Nico.
Escuché que me llamaban, y desperté sobresaltado, con el corazón a doscientos por minuto.
Instintivamente entré en modo zuricata, haciendo rebotar mi mirada paranoica de un lado a otro, barriendo todo el living en busca de alguien que pudiera estarme llamando. Pero no encontré a nadie. La única compañía que tenía eran los sillones, el aparador en el rincón paralelo a mí y también ví una figura que primero, entre la oscuridad lo confundí con alguna otra silueta estremecedora, pero luego la reconocí como el cochecito de bebé que pertenecía a mi hermana bebé, y que mi madrastra había olvidado para Año Nuevo, luego de que viniera a la cena festiva en casa. Cuando le hicimos saber sobre su Olvido al siguiente día, el primero, ella prometió textualmente: >, pero sin embargo ya habíamos empezado junio y el cochecito seguía allí, en esa misma esquina donde lo habían dejado, acumulando más y más polvo con el paso de los días. > pensaba cada vez que me preguntaba cuándo vendría por él.
El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que mi primera reacción fue acercarme la mano a él, y con una mezcla de impresión y asquerosidad noté que todo mi pecho estaba mojado de la transpiración, y que tenía toda la remera pegoteada.
-Agh.
Me quejé, y pensé en quitármela, pero primero tenía que descubrir quién me llamaba.
-¿Abuelos? -pregunté alzando la voz a propósito para hacerme oír. Sería muy extraño que me llamaran en medio de la madrugada, pero quién sabe, capaz que la posibilidad es más grande de lo que pensaba.
No aparté la mirada del cochecito ni por un segundo. Inexplicablemente era como si eso captara toda mi atención.
-¿Abuelos?
Repetí luego de unos segundos, y esta vez, igual que la anterior no obtuve ninguna respuesta.
> pensé, creyendo que habría mezclado parte de mis sueños con la realidad.
Me apresuré a quitarme la remera y la dejé tirada sobre el cubrecamas. No era muy saludable quitarse la remera en invierno por más que uno esté calentito y tapado con varias colchas, pero mucho peor hubiera sido para mi salud dejarme puesta la remera mojada, porque cuando la transpiración se me secara podría enfermarme. Volví a apoyar la almohada en la cabeza y sentí un escalofrío recorrerme todo el cuerpo a pesar de la sábana, la colcha y el cubrecamas con los que me protegía del invierno. Me tapé hasta la cabeza, dejando asomar únicamente mi frente y mi cabello.
-Niiiicoooo.
Me senté en la cama de un salto cuando escuché el mismo susurro de antes, sólo que ahora sonó mucho más pesado.
Miré para todos lados en busca de alguien, pero seguí sin encontrar a nadie. Saqué el resto de mi cuerpo que seguía cubierto de debajo de las frazadas y me di vuelta para ver detrás de mí. Allí estaba el modular de madera, en el rincón, y también uno de los dos sillones individuales a no más de dos metros de mí. Nada fuera de lo normal. Cuando volví a girar y miré delante de mí, noté que el techo movible del cochecito estaba extendido hacia afuera, y no pude evitar fruncir el ceño de la confusión.
> pensé, recordando la última vez que lo había visto -ósea hace un minuto-.
Centré mi mirada aún más, y al hacerlo juro por Dios que por un segundo vi dos bolitas brillosas que me observaban casi ocultas desde dentro del cochecito.
-Bfffff -Respingué del susto y me puse de pie de un salto. ¿Qué demonios era eso?
Retrocedí algunos pasos, sintiendo el piso helado en mis pies descalzos hasta que determine que ya había llegado a una distancia prudencial. Siendo algo masoquista, porque sabía muy bien que lo que iba a ver no me iba a gustar, volví a mirar y en medio de la oscuridad pude diferenciar una cara sumamente pequeña, que no podría ser de alguien más que un muñeco... o un bebé. Presté más atención a cada detalle y pude diferenciar algunos cabellos dorados en su cabeza, una tez tan pálida como la de un zombie.
-Niiiicoooo.
Repitió esa vocecita, que recién entonces reconocí como infantil. No noté que su boca -que también había logrado reconocer- se moviera, pero estoy más que seguro de que ese -o esa, eso. No sé cómo referirme la verdad- fue el que lo dijo.
