitar que Xothlu invadiera su mundo. —Volvamos arriba —dijo Ana, guardando el amuleto—. Mañana es el día de la
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