El silencio del inmenso bosque ruso fue brutalmente desgarrado. No por el trueno, sino por la furia. A kilómetros de cualquier civilización, donde solo el musgo y los pinos eran testigos, una gigantesca explosión se tragó el aire. Nadie se alertó, nadie se sobresaltó. Era un lugar diseñado para el olvido.
Una edificación de piedra, camuflada bajo la fachada de un vetusto Sanatorio Mental, comenzó a ser devorada por una hoguera anormalmente voraz. Dentro, el fuego encerraba a aquellos que creían estar a salvo tras sus muros gruesos. No eran inocentes. Era una fortaleza de lo corrupto, de la ambición ciega, el refugio de los que hacía mucho tiempo perdieron la última hebra de humanidad, dedicados a tejer horrores en los laboratorios subterráneos, con sujetos de prueba que no superaban la década.
El verdadero infierno había comenzado en esos sótanos. Se confiaron. Creyeron tener el control absoluto de su arma más valiosa, su experimento perfecto, el crisol donde descargar sus más depravadas frustraciones y nuevas torturas. Pensaron que ella no actuaría. Pensaron que seguiría siendo su creación.
El error de la confianza es la primera lección del depredador.
Afuera, más allá del cordón de llamas, omce figuras diminutas observaban el espectáculo, siluetas recortadas contra el naranja ardiente. Once "Demonios", como ellos mismos se habían apodado y como sus verdugos los habían etiquetado. Contemplaban cómo el metal se retorcía y los cristales estallaban. Se deleitaban con el pánico de enfermeros y psicólogos, con sus gritos de agonía, mientras la fachada del Centro de Tortura Infantil se convertía en ceniza y un humo espeso que se llevaba consigo secretos, investigaciones prohibidas y los últimos vestigios de sus propias depresiones.
—¿Y ahora? —preguntó uno de los demonios, su voz rasposa como la corteza quemada.
Todos sabían quién era la mente maestra de la revuelta. Una niña de apenas once años, y sin embargo, su líder, su Reina. La única capaz de orquestar una rebelión tan helada y perfecta. Nadie lo había intentado con esa precisión mortal.
—Harán sus vidas. Creerán que morimos en el fuego y no nos buscaran—dijo la niña, sin que su rostro reflejara lástima, temor o arrepentimiento. Dentro de ella, solo ardía una mezcla de ira pura y un éxtasis primario.
Se giró hacia las ruinas. —Ellos nos llamaron demonios sin control. Pues... hagamos de sus vidas un infierno digno de ese título.
Una carcajada seca, casi infantil, se extendió por el grupo. Tanto tiempo aislados, torturados, sometidos. Algo se había roto. La cuerda tensada al límite. El resorte forzado. Ahora estaban libres, y ese quiebre interior era una liberación sangrienta.
—Somos once —murmuró una pelirroja con la mirada perdida, como si ya estuviera viendo algo más allá del bosque. Los once se observaron. Sus cuerpos estaban cubiertos de sangre seca, ceniza y polvo.
—Hay juegos suficientes para todos. Pero no sería divertido acabarlo todo a la vez... —La Reina esbozó una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Nos reuniremos en el momento justo, cuando el mundo haya disfrutado de nuestra bienvenida.
Los Once se dispersaron. Entraron a ese lugar como niños, y salían como bestias. El llamado “Centro de Salud Mental” no era más que una fábrica de depredadores, un polvorín de armas humanas. El resentimiento y la locura les corrían por las venas, un sentimiento tan vivo que lo sentían a flor de piel. Su adrenalina era un néctar, la venganza, su oxígeno.
Pocos sobreviven a la oscuridad que ellos habían abrazado. Se dice que la venganza es un veneno. Y no se equivocan. Pero un poco de veneno, a veces, es lo que aviva la diversión.
Los responsables de su infierno, aquellos que los convirtieron en "demonios", pagarían con una moneda de sangre. Lo que no sabían era que habían despertado una sed que no se saciaría fácilmente. En pocos años, estos niños —o al menos los que no sucumbieran antes al placer de su propia locura— serían la peor pesadilla de muchos, y el objeto de deseo y el mejor sueño de otros.
Sus propias creaciones los llevarían a la muerte. El mayor error de todos fue apartarlos de lo único que los mantenía, tenuemente, cuerdos.
Los jóvenes se dirigieron a distintas direcciones. Sin embargo, seis se detuvieron.
—¿Qué hacemos? —preguntó una castaña, nerviosa.
—Ustedes tres esperarán una carta mía. Llegará en el momento justo —dijo la Reina a tres de las chicas, quienes asintieron y se marcharon sin mirar atrás.
Los tres que quedaron, incluida la Reina, caminaron hacia un punto discreto, donde los esperaba el cuerpo de su antiguo protector, aquel que había sido el único de ellos en caer.
* Un pueblo inusual en el mapa.
* Ocho hermanos envueltos en secretos oscuros.
* Ocho Reyes. Una chica con rostro de ángel.
* Una mente única con un pasado que aúlla.
* La Venganza servida con frialdad.
* Una conexión más profunda que la sangre.
* La poliandria, un destino sellado.
—¿Por qué intentas cambiarlos? —la pelinegra le preguntó a Jenny
—¿Porque estos demonios necesitan una Reina que los reforme? —respondió la mujer rubia altaneramente—. Necesitan una vía hacia el perdón. Yo soy la única que puede salvarlos. El Señor les abrirá los ojos y les mostrará el Paraíso.
—Si esa es tu respuesta... no estás lista para ser una Reina, querida —replicó la chica, atrayendo la atención de todos, especialmente la de nueve personas cercanas—. ¿Para qué cambiar a ocho demonios perfectos, si puedes gobernar el Infierno con ellos?
Se dio la vuelta, abriéndose paso para marcharse.
¿Ser esclavo del Cielo o Rey en el Infierno?