Las semanas transcurrieron sin ella dirigirle la palabra a Joel más de lo necesario. No le importaba las miradas desesperadas el que le lanzaba, le valía un penique lo que él pensara, ya no le importaba para nada el deseo permanente que le embargaba cuando lo tenía cerca. Sus besos habían hecho mella en ella, pero se obligó a pasarlo por alto. Hasta que esa mañana él se acercó después de clases. Ella se había limitado a solo responder en caso de que el, en la clase de matemáticas, le preguntara a ella con nombre y apellido, de lo contrario, hacia los trabajos y los entregaba puntual. Su idea de un romance con Joel se había ido al cubo de la basura y ella lo había superado. Al menos eso se decía cuando cruzaba al otro lado del pasillo o la calle si lo veía. Ella debía agradecer al destin

