Me senté frente a la cámara con mi nuevo corsé blanco y n***o semitransparente, con ligueros y medias hasta el muslo, y cada vez me cabreaba más. Nuestro show debía empezar a las 9. Eran casi las 10 y Jesse aún no había llegado. Había intentado llamarle al móvil cada cinco minutos durante la última hora, pero no contestaba. Teníamos más de cuarenta pervertidos dispuestos a pagar una buena cantidad por ver a una madre desesperada hacerle una paja a su hijo malhumorado, pero uno a uno habían empezado a buscar emociones baratas en otros sitios. Quedaban unos quince tipos, y no iban a aguantar mucho más. El sonido de la camioneta de Jesse entrando en la entrada me dio una pequeña esperanza de que podríamos aprovechar la noche y ganar al menos unos dólares. Intenté calmarme al oír sus pesadas

