Franco se acababa de enterar de que el restaurante del marroquí no estaba tan bien cimentado a nivel económico, como el pobre hombre quería aparentar. Y al enterarse de que la noche anterior, Livia se citó con sus padres, fue un estímulo para él, porque le demostraba que había pasado algún detalle por alto y no sucedería de nuevo. —Livia, buen día. Te busqué ayer por la tarde y me dijeron que te fuiste temprano. —Salgo a las cinco, jefe y me fui a las seis. No le llamaría a eso salir temprano. —Bueno, con tanto trabajo… —No volverá a pasar. Su tono fue tajante y su mirada fría, aunque no parecía haber altanería a ella, pero no le gustaba en lo absoluto que pensara que era capaz de hacer con él lo que le diera la gana. —¿Podemos hablar? —¿De trabajo? La risita de Elías, que se había

