Desilusionada 🤦‍♂️
Aitiana.
—Eres una aburrida, ya me hartaste— GritĂł Marcos a un metro de mi rostro. Esta mañana habĂa venido muy contento, querĂa lo atendiera y sobre todo acostarse conmigo, sin embargo yo no está lista aĂşn.
—¡¿Estás loco que te sucede?!— Replique cansada, él me sujetó del brazo con fuerzas, luego me empujó contra la pared.
ApretĂ© los puños intentando contener el torbellino de emociones que Marcos acababa de desatar en mĂ. ÂżCĂłmo era posible que tuviera la desfachatez de pararse frente a mĂ y decirme esas cosas? Un años de relaciĂłn, un años de intentarlo todo para complacerlo, y ahora me venĂa con esto.
—Estoy harto, Aitiana —vociferó él, cruzándose de brazos como si tuviera algún derecho a estar molesto—. Siempre con lo mismo: "Soy virgen, no puedo perder mi virginidad". ¿Para qué iba a seguir esperando? Llevo más del año siendo tu novio, solo de besitos y abrazos. Ni siquiera me dejas tocarte. ¡Estás loca si crees que te seguiré esperando!
Sus palabras eran dagas que atravesaban mi pecho. Sentà las lágrimas acumularse en mis ojos, pero no iba a darle el gusto de verme llorar.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté, mi voz temblorosa, más de rabia que de dolor.
—Incluso Lourdes es mejor que tĂş —soltĂł con una sonrisa cĂnica.
La incredulidad me golpeĂł como una ola frĂa. Lourdes. Mi compañera de cuarto, mi "amiga".
—¿A qué te refieres? ¿Qué estoy escuchando, Marcos?
—Estoy cansado —dijo, alzando la voz—. Siempre es lo mismo contigo: del trabajo a la casa, siempre preocupada por tu hermana. DĂ©jala descansar, Aitiana. Eres una mujer insĂpida, y ya no quiero seguir pendiente de ti.
Fue demasiado. Todo lo que habĂa guardado, todo lo que me habĂa tragado durante estos años, explotĂł de golpe.
—Entonces lárgate de mi vida de una vez.
Él sonrió con esa burla que tanto odiaba.
—SĂ, me voy a largar. Aunque, ÂżcĂłmo puedes vivir con Lourdes despuĂ©s de que me acostĂ© con ella?
La bomba estallĂł, y mi cuerpo temblĂł de la furia contenida. Lourdes saliĂł de su habitaciĂłn justo en ese momento, como si hubiera estado esperando su gran entrada.
—Lo siento mucho, Aitiana, pero tu novio buscó lo que tú nunca le diste —comentó, con una sonrisa petulante que me hizo hervir la sangre.
ApretĂ© los puños, imaginando por un momento cĂłmo serĂa arrancarle ese cabello perfectamente alisado.
—Eres una zorra —le dije, mi voz gélida—. Una zorra y una traidora.
Lourdes no se inmutĂł.
—Creo que es hora de que te vayas. Marcos y yo necesitamos el lugar para nosotros.
—No te preocupes —respondà con todo el desprecio que pude reunir—. Me iré en cuanto encuentre un lugar para quedarme.
Ella se encogiĂł de hombros.
—Perfecto. Mientras tanto, no te sorprendas si escuchas ruidos por la noche.
No respondĂ. No iba a rebajarme más. EntrĂ© a mi habitaciĂłn y vi a mi hermanita, que descansaba en la cama. Al verme, intentĂł levantarse.
—No te preocupes, cariño —dije, arrodillándome a su lado y acariciando su cabello—. Todo estará bien.
—¿Por qué estabas discutiendo? —preguntó con su vocecita débil.
Le sonreĂ, ocultando mi tormenta interna, y le di un beso en la frente.
—No importa, mi amor. Ahora ponte tus zapatitos. Vamos a empacar.
Mi hermanita asintiĂł, obediente, mientras yo comenzaba a guardar nuestras pocas pertenencias en una maleta vieja. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas, pero me las limpiaba rápido, sin dejar que ella las viera. No merecĂa cargar con mis problemas, bastante tenĂa con los suyos.
Cuando terminĂ© de empacar, salimos del cuarto. De reojo vi a Lourdes y a Marcos besándose en el sofá, como si nada. DejĂ© las llaves en la mesa sin mirarlos. Mi dignidad no iba a morir ahĂ.
BajĂ© las escaleras con mi hermana a mi lado, cargando las maletas como pude. Cuando llegamos al pie del edificio, pedĂ un taxi. Mientras esperábamos, volvĂ a subir las escaleras para cargar a mi hermanita. Su cuerpo era frágil y liviano, pero cada paso se sentĂa como una losa en mi alma.
Ella tenĂa nueve años, pero su enfermedad la hacĂa parecer más pequeña, más vulnerable. Problemas renales, habĂan dicho los mĂ©dicos, pero yo no tenĂa el dinero para seguir con el tratamiento. HabĂa hecho lo que podĂa, trabajando sin descanso, pero siempre era insuficiente.
El taxi llegĂł, y di la direcciĂłn del Ăşnico lugar al que podĂa recurrir: una pequeña vivienda en alquiler donde habĂamos vivido hace un año. Mientras el taxi arrancaba, marquĂ© el nĂşmero de la señora Catalina, la dueña de la vivienda.
—Aitiana, hace tiempo que no sé de ti —respondió con voz firme—. ¿Qué necesitas?
—¿Está disponible el cuarto donde vivĂamos mi hermana y yo? —preguntĂ©, apretando los puños.
—Está disponible, pero ahora cuesta el doble.
CerrĂ© los ojos con fuerza, sintiendo que el mundo se cerraba sobre mĂ.
—Está bien. Llegaré en quince minutos.
—Perfecto —respondió, sin rastro de compasión en su voz.
Colgué y me hundà en el asiento del taxi, mirando a mi hermanita. Ella me sonrió, ajena a todo lo que pasaba.
"Todo estará bien", me repetĂ a mĂ misma. Pero por dentro sentĂa que el mundo se desmoronaba. No podĂa quedarme ahĂ. No podĂa dejar que Marcos y Lourdes me quitaran la poca dignidad que me quedaba.
***
Cuando llegamos a la vivienda, solté un suspiro profundo y bajé las maletas del taxi luego le pague la tarifa. Dejé las maletas a un lado y cargué a mi hermanita en mis brazos hasta entrar a la casa. La señora Catalina nos recibió en la puerta con una expresión severa. Me extendió la llave y, sin más preámbulos, comentó:
—No la limpié. Creo que hay una escoba por ahà y algo de detergente.
—Gracias, Catalina.
—Bienvenida. Espero que me des el pago completo porque no voy a aceptar pagos en partes —añadió con firmeza.
—No se preocupe —respondĂ, intentando sonar más segura de lo que me sentĂa.
Subimos con dificultad, y le pedĂ a mi hermanita que esperara en el pasillo mientras bajaba a buscar la otra maleta. Finalmente abrĂ la puerta de la habitaciĂłn que habĂamos alquilado. Un estornudo me sorprendiĂł apenas entrĂ©; el lugar estaba cubierto de polvo y lleno de suciedad. No tenĂa más opciĂłn. Esto o nada.
DejĂ© las maletas a un lado, resignada a limpiar más tarde, cuando mi telĂ©fono empezĂł a sonar de forma estridente. Al mirar la pantalla, apretĂ© los dientes al reconocer el nĂşmero. Era mi jefe, el señor Devereaux. RespondĂ con el corazĂłn acelerado, temiendo lo que vendrĂa.
—Señor Devereaux, discúlpeme... —comencé, pero me interrumpió con su tono áspero.
—¿¡Qué pasó esta vez, señorita Aitiana? La estoy esperando. La reunión está a punto de comenzar. Son más de las nueve de la mañana. ¿Otra vez piensa faltar al trabajo!? —gritó furioso.
—Señor, lo siento mucho. Me pasó algo horrible y...
—¿Y de nuevo es por tu hermana? —me interrumpió, su irritación evidente.
—SĂ, señor. Por favor, le pido el dĂa libre. Le prometo recompensarlo. HarĂ© lo que usted me pida.
—Siempre es lo mismo contigo. ¡Tres tardanzas! Tres dĂas que no vienes al trabajo. Esta es la Ăşltima vez que tolero esto. Mañana hablaremos y pondremos las cosas claras. Si no cambias, será tu Ăşltima oportunidad. Buen dĂa —sentenciĂł antes de colgar.
Me quedĂ© allĂ, sosteniendo el telĂ©fono con la mano temblorosa. Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas sin que pudiera evitarlo. ÂżQuĂ© harĂa si perdĂa mi empleo? Sin trabajo, no tendrĂa forma de mantenernos.
—Hermana Aiti ¿estás bien? —preguntó con su vocecita débil.
—SĂ, mi amor. No te preocupes.
—Tengo mucha hambre — mencionó ella con dulzura.
—Está bien, mi vida. Solo déjame organizar esto y enseguida te consigo algo de comer.
MirĂ© alrededor, sintiendo la presiĂłn de todo lo que estaba pasando. Con el poco dinero que me quedaba, tendrĂa que buscar cĂłmo llenar la despensa. Maldije en voz baja, ahogándome en la desesperaciĂłn.
ÂżPor quĂ© la vida tenĂa que ser tan dura? Nuestra madre nos habĂa abandonado por un hombre, dejándonos a nuestra suerte. Y desde entonces, parecĂa que la vida no hacĂa más que castigarnos, como si hubiĂ©ramos hecho algo terrible sin saber quĂ©.
RespirĂ© hondo, limpiándome las lágrimas. No podĂa rendirme. Mi hermana dependĂa de mĂ, y por ella harĂa lo que fuera necesario.