Aria Valli Me desperté con la sensación de que el tiempo se había detenido, suspendido en una cápsula de seda y silencio. La luz de la mañana se filtraba por los inmensos ventanales de la suite, pero era una claridad suave, respetuosa con el letargo que aún pesaba en mis párpados. Por primera vez en meses, mi primer pensamiento no fue una cifra de presión arterial ni el sonido de una alarma de infusión; fue la calidez de las sábanas y el peso bendito de la paz en mi pecho. Mis padres estaban a salvo, sabían del bebé, y por unas horas, el mundo exterior no existía. Me giré en la inmensa cama, buscando el calor de Dominic, pero el lado derecho del colchón estaba frío, aunque conservaba la marca de su cuerpo. Me incorporé lentamente, sintiendo el ligero mareo matutino que me recordaba l

