Capítulo 4

1032 Words
Como si no hubiera notado la mirada de desprecio del conductor, Eve caminó hacia el fondo del autobús. Se encogió sobre un asiento de la esquina, tratando de desaparecer entre los asientos vacíos. El vehículo avanzaba lentamente por las calles, y ella, apoyando la frente contra el vidrio, observaba el mundo exterior. Tres años habían cambiado todo: nuevas tiendas, nuevas calles, edificios más altos, anuncios brillantes… Y no sólo el mundo había cambiado. Ella también. Una sonrisa amarga curvó sus labios. —Sí… tres años cambian demasiado. Cuando el autobús giró hacia una zona bulliciosa, una punzada de vacío le atravesó el pecho. ¿A dónde iría ahora? No tenía casa, ni familia, ni dinero. El peso de la verdad cayó sobre ella con brutal claridad: no tenía adónde regresar. Abrió la bolsa negra con manos temblorosas. Dentro, el inventario de una vida borrada: una tarjeta de identificación, y apenas 2,10 dólares. Los contó tres veces, como si el número pudiera variar con un milagro. Pero no, seguía siendo el mismo. El corazón le palpitó con desesperación. ¿Qué debía hacer a partir de ahora? De pronto, un tablón de anuncios junto al borde de la carretera llamó su atención. Carteles de reclutamiento, ofertas laborales. Se levantó de golpe. —Señor, quiero bajar… —pidió con voz baja al conductor—. Por favor, abra la puerta. El hombre refunfuñó, pero pulsó el botón que liberó las puertas. Eve inclinó la cabeza en un gesto de gratitud antes de descender. Cruzó la calle hasta el tablón. Sus ojos recorrieron cada papel pegado hasta detenerse en unas palabras que parecían una oportunidad caída del cielo: “Se busca limpiadora. Incluye alojamiento.” Sus labios se apretaron. ¿Qué otra opción tenía? No tenía familia, no tenía expedientes, no tenía educación, y además… había estado en prisión. Nadie la contrataría para nada más. Apretando las monedas en su mano, respiró hondo y caminó hacia la dirección escrita en el anuncio. “Bar El Emperador.” El letrero luminoso del club nocturno la cegó al entrar. El aire acondicionado le arrancó un estremecimiento, y sus brazos delgados se estremecieron. —Nombre. —Una mujer en recepción le preguntó con tono impaciente, sin levantar la vista. —Eve. —Su voz áspera salió lenta, casi quebrada. La recepcionista, una mujer de rostro hermoso y mirada filosa, levantó la vista sorprendida. El bolígrafo casi se le cayó de la mano. —¿Por qué tu voz es tan mala? —preguntó con evidente desagrado. Eve ni siquiera parpadeó. Después de tres años de insultos, gritos y desprecio, había aprendido a soportar cualquier cosa. Habló con calma, con la misma lentitud resignada con la que sobrevivió en prisión: —Me lastime la voz. La recepcionista se detuvo. Sus ojos penetrantes se clavaron en el rostro cansado de Eve. —¿Humo? ¿Un incendio, tal vez? —preguntó con incredulidad. Eve la miró fijamente, sin explicar más. Sus labios pálidos se movieron apenas en un murmullo: —Sí. Un incendio… que nunca pude apagar. —Bueno… Incendio. —La hermosa mujer bajó los párpados, su tono cargado de ironía. Sólo un incendio causado intencionalmente. Eve no respondió. Sus labios resecos permanecieron cerrados, y en sus ojos no había rabia, sólo un cansancio insondable. Al ver que no quería hablar más, la mujer tampoco insistió. Frunció el ceño, observándola de arriba abajo con desprecio. El saco descolorido que Eve llevaba colgado en los hombros, la falda blanca convertida en un amarillento testimonio de tres años en prisión, todo en ella parecía sucio, fuera de lugar, indigno de aquel edificio. —El Emperador no es un Bar de entretenimiento ordinario —dijo con voz fría—. Y nuestros invitados… tampoco lo son. La recepcionista se incorporó con elegancia, agitando la mano como si quisiera alejar un insecto molesto. —No serías aceptada. Ni siquiera si quisieras ser camarera. —Se giró, dispuesta a marcharse. Pero la voz áspera y grave de Eve resonó en la oficina, apagada y firme: —Quiero ser limpiadora. La mujer se detuvo. Poco a poco se volvió, arqueando las cejas con curiosidad. Sus ojos la repasaron de nuevo, como intentando descifrarla. —Nunca he visto a una chica de veinte años pidiendo trabajar como limpiadora. —La incredulidad se reflejaba en su rostro. Era cierto. Las más jóvenes del personal de limpieza en el Emperador rondaban los cuarenta. Las chicas de veinte años que llegaban allí no pedían fregar pisos: venían con cuerpos esbeltos, vestidos de seda y perfumes caros, buscando convertirse en anfitrionas, camareras glamorosas o incluso amantes de los clientes más ricos. Pero aquella chica… aquella chica delgada como un bambú, con una cicatriz en la frente y una mirada apagada, pedía fregar baños. La mujer esperaba que Eve explotara en una súplica lastimera, como tantas otras. Que se quejara de la vida, de la dureza del mundo, de la necesidad que la traía hasta allí. Ya había escuchado mil historias así, todas iguales, todas aburridas. Pero en cambio, Eve habló con lentitud, sin dramatismo, con una calma que helaba los huesos: —Si pudiera venderme… abriría las piernas y daría la bienvenida a los hombres. Pero antes de venir aquí, me miré al espejo. No tengo el capital para vender mi cuerpo. Así que venderé mi trabajo manual. Hare lo que pueda hacer… Su sonrisa, torcida y amarga, no era de orgullo sino de autocrítica. Era sólo la criminal número 546. ¿Qué dignidad podía quedarle? La mujer la observó en silencio, sorprendida. Había algo extraño en aquella calma, en esa manera de aceptar su ruina sin lágrimas ni súplicas. Finalmente, regresó a su escritorio y tomó un bolígrafo. —¿Eve? —preguntó al llenar el formulario. —Correcto. —La voz de Eve sonó opaca, como un eco roto. La mujer levantó la vista, arqueando una ceja. —Qué raro… si tus padres te dieron ese nombre, debieron amarte mucho. Los ojos de Eve, apagados como agua estancada, apenas se movieron. ¿Amarla? Una chispa de ironía brilló en sus labios pálidos. —¿Amarme…? —repitió en un susurro, y el silencio de la oficina respondió por ella.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD