Vivi le dio un gran bocado a su torta y gimió por lo buena que estaba. Una cosa del embarazo: la mayoría de las cosas sabían fatal, pero las que sabían bien, sabían muy bien. Frente a ella estaba sentada su mejor amiga, Celeste, aunque el título de “mejor amiga” de Vivi probablemente lo compartían por igual Celeste y Louis.
Sonrió a su amiga, que le devolvió la sonrisa. Celeste era una chica alta, el pelo n***o, al que gastaba una pequeña fortuna alisándolo cada mes.
—¿De verdad no te importa?—, volvió a preguntar Celeste mientras daba un gran bocado a su sándwich de carne. Estaban sentadas en su restaurante favorito, almorzando. Era acogedor y cómodo, con aroma a café y comida frita, cálido y animado con los sonidos de los demás clientes.
Vivi asintió.
—Totalmente cómoda y de acuerdo con eso—, respondió con firmeza. Comió otro bocado de la deliciosa torta. —Quiero decir, para cuando me gradúe y tenga que contarle la verdad a la abuela, ya habrá nacido, ella lo querrá tanto como yo y no querrá matarme, ¿verdad?
—Sabes, tal vez me creería todo eso de “realmente quiero a este niño” que me estás vendiendo si no siguieras llamándolo “eso”—, respondió Celeste secamente.
—Bueno, aún no sé el sexo, Celeste, ¿qué se supone que debo hacer, decir él o ella cada vez que me refiero a él? ¿Él o ella?—, preguntó Vivi, de forma bastante razonable, pensó ella.
—Al menos podrías decir “el bebé”, ¿qué te parece?—, sugirió Celeste. —¿O “paquete de alegría”?—, sonrió.
Vivi fingió que iba a lanzar agua con la pajita a través de la mesa, apuntando a la cara de Celeste.
—Idiota—, dijo afectuosamente.
—Blanca horrible—, respondió su amiga.
—¿Por qué tienes que meter la r**a en esto?—, preguntó Vivi.
—Porque ustedes las blanquitas se creen lo último de este mundo—. Ella negó con la cabeza.
Se rieron juntas mientras devoraban la comida.
—¿Y cómo es él? ¿Matteo?—, preguntó Celeste con curiosidad. —Quiero decir, debe de ser bastante interesante, un tipo muy espontáneo, si aceptó hacer esta locura tan rápido.
—Bueno, es súper guapo y lo sabe. Pelo castaño, mandíbula larga y soñadora, muy marcada, ¿sabes? Y ojos verdes—. Vivi pensó un poco más. —Es alto, ¿quizás tan alto como tú? ¿Un metro ochenta, quizás un poco más? Hombros bonitos, fantásticos, en realidad, y un cul0 muy bonito—, concluyó, alcanzando su agua.
—Te he preguntado cómo era, no cómo era—, respondió Celeste, exasperada. —¿Vas a ser tan superficial toda tu vida?
—Oye, tú también te fijas en esas cosas, amiga—, replicó Vivi. —No te hagas la superior. No te veo describiendo a los chicos hablando de su personalidad y esas cosas.
—Oh… ¿viste la honestidad y el sentido del humor de ese chico?—, continuó, imitando la voz de Celeste.—Y su sentido de la ética es increíble, ¿no crees?
Celeste puso los ojos en blanco.
—En primer lugar, yo no hablo así—, dijo.
—Da igual. Hay una razón por la que nos referimos a tu última conquista como “la máquina musculosa”—, concluyó Vivi. —A día de hoy sigo sin saber cómo se llamaba.
—Sabes, yo tampoco—, dijo Celeste, pensativa. —Pero estaba claro que era bueno en la cama—, añadió con cariño.
—De todos modos, estoy segura de que es un chico estupendo. Es amigo de Louis y fue muy amable y respetuoso con la abuela—, dijo Vivi, apartando su plato vacío.
—¿Y te vas a mudar a la azotea?—, preguntó Celeste. —¿Al dormitorio único? ¿Cómo va a funcionar eso?
Vivi se encogió de hombros.
—Seguro que se nos ocurrirá algo. Tendremos un sofá, quizá podamos turnarnos o algo así.
—Turnarnos—, repitió su amiga con escepticismo. —O algo así. Ajá—. Ella negó con la cabeza, lo que Vivi vio, pero decidió ignorar.
Se levantaron y comenzaron a recoger sus cosas, y mientras lo hacían, un joven de unos veinticinco años miró a Celeste de arriba abajo y le preguntó:
—Eres alta y delgada, ¿verdad?—. Su mirada se detuvo en su trasero. Era guapo, pero su actitud era arrogante, casi repulsiva.
Celeste, que había oído todas las frases para ligar del libro, puso los ojos en blanco a Vivi antes de volverse hacia el chico.
—Mido metro ochenta y puedo levantar cincuenta kilos. Y no juego al baloncesto, así que no me preguntes—. Miró al chico de arriba abajo. —Definitivamente estoy por encima de tu nivel, amigo, así que ni lo intentes, ¿vale?
Las dos chicas se dieron la vuelta sin decir nada más y se dirigieron a la caja para pagar, arriesgándose a reírse una vez fuera, en la acera.
—Deberías ser más amable con los chicos, —, la reprendió Vivi, aunque siguió riéndose.
—Por favor, ni siquiera puedo contar las veces que has rechazado a un chico, a veces antes incluso de que terminara su frase—, respondió Celeste, señalando con la mano al chico engreído y repugnante. —Vamos, amiga, vamos a ver muebles de segunda mano para tu nuevo apartamento—. Enganchó su brazo al de Vivi y se dirigió hacia una tienda, que estaba a dos manzanas. —Vas a necesitar una bonita y grande cama matrimonial, ¿verdad?
—Cállate—, respondió Vivi, incapaz de contener la risa. —¡Lo único que sé con certeza es que definitivamente no vamos a compartir cama!
Las dos chicas bajaron por la acera entre las hojas que caían, riendo, disfrutando del día y llamando la atención a su paso.