capítulo 26

1376 Words
Silvia sintió que la habitación daba vueltas a su alrededor. A través de un torbellino de ideas, no dejaba de pensar en su pasado en su vida en la selva. Estaba exhausta, más cansada de lo que creía, pues la tensión de estar pensando toda la noche en el viaje que haría a la selva, le había agotado por completo. Continuó de pie en el centro de la habitación durante largo tiempo, insegura de qué hacer a continuación, sintiéndose suspendida entre realidades. Luego, tras haberse calmado e intentado poner en orden sus pensamientos, Silvia percibió que le invadía una gran depresión. Comenzó en la boca de su estómago, una sensación desagradable de vacío, de soledad que recorría por todo su cuerpo y le abrumaba en un tristeza y depresión. De pronto, todo lo que quería hacer era dormir. Quería ir a gatas hasta un agujero n***o y dormir allí una noche eterna. Acto seguido, sin desnudarse siquiera, cayó sobre su cama y se sumió de inmediato en la inconsciencia. El último sueño fue el más inquietante. El primero fue la mezcla de personajes y la vorágine de acontecimientos habituales. de Perla, de su tío Ben y el profesor Robert. Había pasado de una deformada secuencia a otra, moviéndose a través de un mundo de caras confusas y voces sofocadas. Pero, al final, cerca del momento de emerger a la conciencia, Silvia experimentó un sueño terriblemente vívido y terrorífico. Andaba buscando a sus padres en la selva, algo que nunca había vivido. No veía luces, ni ninguna señal distintiva que le indicara dónde se encontraba. No era tanto el miedo a las imágenes como el glacial temor que atenazaba su mente, la increíble enormidad de estar sola, en una oscuridad frías y oscuras. De repente, había alguien a su lado. Una bella mujer de largo cabello negro y ojos verdes. No se sobresaltó por su inesperada aparición. Caminaron en silencio cierta distancia hasta que Silvia se oyó a sí mismas preguntar: — Quiero a mis papás. — Ya estás a salvo conmigo. — ¿Dónde estamos? — En mi hogar, más allá de esa puerta, hay otro mundo diferente. Contestó aquella mujer hermosa. — Papá, Mamá estás aqui. — Si pero no van a poder estar contigo. — ¿Por qué? — No te preocupes yo te sacaré se aqui. Entonces, de un modo inesperado, la mujer se rió. Tenía la risa fuerte y penetrante, La mujer exclamó: — ¡Silvia, tú tienes que salir de aquí! — Pero quiero a mis papas. — Pues claro que algún día los veras. — Cuando los veré. — Para ello pasará mucho tiempo. — Cuánto tiempo. — Deja ser curiosa, mira lo que te ha pasado hasta ahora. El miedo de Silvia aumentó. La mujer que había a su lado la iba ayudar a salir de allí. — ¿Cómo te llamas? Le preguntó Silvia con la garganta seca. — Yuri. Respondió entre carcajadas. — ¡No! Gritó Silvia. — No quiero irme y dejar a mis papás. — Vamos nena ya lo hecho está. — Quiero a mis papas no los quiero dejar. — Vamos ya es hora. — Hora para que. — Para salir de aquí. Su risa resonó alrededor. Resonaba por todas partes, de todos lados, al mismo tiempo. La impresión de que le observaban aumentó hasta un grado enloquecedor. Todo a su alrededor era oscuridad, frío y desolación. Sin embargo, percibía unos ojos sobre ella. Silvia miró hacia la entrada. Estaba de pie, descalza, a la entrada del templo. La invadió una misteriosa sensación. Estaba afuera del templo y sin sus padres. La mujer había desaparecido. Silvia estaba ahora sola, de pie frente a la entrada del templo. Se sentía como si estuviera al borde de la desesperación. No se atrevía a mirar. Sabía lo que veía, y ello le aterrorizaba tan solo era una niña, y aún así tenía recuerdos vividos. De repente voltio al templo y vio a aquella mujer. — ¡Oh, Dios! Gritó, fuerte. Un abundante sudor cubría el cuerpo de Silvia, y la arrugada cobija estaba empapada. De tanto transpirar, había mojado hasta las sábanas de debajo. Los dientes le castañeteaban. Su cuerpo temblaba incontrolablemente. — ¡Oh, Dios; Dios mío!. Repetía una y otra vez. La habitación estaba oscura y fría. El aire era helado. En un instante encendió todas las luces. Con movimientos torpes, se quitó la ropa para sumergirse en una ducha caliente. Se metió bajo un intenso chorro. Arrugó la cara en una mueca mientras el agua le caía. Su único deseo era alejar la visión de la pesadilla de su mente. Acabada la ducha, se puso ropa limpia, se secó el pelo con una toalla y se dirigió a la cocina a tomar un poco de café caliente. Sin embargo, en ese momento Silvia se detuvo. No había escapatoria posible del recuerdo, de la imagen que casi le había asustado. Todo ese moverse y trabajar y las luces y el café no evitarían que la escena siguiera su camino. Porque ahora había salido a la luz. Durante años, Silvia logró empujarla a su subconsciente, ocultarla bajo capas y capas de vida. No se acordó durante veinte años, pero ahora pensaba en ello, la pesadilla la había desenterrado, y no había ya manera de huir. Silvia se cubrió la cara con las manos y un sollozo escapó de sus labios. Luego, lentamente, como acercándose desde muy lejos, escuchó la voz de su abuelo Tacubay. «Silvia es el momento, hoy debes saber la verdad. Ya eres un mujer. Es tu deber ser la hija que tus padres desearon, porque ellos murieron por protegerte. Nunca te he contado nada de tu origen y una leyenda, sólo que murieron allí adentro. Ahora debes saberlo.» Una lágrima cayó entre los dedos de Silvia mientras permanecía junto a la cafetera, reviviendo esa escena de veinte años atrás. Y experimentaba la misma pena, la misma angustia de entonces. Silvia añadió nata y azúcar y engulló dos tazas antes de reanimarse. La pesadilla había tenido un impacto increíble sobre ella. Ahora lo recordaba todo, como hacía veinte años, cuando sus padres murieron, Silvia había empezado a tener esas mismas pesadillas. Pero otra nuevas que la hacían despertar entre lágrimas y sudores muchas veces, e incluso, ocasionalmente, gritaba en sueños. No era tanto la muerte de sus padres lo que había convertido la infancia de Silvia en un horror, sino que habían otros sueños vividos que no eran se ella, eso la mortifica va. La última vez que había pensado en sus padres. Y la última vez que se sentó a charlar con su abuelo ella entonces tenía dieciocho años y fue la última vez que lloró. Silvia se inclinó a coger la taza del café. Le había dolido separarse de su abuelo, pues el había sido la única alegría de su adolescencia. Un amigo para ella que me enseñó todo sobre la selva, al que había querido y en el que había confiado y del que se había dependido. Cuando su tío Ben la saco se allí, a un mundo diferente. Pero, al mismo tiempo, Silvia comprendió que tenía que escapar del ambiente de su infancia y comenzar de cero en un nuevo entorno. Sabía que el la capital le esperaba algo diferente. Y mira lo que había logrado un trabajo de modelo, que la llenaba hasta que esos manuscritos llegaron a sus manos para cambiarle la vida. — Silvia te encuentras bien. — Oh Perla llegaste. — Vivo aquí contigo, que te ha pasado tienes una cara. — No es nada solo son cosas mías. — Desde que lleno esos documentos, no tienes paz ni tranquilidad. — Tu crees eso. — Calor que si amiga mírate estás horrible. — Bueno me tocará descansar. — Si es lo mejor amiga. — Gracias. — De nada Silvia, solo cuídate no dejes que todo esto te desequilibre, eres una mujer hermosa. — Por eso te quiero amiga. Las dos se abrazaron, y Silvia pensó en lo que le había dicho su amiga, no tenía que dejarse vencer por nada y nadie, era grande ya todo había pasado y ella necesitaba estar tranquila por todo lo que venía en camino, la revista, los manuscritos su pasado.
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