CAPÍTULO 8 ENTRE EL RUMOR Y EL DESEO

1633 Words
Los días pasaron y la presencia de los hermanos Vox en la vida de Laila dejó de ser una coincidencia para convertirse en un hecho constante. No importaba a qué hora saliera ni por qué camino optara; siempre parecía que uno de los dos estaba allí, como si el aire mismo llevara noticias de sus pasos. Y con esa presencia constante, también crecían los murmullos. En los pasillos, en la cafetería, en los rincones de la academia: todos tenían una opinión sobre ella, sobre ellos, sobre lo que supuestamente estaba ocurriendo. Una tarde, mientras Laila esperaba el autobús a la salida, escuchó claramente cómo un grupo de chicos no lejos de allí comentaba en voz alta: —No sé qué le ven. Es simpática, claro, pero hay cien chicas aquí con más dinero y más estatus. Y ellos solo la miran a ella. —Tal vez es el reto —respondió otra voz—. Dicen que nadie la ha conquistado todavía. Y eso los vuelve locos. Apuesto a que para fin de semana ya habrán ganado. ¿Tú cuál crees que se lo lleve primero? Laila respiró hondo, y dijo en voz alta. «No soy un reto. No soy una apuesta. Soy una persona que sabe lo que vale. Y si eso los confunde, no es mi problema.» En ese momento, vio llegar a Erick. No venía en su moto esa tarde. Caminaba con paso decidido, con esa energía que parecía desplazar el aire a su paso. Se detuvo justo a su lado, ignorando por completo a quienes estaban cerca, como si ella fuera lo único que existía en ese punto de la acera. —Escuchaste lo que dicen —dijo él, sin saludar, sin rodeos—. Todos están esperando a ver quién escojes. ¿No te cansa ser el centro de todas las conversaciones? —No soy yo quien pone el tema sobre la mesa —respondió ella sin mirarlo todavía—. Si les aburro, que hablen de otra cosa. No tengo control sobre su curiosidad. Él dio un paso hacia ella, lo suficiente para que su voz fuera solo para ella: —Tienes control sobre todo. Solo que te gusta fingir que no es así. Podrías terminar con toda esta expectativa en un segundo. Solo tienes que elegir. ¿Por qué lo haces tan difícil? Laila lo miró entonces, de frente, sosteniendo esa mirada intensa que él creía que la intimidaba: —¿Y si no quiero elegir? ¿Si me gusta ver cómo se esfuerzan por algo que no les aseguro que van a obtener? ¿Eso te frustra, Erick? ¿Que no me rinda solo porque tú decides que es momento de hacerlo? Él se acercó un poco más, su respiración cerca de su sien: —Me excita. Nunca nadie me ha hecho trabajar tanto por una sola mirada. Pero ten cuidado. Los depredadores se obsesionan con lo que no pueden tener. Y yo soy mucho más persistente de lo que imaginas. No juego para perder. Y ciertamente no planeo perderte a ti. —No me pierdes si nunca he sido tuya —susurró ella, dando un paso lateral con naturalidad—. Y no me ganas por el simple hecho de que quieras tenerme. El autobús llega. Que tengas buen día, Erick. Subió sin mirar atrás, pero sintió cómo sus ojos la seguían hasta que las puertas se cerraron. «Me dice depredador como si eso me asustara», pensó mientras encontraba un asiento junto a la ventana.* «Pero yo no soy su presa. Soy la trampa que él no ve venir. Y cuanto más se acerque, más claro se dará cuenta de que yo decido cuándo empieza el juego y cuándo termina.»* Cuando llegó a casa, el ambiente era cálido y tranquilo, justo lo que necesitaba. Su madre estaba en la cocina, cortando verduras mientras tarareaba una canción suave. Al verla entrar, sonrió y se limpió las manos en el delantal. —Llegas tarde hoy —dijo con ternura, abrazándola brevemente—. Y traes el ceño fruncido. ¿Algo te preocupa, mi amor? Laila soltó el bolso en una silla y suspiró, sintiendo cómo sus hombros se relajaban por primera vez en todo el día: —No es preocupación, mamá. Es… presión. Hay dos chicos que no entienden que no soy un premio que se entrega por insistencia. Y todos a mi alrededor actúan como si mi vida fuera un espectáculo que están viendo desde la primera fila. Su madre se sentó frente a ella, tomando sus manos entre las suyas: —Recuerdo cuando era joven y también sentía que todos sabían qué debía hacer con mi vida. Mi madre me decía que casarme bien era lo único que importaba. Que el amor venía después, si tenía que venir. Pero yo sabía que no quería eso. Tu padre y yo… no tuvimos mucho dinero, pero tuvimos decisión propia. Y eso vale más que cualquier apellido o cualquier