Los días siguientes a aquella conversación en la mansión Vox no trajeron calma, sino una tensión nueva y electrizante que flotaba en cada rincón del Instituto St. Jude. Para el resto de los estudiantes, nada había cambiado: Julian y Erick seguían siendo los hermanos intocables, los que obtenían lo que querían sin siquiera pedirlo. Pero Laila sabía que algo profundo se había roto entre ellos. Ya no se miraban como hermanos que competían por un juego; se miraban como dos hombres que compartían algo demasiado intenso, algo que ninguno de los dos terminaba de saber cómo manejar. Una tarde, cuando las clases terminaron y los pasillos empezaron a vaciarse, Laila encontró a Julian esperándola junto a la salida principal. No llevaba su chaqueta habitual; solo su camisa blanca con las mangas arrem

