Aria Valli La mañana en la suite principal de Dominic transcurrió en un silencio opresivo que parecía devorar el oxígeno de la habitación. Tras haberme quedado sola, instalando mis pocas pertenencias en aquel vestidor que parecía una galería de arte para un hombre que vestía únicamente poder, el tiempo se estiró como una liga a punto de romperse. Me sentía una intrusa en su santuario. Cada rincón olía a él, a esa mezcla de maderas nobles y un rastro metálico que ahora asociaba con la seguridad y el peligro al mismo tiempo. El almuerzo se sirvió en una pequeña mesa circular de mármol cerca del ventanal. Dominic llegó puntual, su presencia llenando el vacío de la habitación con una fuerza gravitatoria que me obligaba a mirarlo. No hubo saludos amables, ni una mención a lo que había ocurri

