Estuvieron así durante media hora. Todo el tiempo, la oficina estuvo en un silencio sepulcral. Ni siquiera la llorona Agalia se atrevía a hacer ruido. Se estaba gestando una tormenta en la oficina, y justo en el centro de la tormenta estaba Enrique Martínez. Era la calma que precede a la tormenta, y el ambiente dejaba a todos sin alíen. El aire acondicionado no se había encendido y todos estaban sudando. Sin embargo, nadie se atrevía a respirar demasiado fuerte y mucho menos a secarse el sudor. Al ver que eran las Diez y media , Enrique al fin arrojó la carpeta que tenía en la mano , y esta aterrizó en la mesa con un golpe. Todo el mundo se puso en guardia, con el cuerpo tenso a causa del nerviosismo. Enrique se levantó con una mirada depredadora, y algo se movía en el aire . Era como si

