30. Y ahí estaba yo, una vez más, haciendo de las mías, estaba burlándome una vez más, de la confianza de uno más de los hombres de Robert. Ortiz, luego Gómez, y ahora Renzo Lorenzo pagarían con su vida, el haber confiado en mí. Aunque yo, no era la culpable directa de la muerte de Ortiz, me sentía como si lo fuera. Entré al baño. Un cuartito pequeñísimo, que solo tenía el inodoro y el lavamanos, y ya. Una ventana sumamente pequeña sobre el inodoro brillaba como si me invitara a salir por ahí, a huir y salvar mi vida. Caí sobre un charco asqueroso de barro. Pero cuando pude sacarme la inmundicia de la cara, y de los ojos, vi que ahí estaba dos hombres, y que me miraban como si fuera un gran espectáculo. —Doctora Roseu, el jefe la espera en la casa –dijo uno de ellos, no supe quién, po

