Aria Valli La conciencia regresó a mí como una marea lenta y pesada, arrastrando consigo los restos de un sueño sin imágenes. Mis párpados se sentían sellados con plomo, y el calor residual de la fiebre, aunque ya no ardía, todavía me mantenía sumida en un letargo que entorpecía mis sentidos. Lo primero que registré no fue la luz, sino el olor: alcohol isopropílico y el aroma metálico de un equipo médico. Abrí los ojos apenas unos milímetros. La luz de la mañana moscovita era grisácea, filtrada por las pesadas cortinas, pero hirió mis pupilas. Frente a mí, una figura vestida de blanco se movía con precisión quirúrgica. Era el doctor Mikhail. Apenas sentí el pinchazo en el pliegue de mi brazo; mi cuerpo estaba tan exhausto, tan desgastado por los diez días de lucha contra la infección y

