Bien. Colón al 1400. Estaba frente a mi objetivo, esperando a que la semáforo se pusiera en rojo para poder cruzar caminando al 1500.
Desde acá podía ver la gasolinera. Las luces azules y naranjas -que parecen ser las mismas en todas las estaciones de servicios- iluminaban toda esa esquina y las limítrofes. Hay que agradecer que abajo del techo los dueños, diseñadores o quién sabe quién, escatimaron en iluminación en la parte de los surtidores, justo debajo del techito de cemento, por donde se entraba al local en sí. Porque si ese lugar también estuviera tan iluminado como la zona exterior, estaba frito: todo el mundo me veería. Oh… y hablando de gente, ese es otro factor que me iba a facilitar mucho la tarea, ya que no había nadie. Absolutamente nadie.
Cuando había llegado hace quince minutos, una pareja de veinteañeros estaba dentro comprando. Los pude ver cuando pase de largo -disimulando, obviamente- y los vi de reojo. Después de que se fueron me quedé otro rato más esperando por las dudas. ¿Quién sabe si tuve algún error en mi vigilancia y pasé por alto a alguien más -que no fuera el cajero, claro- que estuviera adentro. Pero ya había pasado un largo rato y nadie volvía. Y además, era como la cuarta vez que le daba la vuelta a la manzana. Había un señor en una renoleta gris que parecía haberlo notado, porque me estaba comenzando a ver raro. Así que si iba a hacerlo, tenía que ser ahora.
Semáforo en rojo. Genial.
Crucé rápido. No corriendo, pero tampoco a la velocidad que uno supondría normal en un peatón a la medianoche. A menos que esté peatón se esté orinando, o que, efectivamente, esté por hacer algo ilícito, como en mi caso…
Caminé por detrás de las inmensas columnas de hormigón y pasé debajo de los reflectores de colores lo menos posible para no mostrarme tanto. Según los apuntes que Rodrigo y yo habíamos sacado a partir de nuestras observaciones, sólo entre los surtidores y el estacionamiento, habían ocho cámaras. Lo último que quería es que me grabarán y me reconocieran. Si lo que me llevaba era poco y no mostraba el arma -lo segundo es muy poco probable ya que descubrí que la gente no suele ceder fácilmente si solo los enfrentas con la ameneza oral-, la policía no lo haría. La verdad es que la Policía Argentina con tal de ahorrarse papeleo y una investigación le reembolsaría al dueño de la Estación de Servicios lo que fuera necesario. Pero si el botín era grande y me veían armado, revisarían las cámaras y me buscarían en el sistema hasta encontrarme.
-Hablando de reconocimiento… -susurré, y me levanté el cuello de la remera hasta taparme la mitad la mitad de la cara para abajo. Así sólo se me veían los ojos y el pelo. A partir de esas características sería muy difícil que me identificaran.
Ya estaba debajo del techito, en la parte mal iluminada, y desde ahí pude comprobar que, como lo quería, el cajero era el único allí dentro. Y para mejorar la situación, estaba sentado en una silla detrás del mostrador cien por ciento concentrado en su celular, así que cuando entrará, estaría distraído.
Factor sorpresa igual a segundos extra.
Segundos extra igual a menos probabilidades de que me agarren.
¿Entienden a lo que van mis matemáticas?
Me di vuelta para ver si algún peatón no deseado se me había pasado por alto, pero no. En la Colón sólo estaba pasando algún que otro auto, pero era un tránsito mucho menos frecuente que durante el resto del día. Además, la única manera de que se enteraran de que había un robo en progreso era si escuchaban un disparo, y eso no estaba dentro de los planes.
Metí las manos entre mi pantalón y mi calzoncillo y lo sentí: ahí estaba el Pehuman. El ruido de la culata me sobresaltó y noté que el cajero giró la cabeza en mi dirección. Instintivamente me agaché volví a guardarme el revólver en la cintura. Para cuando me asomé de nuevo, ha había vuelto a lo suyo con su celular. Agarré el revólver con mucho cuidado de no hacer ruido esta vez y amartillé el arma lentamente para no llamar la atención. Escuché un > levísimo que apenas pude escuchar y supe que estaba cargada.
-Ya.
