Capítulo 7: El Último Acorde
Cuando Ana y Valeria cruzaron el umbral del portal, vieron que Rodrigo seguía tocando con todas sus fuerzas, a pesar de que la sangre le salía por la boca y sus manos estaban desgarradas por las teclas. El portal comenzaba a cerrarse lentamente, y la energía que lo sostenía se hacía cada vez más inestable.
—Rodrigo, detente! —gritó Ana, llevando a Valeria hasta un lugar seguro.
Pero Rodrigo negó con la cabeza, sin dejar de tocar:
—No puedo —dijo con voz débil—. Si me detengo ahora, el portal se cerrará de golpe y podría destrozar todo lo que está a su alrededor. Tengo que terminar la pieza, llevarla hasta el final. Es el único modo de cerrarlo de manera segura.
Valeria se levantó con dificultad y se acercó al piano. Colocó sus manos sobre las teclas junto a las de Rodrigo, y juntos continuaron tocando la última parte de la partitura. La música se hizo más hermosa que nunca, llena de dolor y esperanza, de amor y sacrificio. La Piedra del Sol n***o emitió una luz tan intensa que iluminó todo el valle de Texcoco, y el portal comenzó a cerrarse lentamente, como una puerta que se cierra despacio.
Cuando el último acorde resonó en el aire, el portal se cerró completamente con un sonido como de trueno distante. Rodrigo cayó del banco del piano, sin vida, con una sonrisa en los labios. Valeria se arrodilló junto a él, abrazándolo, mientras Ana lloraba a su lado.
—Lo hizo por nosotros —dijo Valeria, con lágrimas cayendo por sus mejillas—. Por mí. Él me amaba, y yo no me di cuenta hasta ahora.
Ana la abrazó con fuerza, sintiendo la pérdida con toda su intensidad. Habían ganado la batalla, habían detenido a Xothlu y habían salvado al mundo, pero habían pagado un precio muy alto.
Al día siguiente, enterraron a Rodrigo en el jardín de la hacienda de San Jerónimo, bajo un árbol de nochebuena que florecía con flores rojas intensas. La Piedra del Sol n***o la colocaron de nuevo en su lugar en la laguna de Texcoco, protegida por las criaturas guardianas, y el piano de cola lo dejaron en la sala principal de la hacienda, como un recuerdo del sacrificio que se había hecho para salvar al mundo.
Valeria decidió continuar con la investigación de su antepasado, pero esta vez con un propósito diferente: no solo para entender el agujero n***o terrestre, sino también para encontrar una manera de cerrarlo de manera permanente y evitar que Xothlu volviera a amenazar a su mundo. Ana se quedó a su lado, como su amiga y compañera, prometiendo nunca dejarla sola.
Un año después, en la noche del aniversario del eclipse, Valeria y Ana regresaron a la hacienda. Se sentaron frente al piano y Valeria comenzó a tocar la partitura de Mozart, pero esta vez con una nota diferente al final —una nota de esperanza, de renacimiento. La Piedra del Sol n***o emitió una luz suave desde la laguna, y en el cielo, las estrellas parecieron brillar con más intensidad que nunca.
—Él sigue aquí —dijo Valeria, mirando hacia el cielo—. En las estrellas, en la música, en el amor que nos une. Nunca lo olvidaremos.
Ana asintió, tomándola de la mano:
—Nunca. Pero ahora tenemos que seguir adelante. Por él, por Carlos y sus amigos, por todos los que han dado su vida para proteger este mundo.
Mientras la música llenaba la noche, Valeria cerró los ojos y sintió la presencia de Rodrigo a su lado, como si aún estuviera allí, tocando el piano con ella. Sabía que el peligro no había desaparecido completamente, que Xothlu algún día volvería a intentarlo, pero también sabía que no estaría sola. Tenía el conocimiento de su antepasado, la fuerza de la tierra que representaba Ana, y el amor que Rodrigo le había dado con su sacrificio. Con esas tres llaves, estaría lista para enfrentar cualquier amenaza que viniera del Vacío.
Pero en las profundidades de la cueva del otro lado del agujero n***o terrestre, algo movía la oscuridad. Los ojos de Xothlu se abrían lentamente, brillando con una luz maligna y paciente. Sabía que los humanos eran débiles, que su amor era efímero, y que tarde o temprano, el poder del Vacío prevalecería. Solo era cuestión de tiempo.
FIN