Aria Valli Las paredes de la sala de espera privada del hospital parecían estrecharse con cada tic-tac del reloj de pared. Era un sonido metálico, rítmico, que se clavaba en mis sienes como una cuenta regresiva. Mi padre llevaba casi tres horas en el quirófano. Tres horas en las que su corazón viejo y cansado estaba siendo reemplazado por la vitalidad de un extraño que ya no la necesitaba. El doctor Harrison nos había dado un reporte breve hacía un rato: la fase inicial de extracción había sido un éxito, pero el trasplante propiamente dicho, la unión de las arterias y la reconexión de la vida, era el momento crítico. A mi lado, mi madre se había quedado finalmente dormida por el agotamiento extremo. Estaba acurrucada en el sofá de cuero color crema, con un rosario entrelazado entre s