Me susurré a mi mismo, pero justo cuando estaba por entrar sentí que el viento -helado y soplando como nunca- me empujó algo que impactó contra mi nuca. Apenas lo sentí, pero entre tanta concentración di un respingo del susto.
-Tranquilo Lautaro… sólo es un papel. El viento lo despegó de la pared -me tranquilice al darme vuelta y ver que lo que me había golpeado era una especie de folleto.
Una curiosidad inexplicable me hizo hacer algo que nunca habría hecho en otro momento. Es que en el papel ví algo que se me hizo tan conocido que no pude resistirme a levantarlo y leerlo:
QUE EN PAZ DESCANSE
LUISANA CÁCERES
15/02/1986
08/12/2028
CON MUCHO CARIÑO
TU FAMILIA Y AMIGOS
Y justo en el centro había una foto que me trajo un flash muy extraño: estaba dentro de una ambulancia -no me pregunten por qué, porque ni tengo ni la más mínima idea- y una paramédica me inyectaba algo, pero yo no quería que lo hiciera. Le rogaba a los gritos que me dejara, y antes de que me diera cuenta había quedado inconsciente en la camilla. Pero lo último que podía leer era su nombre en un letrero que decía: >.
-¿Eh? -me pregunté confundido sin entender mi propia cabeza.
Tiré el folleto sin darle mucha más importancia y justo que lo hice una ambulancia que venía por la Colón giró en uno de los ingresos y entró a la parte de los surtidores. Escuché el repiqueteo de una silla dentro de la gasolinera y el cajero salió corriendo a recibir a los paramédicos que bajaron del móvil. Yo me guardé el revólver en la parte de atrás de la cintura y disimulé sacando mi celular y haciéndome el que lo revisaba, aunque de reojo noté que el chofer era un hombre con lentes y la paramédica que viajaba era atrás era una mujer que debía tener treinta y tantos.
-¡Eh, Lu! -le saludó el cajero.
-Hola hermanito, ¿todo bien? -le devolvió el saludo ella.
-Buenas -fue lo único que dijo el chofer, pero nadie le prestó atención.
-Maso. Ahora ando trabajando a full porque el chico que trabaja acá en los surtidores avisó que va a llegar tarde porque el auto no le arranca, y me pusieron a cargo de la caja y de los surtidores.
-¡Están locos! ¿Cómo quieren que hagás las dos cosas al mismo tiempo? ¿Qué pasa si se te llena el local y también hay gente esperando a que le carguen el auto? -Se quejó ella.
-Luisana -Di un respingo al escuchar ese nombre- decile a tu hermano que nos cargue rápido que ya nos tenemos que ir. Hay un montón de llamadas hoy. No sé si porque es viernes la gente anda alborotada o qué pero hoy ya atendimos siete casos -explicó el chofer, secándose unas gotas de sudor de la frente con la manga de su uniforme celeste.
-Oh, mira. Creo que tenés un cliente -advirtió la hermana del cajero, señalándome con un dedo.
La miré mejor y cuando vi más a fondo su rostro, noté que era la misma paramédica del flash que había tenido.
-Hola maestro, ¿Necesitas algo? -me preguntó el cajero, medios los gritos desde los surtidores.
Lo normal hubiera sido que lo mirara a él, pero mis ojos estaban clavadas en quien, según sus forma de hablar, era su hermana. Me estaba viendo con una sonrisa inquietante. La misma que me aterrorizó en ese flash.
-Ehh… ¡No, gracias! Nada más estoy esperando a alguien -mentí-, pero parece que no va a venir.
-¡Ah, dale! Disculpa.
Me respondió él y de inmediato me guardé el celular en el bolsillo del pantalón y caminé apresuradamente hasta que salí de la estación de servicios. Una vez que quedé fuera de su ángulo de vista, corrí y corrí para asegurarme de que los había perdido. Cuando paré a tomar aire después de la huida, me fijé en la numeración de los carteles para saber dónde estaba y quedé atónito al ver que estaba en la Colón al 1200. Había corrido tres cuadras. Me di vuelta en dirección a Las Tres Esquinas e inevitablemente el flash volvió a mi cabeza.
-¿Qué mierda fue eso?