Capítulo 2

1029 Words
Movimiento El cuerpo no miente. Si el pie tiembla al sostenerse en punta, es miedo. Si el agarre falla en la barra, es distracción. Si el equilibrio se rompe, es duda. Lía Carter no permitía ninguna de las tres. El estudio estaba casi vacío a esa hora de la mañana. La luz natural entraba por los ventanales altos, iluminando el suelo de madera pulida. No había música. No la necesitaba todavía. Respiró profundo y se impulsó. Las manos se aferraron al tubo con precisión. El abdomen se activó, las piernas se elevaron en un movimiento limpio. Giró, descendió con control, volvió a impulsarse. No bailaba para nadie. Bailaba para sostenerse. El sudor comenzó a recorrerle la espalda mientras repetía la secuencia. Cada figura tenía nombre técnico, cada transición exigía concentración absoluta. El pole dance no era improvisación para ella. Era disciplina. Era cálculo corporal. Cuando finalmente descendió al suelo, apoyó la frente contra el metal frío y cerró los ojos. Ahí estaba la calma. Ahí estaba el propósito. Una persona sin propósito se apaga, pensó. Y ella no había nacido para apagarse. Se soltó el cabello castaño, rizado por naturaleza, y lo dejó caer sobre los hombros. Tomó una botella de agua y bebió sin prisa. Miró su reflejo en el espejo del estudio. Veintidós años. Ojos azules que aún conservaban esa chispa que muchos intentaban apagar con opiniones fáciles. Sabía lo que decían. Que era joven. Que era ingenua. Que ese trabajo no era “decente”. Sonrió apenas. La mayoría hablaba sin entender. No se vendía. No se exhibía como mercancía. No cruzaba límites. Bailaba. Y lo hacía mejor que muchas. El club despertaba al caer la tarde. Las luces tenues, el aroma a perfume caro y madera oscura, las mesas dispuestas con precisión. No era un lugar vulgar. Era exclusivo. Controlado. Lía atravesó la puerta trasera y saludó al personal con naturalidad. Algunos la miraban con admiración sincera. Otros con esa mezcla de respeto y distancia que provoca alguien que destaca demasiado. Se dirigió al camerino. Antes de llegar, escuchó su nombre. —Lía. La voz era suave, modulada, segura. Ella ya sabía quién era antes de girarse. Victor Hale estaba de pie al final del pasillo, impecable como siempre. Traje oscuro perfectamente ajustado, reloj discreto pero costoso, postura relajada. Demasiado relajada. —Señor Hale —respondió con una sonrisa educada. Él caminó hacia ella con pasos medidos. —Te he buscado esta mañana —dijo, sin reproche aparente—. No contestaste el mensaje. Lía mantuvo el tono ligero. —Estaba entrenando. Apago el teléfono cuando practico. Victor asintió, como si comprendiera. Sus ojos la recorrieron apenas un segundo de más de lo necesario. —Eso es lo que me preocupa. Ahí estaba. La palabra disfrazada de cuidado. —¿Qué cosa? —preguntó ella. —Este entorno —respondió él, mirando alrededor del pasillo vacío—. No es lugar para alguien como tú. Lía sostuvo su mirada. —Trabajo aquí desde hace dos años. —Precisamente —replicó Victor—. Dos años es suficiente para saber que mereces algo mejor. Ella cruzó los brazos, no a la defensiva, sino firme. —Estoy ahorrando para algo mejor. Victor sonrió. Una sonrisa que parecía amable, pero que nunca llegaba del todo a los ojos. —Podría ayudarte con eso. —Lo sé —respondió ella con suavidad—. Y se lo agradezco. Pero prefiero hacerlo sola. Un silencio breve se instaló entre ambos. Victor inclinó ligeramente la cabeza. —Eres joven, Lía. El mundo no es tan sencillo como lo ves. —Nunca dije que lo fuera. Él dio un paso más cerca. No invadía, pero acortaba distancia. —Recibimos clientes importantes. Personas que no siempre entienden límites. Me preocupa tu seguridad. Ahí estaba el argumento nuevo. Protección. —Sé cuidarme —respondió ella. —No lo dudo —dijo él con una voz casi paternal—. Pero aun así, creo que deberías aceptar al menos un guardaespaldas personal. Alguien que te acompañe al salir. Que esté pendiente. El estómago de Lía se tensó apenas. Un guardaespaldas no era protección. Era vigilancia. —No lo necesito —dijo con firmeza. —Es por tu bien. —Mi bien lo decido yo. El tono no fue agresivo. Fue claro. Victor la observó con una intensidad distinta. No molesto. No aún. Interesado. —Tu talento es excepcional —continuó—. No quiero que algo o alguien lo arruine. Ella dio un paso atrás, recuperando espacio. —Entonces confíe en mí. Por un instante, el silencio se volvió más denso. Victor respiró hondo y relajó los hombros. —Siempre confío en ti, Lía. Pero sus ojos no decían exactamente eso. —Lo pensaré —añadió él—. Solo quiero lo mejor para ti. —Lo mejor para mí es seguir soñando —respondió ella, con una sonrisa ligera que marcaba el final de la conversación. Se giró y entró al camerino antes de que él pudiera añadir algo más. Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. No estaba asustada. Pero sí incómoda. Victor no era agresivo. No gritaba. No imponía por la fuerza. Imponía por presencia. Por recursos. Por insistencia disfrazada de cuidado. Se miró en el espejo iluminado del camerino. Ajustó los tirantes de su vestuario. El tatuaje pequeño entre la clavícula y el hombro asomaba apenas. Respiró. No permitiría que nadie decidiera por ella. Ni contratos más restrictivos. Ni favores condicionados. Ni guardaespaldas innecesarios. Bailar era libertad. Y la libertad no se negocia. Desde el escenario principal, comenzó a sonar la música de apertura. Lía cerró los ojos un segundo antes de salir. Allí, bajo las luces, nadie podía encerrarla. Allí, cada movimiento era elección. No sabía que en pocas noches un hombre de ojos grises la observaría con una intensidad distinta. No sabía que el peligro no siempre llega con advertencias claras. Y tampoco sabía que la insistencia de Victor no era solo celo. Era control. Cuando salió al escenario y el primer aplauso llenó la sala, sonrió. No por el público. Por ella. Porque mientras pudiera moverse, aún estaba viva. Y nadie iba a arrebatarle eso.
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