El embarazo te sienta bien

1402 Words
Vivi oyó que se corría la cortina del baño. Teo debía de haber terminado su baño antes de acostarse. Unos instantes después, entró en la sala de estar vestido solo con unos pantalones cortos de chándal. Vaya. Tenía el pelo mojado y le llegaba hasta los hombros, y los mechones parecían más oscuros que cuando estaba seco. Una medalla muy pequeña colgaba de una cadena entre sus clavículas, atrayendo la mirada hacia su pecho muy tonificado. Sus abdominales marcados descendían por su pecho hasta encontrarse con una línea en V muy definida, que enmarcaba el comienzo de un vello oscuro y rizado que desaparecía en la parte delantera de su pantalón. De los pantalones cortos deshilachados emergían unas piernas largas, piernas que parecían propias de un ciclista o algo así. Vivi volvió a fijar la mirada en el libro que estaba leyendo. Se movió disimuladamente en el sillón, tratando de ignorar la sensación de vacío en el estómago y el calor que florecía entre sus piernas. Probablemente solo fuera el bebé, de todos modos. Definitivamente no tenía nada que ver con la visión que había aparecido ante ella, el chico guapo con los ojos increíbles y la boca preciosa. Sí. Sin duda era el bebé. Era de noche, su primera noche en su nuevo apartamento. Habían avanzado mucho desempaquetando y el lugar empezaba a parecer habitable. Todos los libros habían sido desempaquetados, añadiendo color a la pared del fondo, y la cocina también estaba medio organizada. Habían hecho la cama juntos y decidieron dar por terminado el día. Teo era estudiante de música y tenía mucho equipo, además de una guitarra, para los que tenían que encontrar espacio. Por ahora, parecía que un estudio de grabación hubiera explotado en su salón. La mayoría de los libros eran de Vivi, ya que ella era estudiante de inglés. —¿Quieres un poco de té?—, preguntó Teo desde la cocina. —Oh, qué bien—, respondió Vivi, tratando de no mirar entre los armarios y la encimera para verlo, sin camisa, mientras se movía por la cocina. Teo puso la tetera a hervir y se unió a Vivi en la sala de estar. Ella llevaba su pijama más viejo y raído, ropa cómoda, en realidad. Él podía ver su figura mucho más claramente de lo que ella probablemente se daba cuenta; el suave algodón rosa se amoldaba dulcemente al costado de su pecho a la luz de la lámpara, y el material de la parte inferior se tensaba contra su cadera. Unas pantuflas peludas completaban el conjunto, y verlas hizo sonreír a Teo. —¿Qué?—, preguntó ella, sonriéndole por encima del libro. El brillo de la bombilla incandescente de la lámpara hacía que su cabello pareciera un halo. Él negó con la cabeza. —Nada. El embarazo te sienta bien, ¿sabes? —¿De verdad?—, respondió ella con una risa. — Para ser sincera, sobre todo me siento mal y hinchada. Me alegro de que no se note. La tetera silbó y él se levantó del sofá, volviendo un par de minutos más tarde con dos tazas. —Té n***o para ti, ¿verdad?—, preguntó mientras dejaba una de las tazas junto a ella. —Sí, gracias—, dijo ella, disfrutando de la fragancia que desprendía el vapor. ¿Cómo lo había sabido? Se sentó de nuevo frente a ella, abrió un cuaderno y cogió un bolígrafo. Se quedaron sentados en un silencio agradable durante casi una hora, hasta que los ojos de Vivi comenzaron a cerrarse y su postura se relajó. —Tienes sueño—, dijo Teo inmediatamente. —Quizás deberíamos irnos a la cama, ¿no?