-¿Qué demonios? ¿Quién sos? -pregunté con la voz temblorosa por el cóctel de miedo, pánico y confusión.
En cuanto hablé, vi que el bebé se agachó, desapareciendo dentro de las telas de los costados del cochecito.
-Abeeel -suspiró vagamente esa voz en respuesta.
Las dos bolitas plateadas dejaron de brillar en la oscuridad, y yo, en parte por la parálisis y en parte por la duda de si iba a volver a salir o no, me quedé quieto desde mi posición segura esperando a ver qué pasaba. Así me quedé quieto durante minutos... o quizás fueron segundos extendidos por los nervios, pero no había ni rastro de eso que había visto. Dudé de mi mismo al preguntarme si no habría visto mal, o si tal vez habría confundido un destello de la luz de la calle que se filtraba por la ventana con los ojos y el bebé era causado por las sombras. Pero no podía volver a la cama con la curiosidad a flor de piel. Necesitaba comprobarlo.
Miré con recelo la tecla de la luz. Gracias a Dios que la tecla quedaba en la pared paralela a la que quedaba el cochecito, así no tendría que pasar cerca de él cuando quisiera prender el plafón. Pero justo cuando tomé la determinación como para dirigirme a las teclas, escuché los resortes de la cama de la abuela, y a juzgar por el ruido, no sólo se estaba moviendo, sino que de estaba levantando.
> Pensé cuando escuché que se ponía sus ojotas y las arrastraba por el piso. Eso era lo bueno de que la abuela caminará arrastrando los pies, porque enseguida Podías saber cuándo se acercaba. Pero tenía su parte mala, porque a veces hacía tanto ruido que no sabías si era ella caminando o la vecina barriendo el patio.
Volví a quedar paralizado pensando en que hacer a medida que la abuela se acercaba. ¿Cuál de todas era la mejor opción? ¿Correr, esconderse, volver a la cama de un salto y tapsrse. La verdad es que lo de correr y esconderse suena como una estupidez, pero en ese momento, a mi cabeza necesitada de opciones le pareció una idea razonable. Aunque igualmente, con shock o sin shock, fui lo suficientemente cuerdo como para saber que lo más conveniente era volver a la cama, así que corrí hacia ella y, en un punto medio entre rapidez y delicadeza para no hacer mucho ruido, volví a meterme debajo de las colchas. Por más que traté de ser cien por ciento sigiloso, no pude evitar que la madera de la base del sillón hiciera algún que otro >, pero me parecieron sonidos tan leves que no creo que la abuela haya llegado a escucharlos.
Me puse boca abajo y cerré los ojos, haciéndome el dormido. Y a decir verdad, llegué justo a tiempo, porque en ese preciso segundo en el que me acomodé, escuché que los pasos de la abuela acababan de cruzar la puerta de su pieza y ya estaba en el living conmigo. De la nada sus arrastradas se frenaron, y creo que debió mirarme, porque sentí su mirada clavada en mi nuca, pero luego de uno o dos segundos la sensación desapareció y siguió caminando.
> Me pregunté, considerando esta técnica que quizá podría darle más credibilidad a mi actuación. > concluí luego de considerarlo fugazmente.
Escuché que la abuela encendía las luces del baño y cerraba la puerta casi azotándola. Parecía... apurada.
-Fffff -resoplé ansioso. Que la abuela se metiera al baño interrumpiéndome era una muy mala noticia, porque por lo general ella tardaba mucho allí dentro, así que tendría que prolongar mi actuación más de lo que me gustaría.
Le eché un vistazo al cochecito y me sentí aliviado al ver que la figura seguía sin aparecer. Un poco más tranquilo, me acomodé mejor y cerré los ojos esperando a que la abuela volviera a su pieza para poder revisar con luz el cochecito.
-La escucharé cuando salga.
Pensé, pero estaba completamente errado, porque antes de que me diera cuenta ya estaba durmiendo. Cuando la abuela volvió a pasar por el living, lo más seguro es que me haya encontrado roncando, pero esta vez no voluntariamente ni siguiendo un plan, sino roncando de verdad.