Pero unos días antes de reconciliarme, me tropecé con Diana, una amiga de la juventud, que nos conocía bien a los dos. Me preguntó por Guillermo y al ver mi expresión de desolación me invitó a café. Me animé a ir a su casa. Hacía algunos años que no nos veíamos y me sorprendió lo mucho que había cambiado.
Efectivamente, tenía un apartamento con salón, cocina y dormitorio. Muy funcional, amoblado eclécticamente. Me desahogué contándole todo. No debía hacerlo, pues todos sospechábamos desde hacía tiempo que a Diana le gustaban las chicas, al analizar algunos de los adornos de su piso, se podía asegurar. Al desahogarme, aquella tarde le mostré un punto débil que usaría para atacarme, pues Diana no dejaba escapar una.
Me lanzó un par de indirectas que fingí no escuchar o no saber interpretar, pero en un momento de mi estancia, Diana me dio un beso en la cara mientras se me derramaban las lágrimas contándole mi historia, unos minutos más tardes me quiso besar en la boca, pero la rechacé con gestos, apartando la cara e interponiendo los brazos entre ella y yo. No me acosó demasiado, pero yo me esforcé en precipitar el final de la cita. Luego me llamaba y me llamaba, yo daba instrucciones a mis padres para que les dijera que estaba fuera y cuando por fin conseguía hablar conmigo estaba seca aunque educada y le dabas largas.
Pasaron unos meses en armonía entre mi marido y yo hasta que se planteó el tema de las vacaciones… Guillermo decidió que iríamos a Benidorm. Alquilaríamos un piso. Al final encontramos el piso en Torrevieja. No me importaba ir a un sitio, pero fue como un jarro de agua fría cuando me dijo que se había encontrado a Diana y que le había planteado la idea de que se pasaran un par de semanas con ellos.
— Así compartiremos. — Me intentó justificar Guillermo. Yo no quería contarle de ninguna forma que Diana me había “tirado los tejos”. — Pero es que… Ibamos a estar solos los dos. —
— No importa, no será una carga por que vendrá con una amiga, una chica muy simpática… ya verás que bien te cae y como lo vamos a pasar. — Vaya con la idea de Guillermo, como siempre y pensé que a Diana, al tener una amiga, se le habría bajado la fiebre que le dio conmigo.
El día de las vacaciones llegó y tras estar preparando las maletas un par de días antes, las cerramos y nos montamos en el coche. Íbamos a estar un par de semanas. La Costa estaba de bote en bote y la verdad es que disfruté mucho los primeros días. Lucía un bikini n***o provocativo que enseñaba mi tipo a los tíos que no paraban de mirar. Guillermo estaba más ardiente que nunca, aunque no podía dejar de mirar a las mujeres que hacían top less. Pero por lo menos me miraba bastante a mí también. Pero al cuarto día, tocaron al timbre. Me extrañó mucho. Pregunté — ¿Quién es? —
— Diana. — ¡Ya estaba aquí esta petarda . Abrí la puerta para con toda la hipocresía capaz de juntar darle un abrazo y decir: — ¡Hombre! ¡Hola! —
Diana era una chica castaña de ojos marrones claros almendrados, tan alta como yo. Se cuidaba bastante, vamos, que hacía deporte, se echaba potingues en la cara, y eso le hacía tener muy buen tipo, aunque tal vez algo musculosa. Estaba muy morena, más que yo, a pesar de los tres días de playa que llevaba. Ursula era una chica rubia bajita, de ojos azules. Venían las dos vestidas con unos vaqueros cortados, deshilachados y una camisetitas de tirantes remangadas a la cintura que dejaban asomar sus ombligos, Ursula llevaba un piercing en el suyo. Este atiendo dejaba adivinar unos pechos prominentes en la rubia y unos pechos más pequeños en Diana.
Las piernas de las dos chicas aparecían depiladas. Las de Diana eran unas piernas que no podían disimular la dureza del deporte, peor las de Ursula eran tiernas y de muslos redondos. El interior de sus muslos aparecían dulces. Las caderas de las dos chicas eran anchas en comparación con su estrecha cintura que asomaba por los bordes del vaquero atado con una correa desgastada. Diana me saludó con una expresión picarona y me presentó a Ursula. Pude oler la crema hidratante que embarduñaba sus caras y al chocar nuestro carrillos para saludarnos, nos quedamos ligeramente pegados. Guillermo salió y no pudo disimular su nerviosismo por saludar a las dos chicas. Las chicas se metieron en su habitación y salieron con lo que iba a ser su atuendo de vestir principal durante toda su estancia vacacional: un bikini super provocativo, que dejaba casi al aire sus cachetes y era de esos subidos, que llegan hasta más arriba de las caderas, provocando unos muslos y unas piernas más estilizadas. El sostén era minúsculo. Me sentí un poco “anticuada”, al pensar en mi bikini, una prenda tradicional, bastante más discreta que las de nuestras amigas.
Desde primera hora, Ursula no dejaba de mirar a Guillermo. Lo provocaba con miradas picaronas. Se hacía la tonta pero yo me daba cuenta de sus deseos de llamar su atención. Y mi marido era carne de cañón, pues también me daba cuenta de que al muy c*****o se le caía la babita con ella. No apartaba la mirada del culo que aparecía a ambos lados de la tela del bikini.