Agatha está soñando otra vez. Estoy en una sala blanca y lo escucho discutir.
—No dejaré que hagas esto, hermano. No lo permitiré. Son mis hijos, por favor, no les hagas daño.
—No puedes hacer nada. Mi plan es perfecto.
—Te equivocas. Ellos recordarán quién soy yo.
—No, no después de que les haga beber del agua de Serón. Ellos solo recordarán lo que yo les diga. Después de todo, seré su padre amoroso, ¿no?
—Nunca te permitiré eso. No dejaré que los dañes, son mis hijos, no tuyos.
—¿Y qué harás? No hay nada que puedas hacer, Samael. Yo soy tu hermano mayor, el todopoderoso. Lo único bueno que has hecho es crearlos, y qué lástima, no lo recordarán. Ni siquiera tú lo recordarás, hermanito.
—¡Nooooooooooo! ¡Samaeeeeeeeeeeeeel! —grito, y Azzael salta de la cama conmigo. Yo despierto llorando, no puedo respirar, además me duele la cabeza y el pecho muy fuerte. Siento que no respiro, me estoy ahogando.
—Agatha, amor, respira, tranquilízate.
Yo no dejo de llorar mientras él me abraza y trata de calmarme.
—Tranquila. Hey, hey, mírame.
Lo miro fijamente a sus ojos azules.
—Respira, lento —me dice, y me besa despacio. Puedo sentir su amor en ese beso. Termina suavemente y mi respiración ya está un poco más normal.
—Respira, respira lento —me repite, y me da otro beso, hasta que vuelvo a la normalidad. Me mira y seca mis lágrimas con sus dedos.
—Iré por un vaso de agua.
Va a la cocina y vuelve con un vaso de agua con azúcar. Yo lo bebo y lo dejo en mi mesita de noche, mientras él me mira fijamente.
—Ok, mi vida, ¿qué pasa? Cuéntame. No es normal que tus sueños te quiten la respiración. Ese es mi trabajo —una sonrisa pícara asoma por sus carnosos labios.
—No sé, no entiendo. Desde que desperté siento que olvido algo, que hay algo dentro de mí que no logro recordar y es importante. He estado soñando con Lucifer y otro ángel, su hermano mayor. No sé su nombre, solo sé que lo llama Samael. Y tu hermano está desesperado, discutiendo por salvar a sus hijos.
—Qué raro... que yo sepa, mi hermano no tiene hijos. Y cuando bajé a cumplir mis obligaciones, él estaba muy raro, no salía de su biblioteca y me preguntó por ti. En realidad, hablamos de ti. Me dijo que si tú habías pasado algo raro, o me habías dicho algo raro, o si soñabas seguido. Le conté sobre el sueño de la daga de Lilith que resultó ser real. Me pidió que no le dijera a nadie sobre tus sueños, y que él vendría a hablar contigo. Que no malinterpretaras nada, porque sabía que eras mi compañera. —Azzael frunce el ceño—. Obviamente me pareció raro. Samael jamás ha sentido curiosidad o le ha importado mucho los humanos... pero ahora que me cuentas tu sueño, sí siento que hay algo más. Algo le está pasando, y tiene que ver contigo.
—Ni yo entiendo qué pasa, amor.
—Bueno, ahora que estás más tranquila, cuéntame cómo te fue ayer.
Sonrío y le digo:
—Todo bien. Compramos todo. Eso sí, hay algo que debo decirte y no creo que te guste...
Me mira levantando una ceja.
—A ver, ¿qué pasó?
—Aníbal...
—¿Qué pasa con él?
—Amor, es mi amigo, así que lo invité a nuestra boda.
—¿Así? Bueno, no está mal. Así comprobará con sus propios ojos que no tiene ni la más mínima oportunidad contigo.
—¿En serio no te molesta?
—Mi vida, tú eres mía, completamente mía, así como yo soy tuyo. No hay espacio para nadie entre nosotros. No tengo problema en que venga a la boda, además es tu amigo.
—Ay amor, por eso te amo.
Le doy un beso.
—Lo sé —dice sonriendo—. Bueno, iré a prepararte desayuno, y después nos preparamos para ir a casa de tus padres.
—¡Siii! Mily no ha dejado de escribirme que cuándo llegamos. Aunque tiene 17 años, parece niña de 10.
—Jajaja, sí, Mily es un amor... y un remolino a la vez.
Azzael se levanta y va a la cocina a preparar mi desayuno, que como siempre consiste en juguito de naranja, tostadas y frutas. Desayunamos y tocan el timbre: son Anna y Muriel.
—Hola chicos, ¿cómo van los preparativos? ¿Nerviosos? —pregunta Anna.
—Un poco. ¿Y ustedes, están listos?
—Sí, ya Muriel llevó tu vestido al auto y todas las cosas. Falta que ustedes digan y nos vamos.
—Nos falta poquito, preparo todo y les aviso.