—. Dejó a un lado el cuaderno, se levantó y recogió las tazas para llevarlas a la cocina. Vivi asintió y se levantó, haciendo un gesto de dolor al estirarse. Los ojos de Teo se posaron una vez más en su cintura cuando la parte superior de su pijama se subió un poco, dejando al descubierto ese delicioso trozo de piel suave entre ella y la cintura de sus pantalones. Levantó la mirada hacia su pecho, donde sus redondos pechos, con los pezones claramente visibles, se presionaban contra la tela casi transparente de su camiseta. Parpadeó rápidamente y apartó la mirada, esperando que ella no se hubiera dado cuenta de su mirada errante. Tendría que controlar eso si iban a pasar tanto tiempo tan cerca. Ella había dejado muy claro que no estaba interesada en él de esa manera. Vivi se tapó la boca con el puño al bostezar, pareciendo tan pequeña que Teo tuvo que ocultar otra sonrisa. Ella caminó delante de él por el pasillo y se metió en el baño. Él continuó hasta el dormitorio, donde dos edredones delimitaban la propiedad separada de los dos lados de la cama. Apagó la luz del techo y encendió la pequeña lámpara de noche de su lado. Se metió en la cama y se cubrió la parte inferior del cuerpo. Ella entró, con un ligero olor a pasta de dientes, y rápidamente se metió en su lado, sintiéndose claramente incómoda. —¿No te he preguntado si te parece bien que duerma así?—, preguntó Teo, señalando que estaba sin camiseta. —Estoy acostumbrado a dormir con muy poca ropa. Hace mucho calor donde crecí—, continuó a modo de explicación. —No, no pasa nada—, dijo Vivi, cubriéndose con más recato con su edredón. Era la primera vez que recordaba estar en una cama con un hombre sin que el objetivo principal fuera tener sex0, y se sentía extraña. No dejaba de querer acercarse a él, tocarlo. Y, a pesar de la ducha, seguía oliendo de maravilla. ¿Qué rayos? Nadie debería oler tan bien solo para dormir. —¿De qué parte de Italia eres?—, preguntó, en parte para distraerse, en parte porque escuchar su voz, con acento italiano, en la oscuridad, era muy agradable, sexy y relajante a partes iguales. —Soy de la Toscana, en la costa oeste, al norte de Roma—, respondió él. —Mi familia tiene un pequeño viñedo. Solo unas pocas hectáreas. Ha pertenecido a la familia durante mucho tiempo y, como único hijo varón, mi padre esperaba que yo lo continuara. No se alegró mucho cuando me aceptaron en la universidad con una beca de música, precisamente. Pasé la mayor parte de mi vida trabajando en los viñedos. —Ah. ¿Por eso estás tan musculoso?—, preguntó Vivi sin pensar. Se imaginó a Teo, sin camisa, por supuesto, bajo el sol italiano, con cestas de uvas colgadas de sus anchos hombros. Probablemente se equivocaba, seguramente ahora tenían máquinas para hacer todo eso. Teo soltó una risa, suave y tranquila en la oscuridad de su dormitorio. —¿Musculoso? Supongo que sí. Quiero decir, hay mucho trabajo manual en la gestión de una bodega, especialmente en la nuestra, que no es tan moderna como otras. —También me gusta nadar para hacer ejercicio, así que quizá eso también haya contribuido a mi complexión—, continuó, y Vivi pudo oír la sonrisa en su voz. J0der. ¿De verdad había dicho eso en voz alta? Rápido, cambia de tema. —¿Te sientes mal por dejar el negocio familiar? Lo miró negar con la cabeza. —No, la verdad es que no. Tengo cuatro hermanas, y dos de ellas se casaron con hermanos, capataces de nuestra bodega. Viven para las uvas y el vino, es su vida. La bodega está en buenas manos. —Suena bien—, comentó Vivi en voz baja, y Teo pudo imaginar sus labios formando las palabras. Se giró hacia un lado para poder verla mejor. Ella parecía monocromática a la luz que brillaba a través de las ventanas, con el pelo apagado por el momento. Tenía las manos pegadas al pecho, las rodillas ligeramente flexionadas y los ojos ya cerrados. —Sí, es bonito—, respondió él, con la misma suavidad. Extendió la mano para apartarle un rizo de la nariz, que se le había caído al girarse de lado. Ella ya respiraba profundamente, con la respiración uniforme del sueño, y Teo la observó durante un rato antes de darse la vuelta con determinación para mirar al techo. Al final, cerró los ojos y también se quedó dormido.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD