[SOFÍA] 9 de noviembre El amanecer llega suave, casi tímido, con una luz dorada que se filtra entre las cortinas pesadas del cuarto del hotel. Abro los ojos lentamente y lo primero que veo es el perfil de Francesco, aún dormido, con el cabello revuelto y una tranquilidad en su rostro que pocas veces le había visto. El silencio en la habitación se siente como un refugio; sólo se escucha el zumbido lejano del aire acondicionado y el golpeteo ocasional de la lluvia que continuó durante la madrugada. Por unos segundos, me engaño a mí misma pensando que el mundo allá afuera no existe, que no hay cámaras, ni miradas curiosas, ni contratos. Sólo estamos él y yo. El calor de su brazo rodeando mi cintura me ancla a esa fantasía. Giro apenas la cabeza y lo observo, grabando en mi memoria cada det