Azzael prepara las maletas mientras yo reviso que llevar. El tiempo ha pasado rápido, ya vamos camino a la casa de mis padres. Anna maneja y yo voy sentada atrás con Azzael. Les dije que ya me siento bien, pero me sobreprotegen, no quieren que mueva un dedo.
Anna y Muriel rentaron una habitación en el hotel del pueblo. No quisieron quedarse en casa de mis padres para tener mayor privacidad. El día de nuestra boda, Azzael se quedará con ellos, ya que mi madre insistió que su niño no debía ver a la novia vestida de blanco antes del matrimonio. Azzael, por supuesto, aceptó feliz solo para darle gusto.
Faltan solo tres días para nuestra "seudo-boda". Aunque no es una boda legal, mi madre consiguió que el cura del pueblo nos bendijera. ¿Cómo lo logró? No lo sé. A ella nunca le niegan nada.
Llegamos a casa y mi padre nos recibe feliz. Mi madre está en su huerto y Mily va a buscarla. Estamos bajando las cosas del auto cuando llega mi madre, feliz de vernos.
—¡Agatha, mi amor! Qué bueno que llegaron. Alejandro, mi niño, bienvenidos.
—Hola mami. Quiero presentarte a mi amiga y mi cuñado. Anna, Muriel... vengan.
—Muriel, qué lindo nombre. Mucho gusto, soy Amelia, la mamá de Agatha. Mmm, parece que lo guapo es de familia. Bienvenidos a nuestra casa. Las puertas están abiertas para ustedes. ¿Se quedarán con nosotros?
—Muchas gracias, señora Amelia —responde Muriel—. Pero Anna y yo reservamos en el hotel.
—Aggy, ¿me llevo el vestido o lo dejo? —pregunta Muriel.
—Déjalo. Alejandro se irá con ustedes la última noche —dice mi madre—. Así se arreglo bien al otro día.
Muriel y Azzael llevan todo para mi pieza. Entro y apenas quepo yo; está todo lleno de cajas, manteles, y demás. Anna se trajo todo desde la ciudad.
Salgo y Anna con Muriel están sentados en la cocina, hablando con mi madre de los últimos preparativos. Anna quiere hacer un arco con troncos, flores y telas, y mi madre está feliz.
—Conseguí las bancas de la iglesia —dice mi madre—. No puedo creer que me las hayan prestado, jajaja.
Tomamos onces. Mi mamá tenía pan amasado y kuchen de manzana, el favorito de Azzael... bueno, ahora también el favorito de Muriel, que está fascinado comiéndolo.
—Anna, amor, esto está delicioso. Pídele la receta a Amelia, por favor, para prepararlo en casa —dice Muriel.
—Por supuesto que le doy mi receta —responde mi madre—. Son secretos de la abuela para que queden tan ricos.
Terminamos de tomar onces y Anna me dice:
—Aggy, iremos al hotel. Me llevaré el auto. Cualquier cosa me llamas.
—Tranquila, ve. Yo estaré bien.
Nos vamos a dormir con Azzael. El día ha sido muy movido y mañana tenemos más cosas que hacer.
Despierto, como era de esperarse, y Azzael no está a mi lado. Cada vez que venimos a mi casa, mi madre me lo roba. Me pongo mi bata y salgo. Veo a mi madre sentada junto al fuego, y le pregunto por Azzael. Ella mira hacia el granero y allí veo que viene mi amor, cargado de leña, sonriendo, tan perfecto como siempre.
—Hola, amor —me besa—. Buenos días. ¿Quieres desayuno? Yo fui a buscar leña para Amelia.
—Mi yerno siempre tan atento —dice mi madre—. Aún me queda leña de la que cortó la vez pasada que vinieron.
—Amelia, vi que llegó más leña, así que dejaré cortado un poco más. Supongo que necesitará mucha para el día de nuestro matrimonio, porque veo a mi suegro desde temprano en su camioneta nueva terminando las compras.
—Sí, mi amor, anda feliz comprando ternera, cerdo, pollo. Dice que será un asado gigante, donde no faltará ni comida ni bebida. Todo para celebrar a su pequeña que se compromete.
Sonrío.
—Mi papi... Qué bueno que al fin compró su camioneta. La antigua no le servía para nada. Ya mañana es el gran día. Estoy nerviosa.
—En un rato llegará Anna con Muriel —dice mi madre—. Iremos a cortar los troncos que necesita para el arco, y tú tendrás que ir con Anna a buscar las flores. Dice que ya las eligió y las dejó pagadas.
—Ay, Anna... Parece que la que se va a casar es ella —digo riendo.
—Me alegro, hija, que tengas buenas amigas. Esa muchacha se nota que te quiere mucho.
—¡Holaaaa! ¿Cómo están? Hermana, quiero ver el vestido, ¡muéstramelo, por favor!
—A la tarde, Mily. Lo verás. Pero te puedo adelantar que es hermoso.
—¡Ay, no puedo esperar! Estoy tan nerviosa... Hermana, necesito que me acompañes a comprar un vestido bonito para mañana, porfi.