apuesta que alguien haga sobre ti. No tienes que demostrarle a nadie que estás en lo correcto. Solo tienes que saberlo tú. Y si esos chicos no entienden que decir no es una invitación a insistir, entonces no están a tu altura. No porque sean malos, sino porque no han aprendido a respetar lo que no pueden controlar. —A veces siento que soy demasiado dura con ellos —admitió Laila en voz baja—. Hay momentos en que… me atraen. Erick con su fuego, Julian con su calma. Y luego recuerdo que solo quieren ganar algo que creen que les pertenece. Y me doy cuenta de que mi corazón no es un trofeo. —Exacto —asintió su madre con sabiduría—. Y está bien sentir atracción. Eso no te hace débil. Te hace humana. Pero sentir no significa entregar. Puedes disfrutar cómo se siente el sol sin pedirle que sea tuyo. Lo mismo con las personas. Disfruta si quieres, pero mantén siempre las llaves de tu vida en tu propia mano. Nadie más debe tener el poder de decidir por ti. Esa conversación le dio claridad. No tenía que elegir entre ser amable y ser firme. Podía ser ambas cosas. Y esa certeza la hizo descansar por primera vez en días. Dos días después, Julian la encontró saliendo de la pequeña tienda donde compraba frutas para su madre. No se acercó de golpe. Se quedó de pie junto a su auto de colección, esperando a que ella lo notara. Cuando Laila lo vio, no dio media vuelta. Se acercó con calma. —¿Me estás esperando, Julian? —preguntó directamente, sin rodeos—. Porque si es así, aclaro mi camino ahora mismo. No necesito que me lleves a ninguna parte. Sé volver a casa. Él sonrió, pero había una tensión en sus hombros que antes no estaba: —No te estoy acosando. Solo… pasaba por aquí. Y te vi. ¿Es tan extraño que quiera hablar contigo sin que todo el mundo nos observe? Me gustaría que me vieras como algo más que una molestia. Soy capaz de ser tu aliado, no tu enemigo. Mi hermano es intenso. Lo sé. Pero yo puedo protegerte de él. Si estás conmigo, él no se atreverá a acercarse de la manera en que lo hace. ¿No vale la pena tener a alguien que te cuide? Laila lo miró con una compasión que lo desconcertó: —¿Protegerme de tu hermano o competir con él para demostrar que eres el mejor? Julian, tú crees que ofreciéndome protección me estás dando algo valioso. Pero lo único que necesito es que ambos me dejen vivir mi vida sin sentirme observada. No necesito que me cuides. Necesito que respetes mis límites. Y eso no cuesta dinero ni estatus. Solo voluntad. ¿Tienes eso? Él abrió la boca para responder, pero las palabras se quedaron atrapadas. Nadie le hablaba así. Nadie lo desarmaba con tanta delicadeza y tanta firmeza al mismo tiempo. Julian se quedo en silencio pensando sinnpronunciar una palabra. Con ella… se me olvidan las palabras. Solo sé que cuando no estás, pienso en ella más de lo que debería. Y cuando la veo con él… algo se rompe dentro de mí. No es solo la apuesta. Se está convirtiendo en algo más. Ella ya se habia marchado dejándolo allí, junto a su auto impecable, sintiendo que acababa de tocar una fibra que nadie había tocado jamás. Y esa noche, mientras ambos hermanos pensaban en ella, algo había cambiado. Ya no era solo una carrera. Era una necesidad que crecía cada vez que ella los miraba y no caía. Y esa resistencia suya era justo lo que los empujaba a querer ir más allá de lo que debían. «La próxima vez no te dejaré ir tan fácil», pensó Erick, mirando el techo de su habitación en la oscuridad.* «Te haré sentir lo que yo siento. Te haré desearme tanto como yo te deseo a ti. Y entonces veremos si sigues tan segura de ti misma.»* «La próxima vez no solo hablaré», se prometió Julian, apretando el volante de su auto con fuerza al recordar sus ojos serenos.* «Te demostraré que soy el indicado. No con palabras. Con hechos. Y cuando me elijas, sabrás que no fue por una apuesta. Fue porque yo supe esperar lo que él no supo cuidar.»* Y Laila, ajena a esos pensamientos que se volvían cada vez más intensos, se acurrucó en su cama sabiendo que la calma no duraría para siempre. Cada paso que daban ellos hacia ella era una prueba. Y cada límite que ella ponía era un desafío que ambos estaban empezando a tomar como algo personal. La apuesta seguía en pie, pero las reglas estaban cambiando. Y cuando volvieran a cruzarse sus caminos, ninguno de los tres sería el mismo.
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