Capitulo 13

1547 Words
Pero sentía un martilleo en sus oídos, fuerte e irritante. Movió la cabeza de un lado para otro, y descubrió que le dolía terriblemente. El martilleo continuó un poco más, de pronto cesó y fue seguido por un tintineo. Silvia gimió. Se sentía fatal. Oyó a su tío llamarla, de pronto se escuchó el sonido de una puerta que se abría y se cerraba; unos suaves pasos sobre la alfombra. Y, de inmediato, era una alumna del profesor Robert que había entrado, la dulzura de una tierna voz l escucho Silvia acercándose dónde estaban. —¿Está bien señorita, está como palida? Silvia gimió fuerte, y su tío le dice. — Silvia, cariño. ¿Estás bien? Silvia con gran esfuerzo abrió los ojos y vio a la chica y a su tío, preocupado, sintió se acerco a su lado. Silvia intentó hablar, pero su boca parecía no parecía decir nada. Entonces se preguntó por que estaba tumbada en el sofá del profesor Robert y por qué la cabeza le estaba matando de ese modo. — Vamos Silvia te sientes mal, ¿qué te pasa?. lo primero que logró decir ella fue. — ¿Eh? luego, Oh, Dios... y por último Silvia dijo. — ¿Qué hora es? — Vas a preguntar que hora es. — Es casi mediodía señorita, que es lo que le pasó. Le dijo la chica que estaba frente a ella. — ¿Te encuentras mal? Tambien se acercó el profesor. Silvia se sentía confundida no sabía que responder, solo ese recuerdo la atormentó. El profesor la miró vagamente, y luego los ojos de Silvia se enfocaron y dijo: — ¡Casi mediodía! ¡Oh, no!. Ahora se sentó muy erguida y miro su reloj. — ¡Mi reunión! — Por Dios Silvia mira como está, no estás acta para ir a un reunión ¿Qué ha pasado? porque te pusistes así. — Tenía una prueba... — Bueno cancela no pasa nada. — Pero falté el jueves pasado a esa reunión. Tengo que recuperar... Lanzó los pies por encima del borde del sofá y se sostuvo la cabeza con las manos. — Uf, me siento muy mal tío, yo no soy así. — Claro que no eres así, es mejor irnos casa. — ¿Qué te ha pasado, muchacha por amor de Dios? si estabas bien. — Me sentiré bien cuando llegue a casa. — Bueno ya está guardado todo en el sobre. Dijo el profesor. Silvia y sus tío salieron de la oficina del profesor y se dirigieron a el estacionamiento. — No entiendo que pasó, si estabas bien. — Cosas que pasan tío, no te preocupes vamos a casa. Silvia vivía en un bonito apartamento compartido con su amiga Perla, situado al norte de la capital de Caracas y, por lo tanto, caro, pero grande, tranquilo y privado. Los muebles eran suave y cómodos: creía en la comodidad del lugar. Un salón con alfombras de felpa, objetos de arte y muebles que envolvían. Un estudio de cuero con madera oscura y estantes y más estantes de libros. Cocina y comedor, entrada privada y una terraza. Silvia disfrutaba del apartamento y a menudo era para ella un lugar de retiro. Al déjala sus tío se fue recostar a sus cama. El Profesor Robert había traducido todo el manuscrito y después... después... Silvia se frotó los ojos. ¿Y después qué? ¿Qué le sucedía? ¿Por qué no lograba recordar qué había sucedido después que el profesor termino de traducir el manuscrito? ¿Por qué había una laguna en su mente durante las horas en la oficina del profesor. — Dios... Murmuró. — Me encuentro fatal. ¿Qué demonios me pasó en esa oficina? Se levantó de la cama y entró en el cuarto de baño, tomó una ducha fría y salió con una muda de ropa limpia, pensando todo el tiempo en la extraña pérdida de memoria en unos momentos en la oficina del profesor Robert. Sólo recordaba una misteriosa compulsión que le había invadido, que le había obligado, a pesar de su extrema fatiga, un impulso casi sobrenatural que no podía controlar... Al salir del cuarto para ir a la cocina se encontró con Perla sentada en la mesa del comedor con el humeante café ya servido, mientras caminaban hacia ella. — Mujer... tienes una cara, siéntate te serviré una café. Perla busco una taza y le sirvió el café, luego se volvió a sentar. — Lo sé. No puede llegar a la reunión. — Si, y los jefes quedaron preocupado por ti, dos reuniones y no has ido, que te ocurre amiga me preocupas. Dime, Silvia, ¿por qué estás así? Ella la miró con ligera sorpresa. — Amiga son ese manuscrito que me enviaron de Inglaterra, hay algo pero, no sé cómo enfrentarlo. Perla frunció el ceño por alguna razón— Desde aquel accidente en la selva... Silvia la miró detenidamente un minuto, luego, quitándole importancia, dijo: — De todos modos, tengo que viajar a la selva verdad. — Silvia... Silvia... tienes un pasado que no quieres enfrentar pero tienes que tomar una decisión, ir hacer la campaña y averiguar qué ocurre contigo y tú pasado. Automáticamente, el rostro de ella se volvió hacia el sobre que estaba en el sofá y una vez más, le llegaron imágenes del misterioso ambiente en que se había visto sumergido mientras estaba en la oficina del profesor Robert, el inesperado eco de la voz de de una mujer pronunciando palabras tan familiares en el pasado pero durante tanto tiempo olvidadas. El lema de la vida de Silvia era: El templo perdido, la maldición. — Tu crees que sea eso... — Vamos amiga se que la vida tuya, no ha sido fácil, pero hay que seguir adelante. Silvia no respondió, aún miraba el sobre en el sofá. Perla le acarició una mano a Silvia y le dice. — Trabajas a veces demasiado. Venga, vamos a dar un paseo, tu siempre lo haces conmigo vamos. — Hoy no. No quiero quiero estar en casa. Perla lanzó una rápida ojeada al reloj. — Bueno yo si voy a salir, será que nos vemos más tarde, quieres que te traiga algo. — Bueno si, chocolates. Las dos se echaron a reír. ¿Cómo explicarle a su amiga, ese repentino impulso de permanecer cerca de los manuscritos, de leer una y otra vez las palabras, esa creciente ansiedad por saber que más hay?, después que su amiga se fue, Silvia se dirigió a el sofá se sentó y volvió a ver el manuscrito. En algún lugar de la selva Amazona. — Es sólo que... Venga, Carlos Eduardo. Vámonos. — No, tú no lo comprendes. — Bueno, pues, cuéntamelo y tal vez lo entenderé. — ¡Vamos, ! ¡Ni siquiera me has preguntado quién tiene los otros dos manuscrito! ¡Jesucristo, una cosa fantástica como ésta y ni siquiera estás interesada amor! Ella le miró boquiabierta en pasmado silencio. Carlos Eduardo se arrepintió de inmediato. Se metió las manos en los bolsillos y miró al suelo frunciendo el entrecejo. — Oh, Angie. En un instante, la joven estuvo en pie y le rodeó con sus brazos. El le devolvió el abrazo. De pronto, sonó la radio. — Mierda. Exclamó Carlos Eduardo. — Quédate aquí, Angie, déjame contentar. Ella sonrió con ensueño y caminó hacia en camastro, donde se estiró. Se quitó los zapatos de una sacudida y comenzó a desabrocharse la blusa. Era una mala comunicación con mucho eco y electricidad estática, pero la voz del otro lado era inconfundiblemente era el profesor Robert que lo llamaba de la capital. — ¡No puedo decirte la conmoción que tengo Carlos Eduardo!. Gritó desde el otro lado. — Tengo noticia amigo, hay una mujer que tiene el otro manuscrito de Jorge. todo coincide Carlos Eduardo escucha, voy a preguntarle a Ben si la chica nos permite sacar copia. — ¿Qué? ¡Otro manuscrito más! ¡Oh, Dios! — Recibiste ya el manuscrito que te mandé por correo certificado el domingo pasado. Este manuscrito número dos está mal, pero aún es legible. Carlos Eduardo, ¿estás todavía ahí? — Robert, ¡no puedo soportarlo! ¡Es demasiado emocionante para expresarlo con palabras! — ¡Ni que lo digas! muchacho. — Si Rober pero tenemos periodistas deambulando por toda la excavación. Algunos de los principales diarios del mundo se han acercado a inspeccionar. Estaba vivo, su cuerpo cargado de electricidad. Era un nuevo éxtasis que nunca había experimentado. — Mándame la copia de ese nuevo manuscrito. — Te lo enviaré cuando tenga el permiso de la cicha. — Y, Robert, ¡no te creerías la emoción que reina en el campamento! Ha habido algunos problemas con los trabajadores locales. Cuando oyeron hablar de la maldición de la Diosa, desaparecieron todos en la noche. Tuvimos que contratar un equipo nuevo. — La maldición de la Diosa... La línea crujió y rugió, como si se tratara de las olas del océano y mil voces parlotearan al unísono. — Tengo que volver a la excavación, Robert. «La maldición de la Diosa», repetía su mente una y otra vez. Le atormentaba el cerebro, le dejaba un sabor extraño en la boca. Por alguna razón, la maldición no le parecía ya curiosa y divertida.
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