—Sí, no hay problema. Anna está por llegar y debemos ir por las flores, pero podemos pasar por un vestido para ti.
—Y por la peluquería. No creo que te cases con el pelo suelto. Debes verte hermosa.
Azzael me besa en la frente.
—Agatha es hermosa —dice—. Aunque tenga el pelo suelto, seguirá siendo hermosa siempre.
—Aawww, qué lindo mi cuñado. Pero igual debes peinarte —dice Mily, sonriendo.
Siento la bocina de mi auto. Es Anna con Muriel que llegan. Voy a cambiarme mientras ellos entran y toman desayuno. Mily corre a su pieza a cambiarse también.
Salgo y mi padre le pasa un hacha a Muriel y otra a Azzael.
—Bueno, hija, me llevo a estos dos jóvenes. Iremos a cortar los árboles que pidió tu amiga.
Azzael se acerca, me toma de la cintura y me besa.
—Nos vemos más rato. Cuídate. Te amo.
Muriel hace lo mismo con Anna, dejándola sin aliento. Mi madre se para, mano en cintura, mirando a mi padre fijamente. Él sonríe y se acerca, dándole un beso suave.
—¡Ah! Pensé que me dejarías sin mi beso, viendo cómo mis niños regalonean a sus novias y mi esposo no podía ser menos —bromea mi madre.
Todos nos reímos con sus ocurrencias.
Llegamos al centro. Anna prácticamente había comprado toda la tienda. Recogí mi ramo, hecho de rosas rojas y dos rosas blancas, símbolo de cuando nos conocimos con Azzael. Solo nosotros entendemos esa referencia. Anna y Mily lo aman.
Ya con todo cargado en el auto, vamos a buscar un vestido para Mily. Entramos de tienda en tienda, y nada le gusta, hasta que vemos el perfecto en una tienda pequeña.
—¡Hermana, lo amé, porfi! ¡Compremos este!
Asiento y entramos. Mily está rogando que tengan de su talla. Es hermoso: color rojo, apretado arriba, gasa suelta hacia abajo, dejando ver su pierna casi completa. Se lo prueba y le queda perfecto.
—¡Aaahhh, es hermoso, hermana! ¡Y me queda! —dice emocionada.
Anna sonríe y le pasa un par de zapatos que hacen juego y una cartera.
—Listo. Estás perfecta, Mily. Te ves hermosa.
—Gracias.
La señora de la tienda agrega:
—Pero a la señorita le falta un detalle...
Saca un collar de brillantes (de fantasía) y se lo pone en el cuello.
—Listo, ahora sí.
Pagamos y nos vamos. Mily me lleva a una peluquería que conoce y hacemos el trato con el peluquero para que nos vaya a maquillar y peinar mañana en mi casa. Le pagamos todo el día, y acepta feliz.
—Lo que sea por mi pequeña clienta estrella —le dice a Mily.
—¿Se conocen? —pregunto.
—¡Por supuesto! —responde el peluquero—. Mi pequeño torbellino es amiga de mi hermana. Gracias a ella, mi peluquería es famosa.
Salimos de la peluquería rumbo a almorzar donde mi madre.
—Mily, Anna... nos falta el pastel.
—Tranquila, hermana —dice Anna—. Mi madre lo tiene listo. Mañana lo irán a dejar temprano.
—¡Uufff, qué alivio!
Llegamos a casa. Mi padre viene llegando también con la camioneta llena de troncos. Muriel sentado a su lado y Azzael en la parte de atrás, afirmando los troncos.
—Estos jóvenes me tienen impresionado, hija —dice mi padre.
—¿Por qué, papi?
—No me di cuenta cuando ya tenían cortados todos los troncos y sobre la camioneta. Sin duda, son muy fuertes.
Anna y yo sonreímos.
—Así es. Nuestros hombres son muy fuertes, papi.
Azzael me sonríe y me guiña un ojo.
Bajamos las cosas. Mi hermana se lleva todo a su habitación, mientras Muriel baja los troncos bajo la supervisión de Anna, y Azzael me ayuda a bajar las flores. Llevo mi ramo a mi pieza. Azzael sonríe.
—¿Rosas rojas y dos blancas? —levanta una ceja, divertido.
—No podía ser de otra forma, ¿no crees?
Le doy un beso suave en sus labios.
Terminamos de arreglar todo y mi madre nos llama a comer. Hizo su especialidad: lasaña.
Terminamos de almorzar y seguimos con los preparativos. Ya trajeron las bancas de la iglesia, y Muriel y Azzael no demoraron nada en acomodarlas. Todo se ve hermoso. Anna está terminando de arreglar el altar: le quedó precioso.
Anna y Muriel se van a su hotel. Mi madre les pasa una fuente con lasaña para que cenen. Muriel lo agradece; es otro fan de la comida de mi madre.
Estamos tan cansados que caemos rendidos a dormir.