NISHA
Me peiné nerviosamente las puntas del pelo, observando cómo Blake recorría con la mirada el interior del apartamento.
Nunca invito a nadie aquí. De hecho, nunca hay nadie más que mis hermanas y yo. No es un lugar que quiera mostrar. Es vergonzoso.
La pintura de las paredes es de un color verde vómito y se está descascarillando. También hay manchas en las paredes que seguro que tienen que ver con el humo del tabaco. Y el inodoro se atasca con la más mínima hoja de papel higiénico.
—Gracias por hacer esto.
—No hay problema. Ahora vuelvo—, dijo, saliendo por donde había entrado.
Cuando Blake llegó, no solo se ofreció a pagar nuestro alquiler, sino que también se ofreció a hablar con nuestro casero por nosotras. Espero que consiga un espacio más agradable y funcional, y ojalá a un precio más barato.
Cuando Blake regresó unos minutos más tarde, parecía enfadado.
—Recoge tus cosas. Nos vamos.
—¿Qué ha pasado?
—Me niego a dejar que se queden aquí con ese imbécil—, gruñó, apretando los puños con fuerza. Me quedé mirando su mano y me fijé en los moratones y la mancha de sangre seca en los nudillos. —Esta noche te quedarás conmigo.
—No tienes por qué hacer eso por nosotras—, le dije, sin dejar de preguntarme qué había pasado con el casero mientras seguía mirando su mano.
Cuando se dio cuenta de que lo miraba, rápidamente se metió la mano en el bolsillo.
—No voy a llevarlas a un hotel cuando tengo mucho espacio para compartir. Ahora, por favor, haz lo que te pido.
—¿Esperas que te sigamos sin más? Eres un desconocido —dijo Salem, negándose a moverse de donde estaba—. Por lo que sabemos, podrías ser un asesino en serie.
Blake contuvo una sonrisa.
—Sí, podría serlo perfectamente. Pero no lo soy. Solo soy un guardaespaldas, por eso sé que estarán más seguras conmigo.
—¡¿Un guardaespaldas?! —exclamó Flavia—. ¡Qué bien!
—Eh, no está mal —respondió Blake con una sonrisa.
—¿A quién proteges? ¿Es alguien famoso? —preguntó Salem, relajando los hombros y distendiéndose un poco a su lado. Seguía nerviosa, pero no tanto como unos minutos antes.
—No exactamente. Pero podemos dejar esa historia para otro momento. Tengo que sacarlas de aquí.
Parecía que nos estaba metiendo prisa y no sabía muy bien por qué. No dejaba de mirar hacia la puerta y el reloj de su muñeca, como si esperara que apareciera alguien. ¿Quizás nuestro casero? Quién sabe.
No teníamos muchas cosas, así que no tardamos mucho en empaquetar todo lo necesario. Entre las tres, llenamos dos maletas.
—¡¿Quién rayos te crees que eres?!—, gritó una voz familiar, irrumpiendo por la puerta de nuestro apartamento.
Flavia y Salem gritaron y se arrinconaron en una esquina. Nuestro casero estaba cubierto de sangre y moretones mientras se tambaleaba hacia nosotros.
Blake se colocó delante de nosotras, impidiendo que nuestro casero se acercara más.
—Quédense detrás de mí—, ordenó, con la mirada fija en nuestro casero.
—¿Cómo te atreves a ponerme las manos encima? ¡Llamaré a la put4 policía!—, escupió, mientras el hombre gordito se rascaba el ombligo.
Nunca me gustó nuestro casero. Siempre está cubierto de manchas misteriosas y huele a alcohol todo el tiempo. Me ha hecho insinuaciones en varias ocasiones, lo que me ha hecho ser cautelosa con él. Nunca dejo que mis hermanas se acerquen a él.
—Adelante—, replicó Blake. —Y cuéntales a todos lo mucho que te gusta m4sturbarte con fotos de niñas pequeñas en tu ordenador mientras estás en ello.
—¿Qué?—, pregunté, dándome cuenta de repente de todas las veces que había mirado a mis hermanas. Siempre se lamía los labios y se ajustaba los pantalones cuando estaban cerca. Nunca me había dado cuenta antes. ¿Por qué no me había dado cuenta antes?
—¿Había fotos de mis hermanas?—, pregunté, empezando a sentir náuseas.
Sacó las llaves del bolsillo y me las tiró.
—Ve a esperar al coche. ¡Ahora!—, ladró, haciéndome sobresaltar.
Cogí mis maletas y a mis hermanas, y salimos corriendo del apartamento hacia su coche. Después de meter las maletas en el maletero, cerré la puerta y miré por la ventana.
—Quédate aquí. Y no le abras la puerta a nadie.
Flavia asintió, mientras que Salem frunció el ceño.
—¿Adónde vas?
—No salgas del coche. Volveré enseguida.
Volví corriendo al interior y grité al encontrar a Blake y a mi casero peleándose. Se estaban dando puñetazos, y mis muebles estaban destrozados o rotos mientras se empujaban unos a otros por el pequeño espacio.
—¿Qué rayos haces aquí, Nisha?
El hombre corpulento derribó a Blake al suelo justo cuando este sacaba su pistola. Mis ojos se abrieron como platos al ver el arma negra pulida.
Le arrebataron el arma de las manos y esta se deslizó por la habitación hasta quedar fuera de su alcance.
—¡Blake!—, grité cuando mi casero empezó a estrangularlo.
Mirando la pistola, corrí hacia ella y la recogí.
—¡Suéltalo ahora mismo!—, grité, temblando mientras apuntaba con la pistola a mi casero.
Giró la cabeza en mi dirección al oírme amenazarlo con la pistola de Blake. Se echó a reír a carcajadas, mostrando sus dientes amarillos y podridos. O al menos los pocos que le quedaban.
Apreté con más fuerza el arma, al darme cuenta de lo morada que se había puesto la cara de Blake. Lo está matando.
—No te lo voy a volver a pedir—. Estaba muerta de miedo, pero logré ocultarlo bien.
—No tienes el valor...
Apreté el gatillo y la pistola disparó. La bala le alcanzó en el hombro y él gritó, soltando el cuello de Blake.
—¡Z0rra!—, gritó, escupiendo saliva por la boca. —¡Te voy a matar, j0der!
Se puso en pie tambaleándose y se abalanzó sobre mí. Grité y salté para esquivarlo justo cuando Blake conseguía rodearle la cabeza con los brazos.
Giró la cabeza y oí un crujido. Blake lo soltó y el hombre cayó al suelo con un fuerte golpe.
—¡No puede ser!—, grité.
Blake pasó por encima de su cuerpo y me quitó la pistola de las manos. Metió la mano detrás de él, se guardó la pistola en la cintura de los vaqueros y se bajó la camisa.
—¿Está...?
Blake asintió con la cabeza, respirando con dificultad mientras se limpiaba la sangre de la nariz con un solo movimiento de la mano.
—Sí, lo está.
Me quedé mirando al hombre, que una vez fue mi casero, tendido boca abajo.
—Tenemos... Tenemos que llamar a la policía.
—Ya están de camino. ¿No te dije que esperaras en el coche?
—Necesitabas mi ayuda.
—Lo tenía controlado, Nisha.
La forma en que pronunció mi nombre no hizo que mi corazón se acelerara como otras veces. Esta vez había un ligero tono de irritación detrás.
—Por favor, la próxima vez hazme caso cuando te diga que hagas algo.
—Sí, sí, capitán—, respondí con un saludo y una sonrisa cursi.
Él puso los ojos en blanco y salió por la puerta.
—Vamos, listilla.